Como tantos otros líderes contemporáneos de la derecha venezolana, Yon Goicoechea (Caracas, 1984) afiló sus armas políticas en la Universidad Central, bastión de las élites criollas y semillero del neoconservadurismo que impregna el pensamiento y la acción de partidos de nuevo cuño como Primero Justicia y Voluntad Popular. En 2006, con apenas 22 años, descubrió su capacidad de seducción para aquellos de su misma extracción social y fracción ideológica. En esa época encabezó las protestas de los estudiantes conservadores contra el chavismo, en especial las dirigidas a la reforma constitucional planteada por Hugo Chávez.

La artillería mediática neoliberal -tanto la interna como la externa- lo catapultó al estrellato. El relato periodístico hablaba con un joven que no se alineaba ni con la derecha ni con la izquierda, ni con un partido u otro, sino con Venezuela en su conjunto; una suerte de apóstol de la no violencia al que las circunstancias que atravesaba su país lo colocaban en el centro de la historia. Frente a la ineficacia de los políticos tradicionales de la derecha, con sus continuas pugnas internas, un joven estudiante se veía obligado a ponerse al frente de una sociedad supuestamente oprimida.

En todas las entrevistas, Goicoechea ponía el acento en esta aparente asepsia ideológica y partidista. Sin embargo, tanto en sus actos como en sus palabras no podía evitar dejar entrever su preferencia por un modelo de corte neoliberal. Su discurso rezumaba una aversión sin límites por todo lo público y estatal, hasta el punto de que negaba los avances gubernamentales en reducción de la pobreza reconocidos unánimemente por todos los organismos internacionales competentes. El premio Milton Friedman (el gran gurú neoliberal de la Escuela de Chicago), otorgado por el muy conservador Instituto Cato, un tanque de pensamiento próximo al ala dura del Partido Republicano estadounidense, le colocó en una situación comprometida. “Tuve que decirles que yo no era neoliberal”, se justificó.

El final de sus estudios supuso también el final de su presunta neutralidad. Se trata de algo común a los liderazgos estudiantiles conservadores. A diferencia de la izquierda, los jóvenes cachorros de la derecha rehúyen cualquier identificación durante su época académica. Una vez terminada ésta, evidencian su alineamiento en el caso de que se dediquen a la política activa. Yon Goicoechea, como más recientemente Juan Requesens, no fue una excepción. Sus primeros coqueteos partidistas fueron con Primero Justicia, la formación del excandidato presidencial Henrique Capriles.

Ya con poca presencia pública en el país, en 2013 se marcha a Estados Unidos. Desde allí sigue la estrategia de movilización callejera promovida por Leopoldo López, que dejó un saldo de 43 personas asesinadas y concitaron el repudio del 80% de la población, según todas las encuestas. Goicoechea le declara a López por carta su admiración personal, consumando el paso a su formación, Voluntad Popular.

En junio de este año regresa a Venezuela, ya con su bagaje ideológico completamente conformado. Aboga por una economía totalmente liberalizada, el control del déficit fiscal como objetivo irrenunciable, solicitud de préstamos al Fondo Monetario Internacional y un plan de choque contra la delincuencia donde prime la aplicación inmediata de un castigo por encima de cualquier otra consideración.

Quizás fue esta querencia por medios expeditos la que le llevó a portar en su automóvil detonantes para explosivos, según las fuentes policiales que le detuvieron el pasado 29 de agosto, a pocos días de la denominada “Toma de Caracas” por parte de la derecha. Sus correligionarios mantienen la habitual denuncia de una detención por motivos políticos. Más allá de los derroteros que tome su caso, lo cierto es que Yon Goicoechea se ha posicionado ya en el sector más radical de la derecha venezolana.