Por Alejandro Fierro
@VenezuelAle

La figura de Lilian Tintori (Caracas, 1978) constituye un ejemplo perfecto de los valores simbólicos que, más allá de la actividad político-partidaria directa, el capitalismo quiere irradiar. En efecto, sin ostentar ningún cargo público electo, Tintori quiere erigirse como el estandarte de la resistencia democrática frente a la supuesta dictadura chavista y la voz de los presuntos presos políticos, comenzando por su marido, Leopoldo López.

Sin embargo, la trayectoria pública inicial de Tintori distaba mucho de tener algo que ver con la política, por más que su padre, argentino, se exiliara en Venezuela huyendo de la dictadura de Videla. La joven Tintori saltó a la fama como presentadora de diversos programas televisivos de entretenimiento y concursante en reality shows, convirtiéndose en un rostro popular de la farándula nacional.

En mayo de 2007 se casó con Leopoldo López, entonces alcalde del municipio de Chacao (bastión opositor del este de Caracas), cargo para el que fue inhabilitado tras dos mandatos por delitos de corrupción. Ya entonces López encabezaba al ala más radical de la derecha, aquella que propugnaba el derrocamiento del chavismo por medios no constitucionales.
Este posicionamiento desembocó a principios de 2014 en el llamamiento a tomar las calles hasta que Nicolás Maduro abandonara el país. Era la estrategia denominada La Salida. Durante los primeros meses del año, los seguidores de López paralizaron de forma violenta las zonas de clase media y media-alta del país, con el resultado de 43 personas asesinadas.
En el marco de las protestas, Leopoldo López se entregó a las autoridades y fue condenado a 13 años de prisión por asociación para delinquir, instigación pública y determinador en los delitos de incendio y daños. Su esposa dio un paso adelante para convertirse en la portavoz de la causa de López y del resto de detenidos y, por extensión, de la libertad frente a un supuesto régimen autoritario.

Al igual que su marido, Tintori maneja un discurso duro y extremo, sin concesiones tanto en la forma como en el contenido, radical en su verbalización y vehemente en su expresión verbal. El relato es simple: Venezuela es una dictadura en la que las mayorías se encuentran oprimidas; su marido y otros se sacrificaron por la democracia; ahora, sólo una movilización de la gente logrará derrocar la tiranía, siempre con el apoyo externo de las democracias avanzadas.

Más allá de la simplicidad narrativa, lo importante es la figura de quien la encarna. Tintori busca asemejarse a esos personajes de película que llevan vidas normales hasta que sucesos extraordinarios los precipitan hacia el huracán de la Historia, deviniendo, contra todas las posibilidades, en héroes. Así, se pertrecha de sus hijos para reforzar su imagen de madre de familia abnegada –de hecho, siempre destaca en las entrevistas que su momento más feliz de la vida hogareña era cuando se reunían todos a leer la Biblia- y recorre medio mundo invitada por gobiernos e instituciones de gobernanza del capital que ven en ella al personaje perfecto para transmitir al gran público la tragedia que vive Venezuela. La mínima asistencia a las manifestaciones convocadas en Caracas es inversamente proporcional al entusiasmo con el que es recibida por presidentes y primeros ministros. Ahí es donde Tintori encuentra su acomodo natural y despliega toda su capacidad interpretativa.

Más allá del bombardeo mediático, la causa de Lilian Tintori sigue sin concitar un apoyo masivo entre los venezolanos y no sólo porque la primera preocupación sea la situación económica. Sucede que una gran mayoría responsabiliza a López de aquellos sangrientos días que tuvieron en jaque al país. A las pocas semanas de que se iniciaran las guarimbas –acciones de desestabilización callejera, en el argot criollo- está ya contaban con el rechazo del 85% de la población, según la totalidad de las encuestas, incluidas aquellas proclives a la derecha. Salvo por sus correligionarios de Voliuntad Popular, nadie considera a Leopoldo López como el Mandela venezolano y mucho menos los forzados compañeros de viaje que anidan en el seno de la oposición y que lo ven como un elemento incontrolable y peligroso.

A pesar de este evidente desinterés –e incluso abierto rechazo- Lilian Tintori continúa con su discurso maximalista en el que no duda en apropiarse de las 43 personas asesinadas, afirmando que todas eran jóvenes estudiantes que se manifestaban por la libertad y fueron ultimadas por la policía del régimen. En realidad, solo diez murieron por disparos de las fuerzas de seguridad. El resto fueron transeúntes, motoristas degollados por alambres que los manifestantes colgaban de lado a lado de la vía, personas que retiraban barricadas para acceder a sus domicilios, agentes de policía…

Precisamente fue la viuda de un policía asesinado por los manifestantes la que le afeó su actitud en un encuentro fortuito en la Cumbre de las Américas celebrada en Panamá en abril de 2015. Aquella mujer le recriminó la violencia incitada por Leopoldo, el hecho de que a Tintori se le abrieran todas las puertas internacionales mientras que a familiares de víctimas como ella nadie las escuchaba y la flagrante mentira que suponía caracterizar a todos los asesinados como jóvenes opositores. Las cámaras grabaron aquel encuentro que no estaba en el guión. A pesar de toda su experiencia como presentadora, Tintori no acertó más que a balbucear unos lugares comunes sobre la unidad de todos los venezolanos y abandonó precipitadamente la escena. Las incoherencias que pueblan su discurso son sostenibles en el exterior, entre un público desinformado sobre la realidad venezolana, pero a duras penas se mantienen en un país que conserva indeleble la memoria de los trágicos sucesos de 2014.