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Resistir es avanzar; avanzar es resistir (Por Alejandro Fierro)

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Si alguien ha celebrado la victoria de Mauricio Macri es la derecha venezolana. El triunfo del candidato conservador en Argentina ya está siendo utilizado por la oposición de Venezuela para difundir la idea de que los procesos de emancipación latinoamericanos llegan a su fin y, con ellos, el de la Revolución Bolivariana. Las elecciones legislativas del próximo 6 de diciembre en el país caribeño serían el siguiente paso en este supuesto cambio de rumbo político del subcontinente.

El proyecto de restauración conservadora en Latinoamérica no es nuevo. Los intentos de involución han sido constantes, ya fueran por medios legales (elecciones que invariablemente y hasta el triunfo de Macri supusieron una derrota para la derecha) o ilegales (golpes de Estado en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Honduras y Paraguay). La diferencia es que ahora el mensaje de la derecha cae en el terreno abonado de un creciente descontento social. La contracción de la economía mundial ha provocado que los precios de las materias primas hayan caído hasta su nivel más bajo en los últimos 16 años.

Este descenso ha supuesto un durísimo golpe para Latinoamérica, que basó su crecimiento en la primera década de este siglo en la alta demanda a precios elevados de commodities, desde petróleo, minerales y gas natural hasta maíz, soja o carne. Buena parte de la gran cantidad de divisas ingresadas en esos años se utilizó para financiar los programas sociales que han sido la seña distintiva de los gobiernos progresistas.

En este aspecto, es pertinente señalar la hipocresía del discurso conservador latinoamericano, que denuncia que esos programas se pudieron llevar a cabo gracias a los enormes recursos financieros, obviando que primero tiene que existir la voluntad política de gobernar a favor de las mayorías populares. En las épocas de bonanza económica bajo gobiernos de la derecha no hubo ningún tipo de redistribución social y Latinoamérica alcanzó cotas de pobreza y desigualdad escandalosas, algo que sigue sucediendo en la actualidad. Paraguay es un caso paradigmático. Su crecimiento medio del Producto Interno Bruto en la última década fue del 5%. Hubo años, como 2013, en los que el aumento de su PIB superó el 13%. Sin embargo, en esta misma época Paraguay se ha colocado como el país sudamericano con mayor pobreza extrema, superando a Bolivia en esta triste clasificación, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe. La riqueza creada en tiempos de los gobiernos neoliberales de Federico Franco y después de Horacio Cartes fue, como siempre, para unos pocos.

En el caso de Venezuela, el acusado descenso de los precios del petróleo se ve agravado por un auténtico bloqueo económico tanto interno como externo, que impide el normal desenvolvimiento del país en lo que a abastecimiento se refiere, con el consiguiente aumento de los precios de bienes y servicios.

Venezuela es la gran pieza que el neoliberalismo se quiere cobrar. Su relevancia no es tan sólo económica –el país con mayores reservas probadas de petróleo del mundo y rico también en gas natural, minerales y agua- o geoestratégica –asomada al balcón del Caribe, el Mare Nostrum de los Estados Unidos-. La patria de Bolívar tiene también un enorme peso simbólico. Suyo fue el primer grito de rebeldía en la larga noche del neoliberalismo de los 90 y suyo fue el primer asalto victorioso al poder con el triunfo de Hugo Chávez en las elecciones de 1998. La chispa prendió en todo el subcontinente y tras Venezuela se alzaron Bolivia, Ecuador, Honduras, Paraguay, Argentina…

Venezuela siempre fue un paso por delante. Es la experiencia más radical, más profunda, más exigente. Un mal ejemplo a ojos del capitalismo. Por eso es la víctima más codiciada. De ahí la desmesurada atención por parte de los líderes del neoliberalismo y de la poderosa maquinaria mediática del capital hacia un país que en los 80 y 90 apenas aparecía en la prensa internacional.

Venezuela fue la vanguardia de los procesos de emancipación en avanzada. Y esta condición la obliga a ser la vanguardia en la resistencia a la restauración conservadora. Pero, paradójicamente, la única resistencia válida en esta situación consiste en avanzar. Hoy, en Venezuela y en toda Latinoamérica, resistir significa avanzar en la profundización de los procesos; avanzar en la radicalización de medidas políticas y económicas; avanzar en la renovación de proyectos, ideas y personas; avanzar en el reforzamiento del poder popular. La supuesta moderación, las dudas o el inmovilismo sólo conducen a la derrota. En Argentina bien lo saben.

 

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Tags: Alejandro FierroArgentinaVenezuela
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