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BRASIL. El escenario después de las movilizaciones

Masivas movilizaciones contra el Gobierno tuvieron lugar el domingo pasado en más de setenta ciudades de distintos estados brasileños, cuyo reclamo más visible era el rechazo a los hechos de corrupción al interior de la petrolera estatal Petrobras y un pedido de impeachment –juicio político- a la presidenta Dilma Rousseff. Aunque en menor medida, las críticas por la actual situación económica también se hicieron sentir en la voz de los manifestantes.

Las movilizaciones fueron impulsadas inicialmente por organizaciones civiles (Vem Pra Rua, Movimento Brasil Livre y Revoltados Online), las cuales, pese a presentarse como apartidarias y sin objetivos políticos, mantienen vínculos con distintos núcleos de poder tanto brasileños como internacionales. Las movilizaciones, además, contaron con la participación de numerosos partidos opositores, quienes se plegaron a los reclamos y comprometieron a sus militantes a participar, y con el beneplácito de las grandes corporaciones mediáticas que bombardearon los días previos con publicidades sobre las movilizaciones.

En las distintas concentraciones, aunque minoritarios, pudieron verse carteles que pedían el retorno de los militares, como así también llamados a EEUU para que intervenga en el país.

El día posterior a las movilizaciones, el Gobierno se mostró activo y por medio de sus ministros anunció la pronta implementación de una serie de medidas contra la corrupción, como así también reforzó la necesidad de llevar a cabo la postergada reforma política. El ministro de Justicia, José Eduardo Cardoso, dijo en una rueda de prensa el mismo lunes a la mañana: “Anunciaremos una serie de medidas de combate a la corrupción en los próximos días e insistimos en que estamos abiertos al diálogo”.  Apenas unas horas más tarde, fue la propia Dilma quien se refirió a las movilizaciones del domingo, en un acto donde anunció la implementación del nuevo Código Procesal Civil. Ante numerosos periodistas, la mandataria resaltó el hecho de que la gente pueda protestar en libertad y reforzó la idea de que el gobierno abrirá canales de diálogos con los sectores opositores. Asimismo, intentó mostrar empatía frente al reclamo contra la corrupción, presentándolo también como una fuerte preocupación de su gestión.

El mismo lunes, el presidente de la cámara de Diputados, Eduardo Cunha (del PMDB, principal aliado parlamentario del PT) afirmó que negará cualquier solicitud para abrir un juicio político con vistas a la destitución de la mandataria Dilma Rousseff, por considerarlas “iniciativas ilegales e inconstitucionales”.

Dos días después, la presidenta -cumpliendo con sus promesas- presentó el prometido plan contra la corrupción que establece la criminalización del enriquecimiento de funcionarios públicos. Según sus dichos, las nuevas medidas ayudarán a “crear una nueva moralidad pública”.

Por otra parte, el real se ubicó esta semana en su valor más bajo respecto al dólar en los últimos 12 años, al devaluarse un 2,4% en un solo día, acumulando una baja de 19% en 2015.

Pese a la vidriosa situación económica y a una oposición política y mediática cada vez más dispuesta a esmerilar como sea su gobernabilidad, la presidenta sigue mostrando buena capacidad de reacción e iniciativa. Es importante el plan contra la corrupción presentado, puesto que evidencia interés gubernamental al respecto, hasta ahora un tema monopolizado por los medios opositores y por la oposición política.  Importante será también que Dilma Rousseff escuche –y brinde respuestas- a las demandas planteadas por las movilizaciones de sindicatos y organizaciones sociales del viernes 13 de marzo, las cuales, aunque menos numerosas, evidenciaron los reclamos de un sector importante de la sociedad brasileña, naturalmente próxima al gobierno. Dar marcha atrás al plan de ajuste fiscal e implementar reformas que amplíen la participación democrática son los principales reclamos de dicho sector.

La Organización de Estados Americanos tiene nuevo secretario general.

Esta semana, la Organización de Estados Americanos (OEA), organización panamericana que reúne a todos los países del continente, eligió por mayoría un nuevo secretario general, el excanciller de Uruguay durante el gobierno de José Mujica, Luis Almagro, quien reemplazará al chileno José Miguel Insulza, que presidió el organismo durante la última década.

La elección en la sede central de la OEA en Washington fue realizada a través de una votación secreta promovida por Jamaica y resultó con 33 votos a favor y solo una abstención. Almagro ocupará su cargo hasta el año 2020.

La OEA fue creada pocos años después de la segunda guerra mundial, en el año 1948, momento donde EEUU consolidó su lugar como hegemonía mundial de Occidente. Más allá de que en su estatuto el organismo se plantea la igualdad entre sus miembros, hay que decir que siempre estuvo comandada directa o indirectamente por la potencia norteamericana. Así, a lo largo de sus décadas de vida, la OEA fue un instrumento para implementar en el siglo XX la continuidad de la doctrina Monroe, sintetizada en aquella célebre frase: “América para los americanos”.

En efecto, más que como un instrumento de integración o como un espacio de igualdad entre las naciones, la OEA fue usada por EEUU para expandir y ejercer su dominio continental. Uno de los tantos reflejos de ello, fue la expulsión de Cuba en el año 1961, una vez que los líderes cubanos declararon el carácter socialista de la revolución. Por supuesto que la expulsión de la isla fue una decisión de EEUU.

También hay que decir que, en la medida en que en la última década EEUU perdió parte de esa excesiva centralidad que tenía en el resto del continente, la propia OEA fue perdiendo relevancia e incidencia en el continente, más especialmente en América del Sur. A ese presente soslayado de la OEA también contribuyó mucho el surgimiento reciente de otros espacios de integración regional como el ALBA, la Celac o Unasur.

Según lo dicho por el flamante secretario general, quien asumirá formalmente su cargo en mayo próximo, el objetivo principal de su gestión será  volver a poner en vigor al organismo. Al respecto, sostuvo: “No vengo a administrar la crisis. Quiero ser el facilitador de la renovación”. Más puntualmente, resaltó la necesidad de que la OEA vuelva a dialogar con Cuba y también con Venezuela.

Resta ver en el corto y en el mediano plazo si un nuevo secretario general logra efectivamente cambiar el rumbo de un organismo que se muestra actualmente tan anquilosado como irrelevante. La próxima Cumbre de las Américas en Panamá, un espacio propiciado por la OEA que tendrá como novedad la participación de Cuba tras una ausencia de más de cinco décadas, será un espacio crucial para definir el futuro de dicho organismo.