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Por Esteban De Gori

I

Las elecciones en Panamá -el próximo 4 de mayo- no están sustraídas del contexto político centroamericano. Ni de los interrogantes que abren los nuevos presidentes de la región. En Honduras, la importante elección de Xiomara Castro y su Partido Libre no lograron deslegitimar la continuidad del Partido Nacional, ni desestructurar su capacidad política en los territorios. En el Salvador, pese al triunfo del FMLN, los planteos neoconservadores han tenido una adhesión importante, tal es así que Sánchez Cerén triunfó por más de 6000 votos. El gobierno de Otto Molina en Guatemala, si bien ha perdido consenso, las opciones para las próximas elecciones no se mueven de los “libretos” neoliberales y securitistas. El nuevo presidente de Costa Rica –Luis Guillermo Solís-, si bien ha triunfado con una importante legitimidad y con un apoyo significativo a su voluntad de introducir cambios, quedará por ver si puede limitar los intereses de los grupos empresariales para avanzar en sus promesas de campaña. Nicaragua y el gobierno de Daniel Ortega, tal vez, es el único gobierno que ha podido negociar o sortear las presiones de los grupos empresariales y avanzar en alianzas y acuerdos –internos y externos (fundamentalmente, el ALBA)- que le han permito ampliar su base social y consolidar al estado nicaragüense como un actor clave en el proceso de desarrollo interno. Es el gobierno, tal vez, menos “asediado” por oposiciones estructuradas o por oposiciones neoconservadoras con significativas performances electorales. A su vez, es el país que ha insistido en construir un canal interoceánico alternativo al canal de Panamá en un acuerdo con capitales chinos, lo cual marca, en términos geopolíticos, una apuesta por multiplicar sus aliados y un intento por consolidarse en un competidor en la administración de los flujos comerciales marítimos.

La mayoría de los gobiernos de la región –salvo Nicaragua-, o bien son presididos por partidos neoconservadores, o bien son asediados y golpeados por estos sectores. Es decir, existen en las sociedades centroamericanas y en los sistemas políticos un legitimado y compartido “consenso neoconservador” que orienta y legitima las acciones de los actores. Pero también debemos destacar, que la impronta progresista de la mayoría de los gobiernos de América del Sur, ha impactado en las derechas políticas, las cuales -en la actualidad y podemos observarlo en sus programas de gobierno- se han apropiado de algunas políticas inclusivas realizadas por los gobiernos suramericanos. Es decir, estamos ante la mutación de derechas neoconservadoras que buscan introducir algunas políticas inclusivas para garantizar su dominio.

Panamá no escapa a esta realidad. Sus partidos, pese a las diferencias, han compartido un imaginario neoconservador, pero en estas elecciones (mayo de 2014) han incorporado algunas políticas inclusivas y han reactualizado el rol del Estado. Este “neoconservadurismo social” ha comprendido por las experiencias de los gobiernos progresistas suramericanos que las políticas de carácter inclusivo han tenido como resultado la ampliación de la legitimidad social. Inclusive, estas políticas pueden comprenderse al modo de una frontera para el avance de candidatos “chavistas” o de izquierdas.

II

En el año 2009, el tradicional Partido Revolucionario Democrático (PRD), espacio fundado por Omar Torrijos en 1979, era derrotado por el partido Cambio Democrático y sus aliados. Ricardo Martinelli, fundador de este partido, con acuerdo con el Partido Panameñista obtenía, de manera inédita, la presidencia de la república. Decimos que lo hace de forma inesperada porque debemos recordar que Martinelli había obtenido el último lugar en la elección presidencial de 2004 (5.3% de los votos).

De esta forma, se desplaza al oficialista Partido Revolucionario Democrático (PRD), dirigido por Martin Torrijos (hijo de Omar Torrijos) provocando un nuevo escenario político. Cambio Democrático venía a romper la predominancia y alternancia de dos grandes partidos tradicionales desde la transición democrática (1989-1994): el PRD –que logró la presidencia de 1994-1999 y del 2004-2009- y el Partido Panameñista (PP o Partido Arnulfista) – que había gobernado el país de 1989 a 1994 y de 1999-2004.  Ambos partidos se reconstituyeron luego de la invasión norteamericana (1989), con la impronta disciplinatoria de ésta y con el acuerdo entre ambos partidos de recuperar las reglas de competencia democrática para el acceso al Estado.

