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Hace un mes por primera vez un proyecto político surgido en el cambio de época sudamericano fue derrotado en las urnas. La derecha logró imponerse en Argentina en segunda vuelta derrotando por estrecho margen a un kirchnerismo que no presentaba a su principal líder (Cristina Kirchner) como candidata. Por primera vez en la historia argentina, la derecha consiguió alcanzar el poder sin recurrir a un golpe de Estado.

Muchos factores explican la derrota del kirchnerismo. Pero probablemente la clave en este momento esté más en comprender la victoria amarilla. Entre 2011 y 2015, la oposición pasó de ser una estela fragmentaria de dirigentes sin carisma y sin caudal de apoyo popular a ocupar la presidencia. Por errores propios del oficialismo, pero también por sus propios méritos.

En su camino a la Casa Rosada, el PRO (partido liderado por Mauricio Macri) supo combinar una estrategia de marketing electoral efectiva con el encauzamiento de demandas provenientes de diferentes sectores sociales, en particular canalizando expectativas provenientes de nodos de malestar que se habían ido acumulando en los últimos años en los que el kirchnerismo se fue dedicando -tal vez demasiado- a reforzar su identidad propia sin atender a “los de afuera”. El balotaje dejó en evidencia que esa construcción propia k, aun siendo sólida (como lo muestra la movilización social creciente en las últimas semanas) ya no es mayoritaria en términos electorales, al menos por el momento.

Durante los meses de campaña electoral, Cambiemos se mostró como el mejor exponente de la derecha del siglo XXI latinoamericana. Luego de sucesivas y duras derrotas en los países gobernados por proyectos de nueva izquierda, la derecha parece haber aprendido que para ganar elecciones es imprescindible ocultar muy bien su agenda económica neoliberal. Y así lo hizo. En campaña, el PRO puso a jugar una serie de rasgos salientes que muestran un aprendizaje respecto a las citas electorales previas. Fue una campaña ambivalente, caracterizada por una marcada desideologización de los discursos en la que Macri buscó posicionarse más allá de la dicotomía izquierda-derecha al mismo tiempo que incluso intentaba suturar el clivaje histórico peronismo-antiperonismo con gestos simbólicos dirigidos a captar electores con cierta filiación peronista (como la reivindicación de la “justicia social”, la inauguración en plena campaña de una estatua de Perón, o la comparación en la propaganda entre María Eugenia Vidal y Eva Perón). Además, el PRO apeló al “futuro”, al “cambio” y a la “unidad” como valores en sí mismos; la no confrontación con los principales logros en materia social y de soberanía del gobierno kirchnerista fueron la nota saliente del último tramo. Cambiemos puso el énfasis no en la propuesta programática sino en construir una mayoría electoral a partir de: 1) movilizar al “votante medio” en apariencia despolitizado, 2) aglutinar un conglomerado variopinto de opositores provenientes de diferentes sectores y 3) sumar a los desencantados que otrora habían apoyado al kirchnerismo, ahora disconformes con el “estilo” de CFK, con el “cepo” cambiario, etc. Así Macri fue marcando una agenda propia basada en ampliar la base electoral instalando ideas superficiales mientras iba poniendo hábilmente el acento en superar los errores del gobierno k más que en desconocer los avances. La incógnita es si esta nueva derecha que ahora muestra cierta efectividad en la disputa electoral será capaz de reinventar la manera de ejercer el gobierno con el mismo nivel de éxito.

Los años en la oposición y la lenta conformación de una mayoría electoral podían hacer prever que la derecha del siglo XXI sería más hábil una vez en el poder de lo que lo fue su antecesora, la de los años del neoliberalismo. Uno podría pensar que esta derecha sería capaz de interpretar en el plano político el nuevo contexto social, como sí lo hizo en el plano electoral. Pero los primeros días del gobierno de Macri muestran con crudeza la disociación entre la habilidad que desarrolló esta nueva derecha para la disputa electoral y un ejercicio de gobierno que se presenta en principio mucho más torpe.

En sus primeros días de gestión, el presidente ha adoptado una batería de medidas económicas y políticas abusando de las atribuciones del Poder Ejecutivo (97 decretos firmados entre el 10 y el 16 de diciembre) y atropellando de manera grosera la institucionalidad que desde la oposición decía defender. En el plano económico, se eliminaron las retenciones a las exportaciones, lo cual implica una transferencia inusitada de recursos de la sociedad a la porción más concentrada del capital agroexportador; se implementó una megadevaluación que intentan vender como una liberación del desprestigiado “cepo cambiario”; se anunció la quita de subsidios a las tarifas de los servicios básicos (luz, gas, y podría extenderse al transporte). Todas medidas que tendrán un efecto regresivo sobre el poder adquisitivo de la población. Como paliativo ante la escalada de precios se anunció la entrega de un bono por única vez de 400 pesos argentinos (unos 30 dólares) a los beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo y a quienes cobren la jubilación mínima. En el plano político, se nombraron dos jueces de la Corte Suprema saltándose al Congreso (nombramiento ahora suspendido por un fallo de un juez federal); se derogó por decreto la institucionalidad vigente en lo relativo a medios de comunicación interviniendo el AFSCA (Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual); se reprimió una manifestación de trabajadores en conflicto con su patronal mientras se anuncia la elaboración de un nuevo “protocolo” para la “regulación” de la protesta social. En 13 días quedó más que claro que la campaña electoral terminó para el PRO. Los globos de colores dejaron paso a los Decretos de Necesidad y Urgencia; la revolución de la alegría y la energía positiva dio paso a la represión de la protesta social. El discurso de futuro quedó atrapado por un sombrío presente.

Es probable que la velocidad en la implementación de este cóctel molotov de medidas tenga su explicación en una estrategia política orientada a diluir responsabilidades atribuyéndolas a una supuesta herencia caótica del gobierno anterior. El PRO pretende excusar sus decisiones en virtud de una supuesta “necesidad de normalizar la situación heredada”, y para ello cuenta comunicacionalmente con todo el poder mediático que le da su cercanía al monopolio del Grupo Clarín. Esto puede ser efectivo desde un plano simbólico. Sin embargo, más temprano que tarde, cuando los efectos sociales de estas medidas comiencen a ser palpables en la vida cotidiana de la población, el PRO estará entrando en el terreno peligroso de estirar demasiado una cuerda que podría rápidamente convertirse en hilo y cortarse. No hay que olvidar que la mayoría obtenida por Macri se produjo en un contexto de segunda vuelta electoral, lo que implica que su caudal del 51% de los votos no representa un porcentaje de apoyo real entre la población. Dicho de otra manera, gobernar puede convertirse en una tarea demasiado ardua para esta derecha cuando los globos de colores y el cerco mediático no alcancen para disimular el impacto económico de sus políticas en un contexto de movilización social que podría ir en ascenso en los próximos meses.