Es imposible entender la política de Costa Rica de los últimos cuarenta años sin la figura de Óscar Arias (San José, 1940). Presidente del país durante dos periodos, separados por un lapso de 16 años (1986-1990 y 2006-2010), el casi octogenario político podría postularse para un tercer mandato en las elecciones de 2018.

La trayectoria de Óscar Arias define a la perfección una de las estrategias neoliberales: la implantación de sus postulados a través de un rostro amable, con una cuidada imagen en el ámbito internacional y un perfil meritocrático. Su llegada al poder en el año 86 estuvo acompañada por un despliegue comunicacional que difundía el mensaje de un presidente diferente para un país, Costa Rica, también diferente en el ámbito latinoamericano, con una democracia asentada y supuestamente vigorosa y una economía, siempre según el relato hegemónico, pujante pero que necesitaba grandes ajustes para mantener su competitividad.

“Democracia” y “paz” fueron los conceptos que conjugaba aquel primigenio Arias. Su supuesto papel en los procesos de paz centroamericanos de la década de los 80 le valió el Premio Nobel en el año 1987 y otras distinciones como el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia al año siguiente. Su prestigio internacional crecía como la espuma, avalado por la concesión de más de cincuenta doctorados honoris causa por universidades tan prestigiosas como Harvard o Princeton. La creación de la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano legitimaba institucionalmente su imagen de pacificador. Mientras, el Producto Interno Bruto costarricense crecía a un ritmo del 5% anual y el desempleo se situó en un 3,4%, el más bajo de toda Latinoamérica. Su repercusión internacional y las cifras macroeconómicas ocultaban la desigualdad creciente en el país y la introducción acelerada del recetario neoliberal, con la privatización progresiva de la telefonía o la electricidad. En términos geopolíticos, su plegamiento a las doctrinas emanadas desde Washington fue total y sin fisuras.

Aunque la Constitución de Costa Rica prohíbe expresamente la reelección presidencial, Óscar Arias forzó al máximo una interpretación ventajosa de la Carta Magna para intentar acceder al cargo por segunda vez. Incluso desde las filas de su propio partido, Liberación Nacional, se califica la maniobra de Arias como “un golpe de Estado técnico”, en palabras del también expresidente Luis Alberto Monge Álvarez. La segunda y última resolución de la Corte Suprema de Justicia avalando la reforma constitucional, y por ende la reelección, demuestra la enorme influencia de Arias en el entramado político, económico y jurídico de Costa Rica.

Tal perseverancia de Óscar Arias en acceder de nuevo a la Presidencia se fundamentaba en que lo que estaba en juego era la aprobación de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos al que buena parte de la población, ya escarmentada del espejismo neoliberal, se oponía con fuerza. Arias logró su segundo mandato con apenas un punto de ventaja sobre su contrincante, Ottón Solís, partidario de paralizar la firma del acuerdo y establecer una renegociación del mismo.

El tratado, finalmente, fue aprobado y supuso la culminación del diseño neoliberal de Costa Rica que el propio Arias había comenzado en 1986, con una plena privatización de servicios públicos, exenciones fiscales especialmente para las grandes empresas, adelgazamiento del papel del Estado, etc. Cabe señalar que el Tratado de Libre Comercio contemplaba la creación de zonas francas para la instalación de empresas. Una de estas zonas era propiedad del mismo Arias.

No es el único caso de corrupción en el que está inmerso el auténtico “padrino” de la política costarricense. Sin embargo, esto no le amilana para dar síntomas de que quiere volver a lanzarse a la arena electoral y postularse para las elecciones de 2018. La derecha costarricense se encuentra un tanto desorientada tras la ruptura del bipartidismo que supusieron los comicios de hace cuatro años. No cuenta con candidatos jóvenes que ilusionen al electorado. De hecho, el gran rival de Arias para la designación a candidato presidencial sería José María Figueras, otro político de vieja data que incluso fue ministro en el primer Gobierno Arias. Costa Rica no se puede permitir ser la excepción en la restauración conservadora, ellos, que junto con Chile certificaron la extensión neoliberal por el subcontinente.