El ascenso del multimillonario Ricardo Martinelli –el cual, no provenía de los partidos tradicionales PRD y PP- expresaba el acceso del empresariado a la administración estatal y a la conducción o reencauzamiento de las políticas económicas. Este triunfo no marcó una significativa ruptura ideológica con la administración de Torrijos (2004-2009), sino un afianzamiento del conglomerado de derechas que se articulan –con intereses asimétricos y con diversa capacidad de presión- en los distintos partidos. Es decir, se ha producido una afirmación de las políticas neoliberales y de los actores que las sostienen. De hecho, en parte la derrota de Torrijos no se explica por un sostenido conflicto social con los grupos empresariales para aumentar la transferencia de ingresos a los sectores populares, sino que se explica por el deficiente funcionamiento del transporte público, la crisis educativa, el creciente costo de vida, la degradación ambiental, la inseguridad pública y la corrupción. Situación  paradojal, ya que esto se produjo en un contexto de importante e inédito crecimiento económico, de ampliación de la infraestructura del canal interoceánico y de reducción del desempleo. Es decir, este crecimiento que no fue percibido como algo positivo ni alcanzado por la mayoría de la población, fundamentalmente por las clases medias y populares.  También, a estas cuestiones que debilitaron la gestión del PRD, debería sumarse la tensión interna que se produjeron en las elecciones partidarias para elegir candidato a presidente para las elecciones de 2009 (un intenso conflicto entre Balbina Herrera y el hoy candidato presidencial, Juan Carlos Navarro).

Cambio Democrático y Ricardo Martinelli lograron los votos de los sectores populares produciendo un gran cimbronazo en la histórica base electoral del PRD. Este candidato –para dar un ejemplo de esto- se presentaba como el “millonario que se ponía los zapatos del pueblo” e indicaba a modo de inversión simbólica que su contrincante –Balbina Herrera- poseía “corazón de millonaria”. A su vez, aprovecharon la autocensura de la candidata del PRD para no ser considerada izquierdista, torrijista o peor aún, norieguista e instalaron un conjunto de propuestas y apelaciones a los sectores populares. Además de esto, obtuvo votos de las clases medias con una voluntad de cambio y con un discurso anti político que transformaba a la gestión y la administración en una tarea escindida de la acción política. Pero tal vez, la cuestión más relevante a destacar fue que  Cambio Democrático y Martinelli –con ayuda de la embajada norteamericana- lograron disciplinar y presionar al histórico Partido Panameñista para que acompañe una candidatura presidencial que no era propia de este partido. En esa negociación, el PP solo pudo impulsar al candidato a la vicepresidencia Juan Carlos Varela (quien hoy se postula para las elecciones de 2014). Es decir, el empresariado y un conjunto de actores políticos subordinaron a este partido a su estrategia política y electoral.

El otro dato político importante es que la alianza que llevó a Martinelli logró la mayoría  en la Asamblea Nacional (52%), haciéndose así del control y de la autonomía para realizar y proponer leyes. Mientras que el PRD solo cosechó el 30.99% de los votos. De esta manera, como indicaron un conjunto de analistas, no se estaba ante la llegada de un nuevo conglomerado ideológico sino del desplazamiento de una opción de centro-derecha por una derecha radicalizada en su neoconservadurismo y en el “vaciamiento” conceptual y cultural de lo político.

  

III

El gobierno de Martinelli consolidó el acceso “directo” del empresariado en las políticas públicas y económicas del Estado, sobre todo, esto coincidió con la profundización de la crisis económica internacional y con la necesidad de estos actores de no perjudicarse ante los avatares externos. De esta manera, se amplió abiertamente la “colonización” del Estado por parte de una elite empresarial. Es decir, se produjo una “empresarialización” del Estado panameño.

Si bien lograron administrar los efectos de la crisis internacional apelando a las fórmulas y modelos que ofrecían los centros hegemónicos, no lograron solucionar –entre otras cosas- la desigualdad, los problemas de transporte público y la creciente inseguridad. El nuevo gobierno amplió los tratados de libre comercio y se incorporó a los nuevos lineamientos geopolíticos que disputan con el MERCOSUR y el ALBA. En este proceso, se afirmó el poder de grupos empresariales y financieros vinculados a estas “oportunidades de negocios”, sobre todo, aquellos vinculados a la minería y a la construcción (infraestructuras y desarrollos inmobiliarios).

La apuesta económica de Martinelli profundizó el saldo negativo de la balanza comercial, duplicó la deuda pública y afirmó la desigualdad social (Panamá es uno de los países más desiguales, ocupa el número 17 a nivel mundial –Índice Gini: 51.9, 2012-). Según la CEPAL, el 25.3% vive en situación de pobreza y el 12.4% en la extrema pobreza (2012). A la incapacidad para resolver las demandas de los sectores populares y medios se sumó la resistencia que se originó cuando Martinelli intento controlar la Corte Suprema buscando una habilitación para la reelección. Estas cuestiones, como algunas sospechas de corrupción y el maltrato a los medios de comunicación contribuyeron a desgastar y erosionar la autoridad presidencial.

