Juan Manuel Santos (1951) forma parte de una de las familias tradicionales de la elite política y empresarial colombiana. Sobrino nieto de Eduardo Santos Montejo, ex-presidente de la República, su familia fue propietaria, entre otros negocios, de El Tiempo, el principal diario del país.

Economista, Santos cursó casi toda su formación superior en Estados Unidos y el Reino Unido, lugar en el que vivió al terminar sus estudios, trabajando como lobista del sector cafetero.

Entró en política de la mano del Partido Liberal. Llegó a ser Ministro de Comercio Exterior a inicios de los años 90, bajo mandato de César Gaviria, y de Hacienda en la segunda mitad del mandato de Andrés Pastrana. En 2005 impulsó, junto a Álvaro Uribe, el Partido de la U y, una vez Uribe llegó a la Presidencia, Santos se convirtió en su ministro de Defensa, al mando de la llamada política de Seguridad Democrática.

En 2010, cuando la Corte Constitucional colombiana acabó con las aspiraciones de Uribe a concurrir a un tercer mandato como presidente, Santos se postuló como candidato del Partido de la U y llegó al Palacio de Nariño.

Sin embargo, la principal obra política de Santos comienza tras su ruptura con Uribe, en la recta final de su primer mandato. Es entonces cuando Santos construye su propio discurso y fija como objetivo político llegar a un acuerdo de paz con las FARC, poniendo fin al conflicto armado más antiguo del continente.

Mientras la tercera vía del ex-presidente británico Tony Blair fracasaba en Europa, en Colombia Santos encontró en ella la justificación teórica perfecta para su obra política y, sobretodo, el andamiaje discursivo que le permitiría explicar con facilidad uno de los vuelcos políticos más fulgurantes e interesantes que daría la política latinoamericana en los inicios del siglo XXI.

Ambos, Uribe y Santos, representaron la última tendencia retórica de sus respectivas épocas. El carácter moderado de Santos encajaba a la perfección con la nueva política de la administración Obama y, por otro lado, su versatilidad y pragmatismo le facilitaban su entendimiento con la elite financiera e industrial de Bogotá. Al fin y al cabo, al contrario que su predecesor, Santos siempre había participado del universo social y cultural de estas elites.

Pero la mayor virtud de Santos fue entender los cambios sociológicos de su propio país y obrar en consecuencia. Él había vivenciado un indicador alarmante en 2010, en sus primeras elecciones como candidato presidencial. En dicha oportunidad, contra todo pronóstico, tuvo que enfrentar una segunda vuelta producto de los apoyos que un peculiar profesor universitario, Antanas Mockus —quien fue en dos ocasiones alcalde de Bogotá—, había logrado aglutinar fundamentalmente entre los jóvenes y las capas medias urbanas, hastiadas del uribismo y lo que este representaba.

Solo teniendo en cuenta lo anterior, se puede explicar que Santos haya integrado a ministros de diversas procedencias políticas, incluyendo a la ex-presidenta del Polo Democrático Alternativo, Clara López. Gracias a su estrategia, Santos logró desestructurar a la izquierda como una oposición de peso, pese a que esta gobernó Bogotá durante varios mandatos en los últimos años.

El presidente Santos llegó al plebiscito del 2 de octubre con una imagen de estadista en el exterior del país —alentada por sus socios en el proceso de paz y, especialmente, por los gobiernos de EE.UU. y España— que contrastaba con su baja popularidad en el propio suelo colombiano. La situación económica, la falta de expectativas ante la misma y la ausencia de políticas sociales valientes en sus dos mandatos fueron los grandes lastres que arrastraron el voto de castigo a su administración en el plebiscito.

A pesar de ello, el presidente se mostró imbatible; su equipo aceptó la derrota y renegoció atendiendo a las prerrogativas de la extrema derecha, dando lugar así a unos nuevos acuerdos firmados el 24 de noviembre de 2016, en una ceremonia en Bogotá mucho más discreta que la de Cartagena.

Juan Manuel Santos sigue y seguirá teniendo a la comunidad internacional a favor. El apoyo de esta tuvo su colofón al adjudicarle al mandatario el Premio Nobel de la Paz. Sin embargo, el resurgir de la extrema derecha detractora de la paz en las pasadas elecciones lleva a Colombia por los derroteros del incremento de tensiones y augura un retroceso en cuanto a las políticas asociadas a los Acuerdos de Paz. Ello debido a que las formaciones políticas favorables a mantenerlos indemnes hacen parte de una oposición fragmentada con poca capacidad frente al hegemónico partido Centro Democrático.

Juan Manuel Santos cerró su periodo en el Gobierno de Colombia, con una imagen interna altamente debilitada, no obstante, se erige hacia el exterior como la figura política de la conciliación, capaz de acabar con más de medio siglo de guerra y de darle un vuelco a la historia política del país que gobernó.