Por Alejandro Fierro

@VenezuelAle

Cruz (1970) era el candidato perfecto para el ala más conservadora del Partido Republicano, el primer representante del Tea Party que disputaría unas elecciones a los demócratas y la opción preferida de un neoliberalismo sin complejos que vendría a sustituir a la era Obama. Todo encajaba. Pero apareció en escena Donald Trump y con su heterodoxo estilo vino a disputarle –y parece que con éxito- la candidatura.

Hasta ese momento, Ted Cruz (Canadá, 1970) abanderaba la quintaesencia del catecismo neoliberal. Hijo de padre cubano –emigrado a Canadá en los tiempos de la dictadura de Fulgencio Batista, nada que ver con el autoproclamado exilio supuestamente provocado por la Revolución- y madre estadounidense, Cruz formó parte del equipo de consejeros jurídicos de George W. Bush en la campaña presidencial de 1999 y posteriormente ocupó el puesto de Procurador General de Texas hasta 2008.

Vinculado estrechamente al estado texano, fue una de las figuras principales en la conformación del Tea Party, la corriente extrema del Partido Republicano que combinaba un regreso a los valores tradicionales estadounidenses –léase la supremacía del sustrato anglosajón, blanco y protestante- con una agenda absolutamente neoliberal en la que el papel del Estado queda reducido al mínimo.

Cruz saltó a la fama en septiembre de 2013 cuando pronunció un ya histórico discurso en el Senado de más de 21 horas para bloquear la votación sobre la ley de presupuestos. El bloqueo condujo al Cierre del Gobierno de los Estados Unidos del 1 al 17 de octubre de 2013 ante la falta de un presupuesto (en la política estadounidense, el “Cierre del Gobierno” es una potestad del presidente que puede ordenar la suspensión de los servicio públicos que presta el Gobierno federal salvo los considerados “esenciales”). En la base del polémico enfrentamiento subyacía el radical rechazo del sector más extremo de los republicanos a aprobar el programa sanitario de Obama. El senador republicano McCain llegó a calificar a Cruz y sus seguidores como “esos locos de la derecha”.

Las propuestas con las que Cruz trata de asaltar la Casa Blanca acapararían el debate presidencial si no fuera porque Trump se ha adueñado de la disputa: mano dura contra la inmigración ilegal, intervencionismo en política exterior y negativa a negociar con los que considera enemigos de Estados Unidos, reducción del presupuesto público especialmente de las partidas destinadas a programas sociales, fortalecimiento de la enseñanza privada y religiosa en detrimento de la privada, prohibición absoluta del aborto y del matrimonio entre personas del mismo sexo, mantenimiento del derecho a portar armas, negación de cualquier componente ecológico en las políticas públicas, establecimiento de un impuesto único lo que en la práctica supone un aumento significativo de la carga fiscal de las familias con rentas más bajas…

Este programa, en apariencia enormemente radical, se asienta sobre la extendida desconfianza que las clases medias estadounidenses profesan hacia el Estado y que, no hay que olvidar, alienta buena parte de su Constitución. Ted Cruz juega en su discurso a ser el portavoz del sentido común de esas clases medias y si bien el conjunto de su candidatura pudiera parecer extremo, lo cierto es que en alguna medida constituye la centralidad –o una de las centralidades- que conforma el mapa político-electoral estadounidense.

Está por ver si esa radicalidad constituye una estrategia de campaña de nicho de cara a las primarias republicanas y se moderará en las presidenciales –en caso de encabezar el ticket conservador- ante la necesidad de atraer un voto más transversal o bien mantendrá hasta el final el discurso extremo. El primer supuesto es una estrategia clásica de las elecciones estadounidenses. Pero si se diera el segundo y Ted Cruz asumiera su papel extremo hasta el final, con todas las consecuencias –lo mismo podría decirse de Donald Trump- sería la constatación de que la restauración neoconservadora está en marcha en todo el continente.