En este contexto, se fue consolidando el Partido Revolucionario Democrático. Encontró grietas y fisuras del oficialismo que le permitieron acumular políticamente y fortalecer el ascenso de Juan Carlos Navarro, como candidato a presidente. También colaboró con el reposicionamiento del PRD la decisión del Partido Panameñista de no continuar con Cambio Democrático para las elecciones de 2014 e instalaron un candidato propio. Uno que conocía la administración estatal y que en ese momento oficiaba de vicepresidente de Martinelli, Juan Carlos Varela.

IV

El proceso electoral de mayo de 2014 trajo aparejado la selección de candidatos para las candidaturas y reacomodamientos políticos. En los sondeos y encuestas de abril de 2014 (23/4, IPSOS) se le otorga una leve ventaja al candidato del PRD (34.2%) sobre el candidato de CD (33.9%). Pese a que nos encontramos ante un posible empate “técnico”, la tendencia fue invirtiéndose ya que el candidato del CD había encabezado todas las encuestas anteriores.

El ex ministro de Vivienda y Ordenamiento Territorial del gobierno de Martinelli, José Domingo Arias, se presenta como candidato presidencial por la coalición entre Cambio Democrático (CD) y el Movimiento Liberal Republicano Nacionalista (MOLIRENA). Si bien era el favorito de las encuestadoras, la mala gestión política y social de Martinelli le hizo perder importantes adhesiones y hoy se encuentra ante un eventual “empate técnico” con el candidato del PRD. Éste es acompañado como candidata a la vicepresidencia por Marta Linares de Martinelli, es decir, por la esposa del actual presidente. Expresándose de esta manera, la voluntad de Martinelli de controlar el partido y a su candidato si resulta ser presidente.

 En el plan de gobierno de Arias existe una apuesta por la modificación en el transporte público, por la creación de policías comunitarias para enfrentar la inseguridad, como también el desarrollo de un plan de vivienda propia. Es decir, Arias vuelve sobre una agenda política y económica que el gobierno de Martinelli descuido o trato de manera relativa. De alguna manera, se presenta como la continuidad con cambios, de la misma manera que lo hizo Johnny Araya del Partido Liberación Nacional en Costa Rica.

El Partido Revolucionario Democrático (PRD), lleva como candidato a Juan Carlos Navarro [empresario y “ambientalista”], el cual ha repuntado las iniciales encuesta que le daban una diferencia negativa con respecto a Arias de más de 10 puntos. El Plan de gobierno de Navarro critica las penurias sociales que ha profundizado el gobierno de Martinelli. Propone medidas para que los sectores populares accedan a la canasta de productos básicos; propuesta se lograría con una alianza con el empresariado rural. A su vez, indica en el Plan diversos programas (PLAN NUTRICION 5 y “Panamá sin hambre”) para combatir la pobreza. Al igual que Arias, esta de acuerdo en la creación de un plan de viviendas y de medidas para combatir el desempleo. De esta manera, el PRD –leyendo sus propios fracasos y los del gobierno Martinelli- mantiene una agenda neoliberal a la cual incorpora políticas públicas que dan cuenta del intento de revitalizar el papel del Estado en la economía panameña.

Por último, el Partidos Panameñista (PP) en alianza con el Partido Popular (PP) presentan como candidato a Juan Carlos Varela, quien se encuentra tercero con una intención de voto de 29.1% (IPSOS, 23/4). Dando cuenta así, de un crecimiento de más de cinco puntos con la anterior encuesta.

IV

Teniendo en cuenta estos datos provisionales podemos advertir algunas cuestiones:

Primero, el escenario electoral está controlado por tres fuerzas políticas, la cuales concentran aproximadamente un tercio del total de los sufragios. Lo que supondrá un “esquema de negociación y acuerdo” en la Asamblea Nacional para lograr votar algunas leyes. Segundo, la gestión gubernamental de Cambio Democrático no ha logrado construir una nueva predominancia en el sistema político panameño forzando una lógica bipartidista o unipartidista, sino que se ha consolidado como uno de los tres grandes actores de la política panameña, conjuntamente con el PRD y el Partido Panameñista.  Tercero, el gobierno de Martinelli ha consolidado un poder empresarial vinculado a los beneficios que otorgan los tratados de libre comercio, el negocio minero, la construcción y aquellos que provienen de la plaza financiera. Es decir, el próximo presidente –ya que ninguno de los tres candidatos ha dicho lo contrario- continuará como observador a la Alianza del Pacifico e insistirá en convertirse en miembro pleno, como conservaran los Tratados de Libre Comercio ya firmados y establecidos. De esta manera, el alineamiento con Estados Unidos (principal proveedor y cliente) parece que se mantendrá intacto.

V

Ahora habrá que esperar los resultados electorales y los repertorios de acción que proponga el nuevo presidente de Panamá. Lo que sí parece claro, que más alla de las contingencias, los tres proyectos electorales en pugna se consolidará el conglomerado de las derechas políticas y los consensos neoconservadoras.