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Los resultados de los ballotages en las disputas municipales brasileñas confirman el panorama general expresado en las votaciones del 2 de octubre: el sistema político brasileño, tras el golpe de M. Temer, profundiza aún más su tendencia a la fragmentación y, consecuentemente, a la inestabilidad. No es un aspecto secundario: con un sistema político atravesado por la ilegitimidad de su Poder Ejecutivo, con un Poder Legislativo cada día más acorralado por las causas judiciales de sus miembros y un Poder judicial altamente cuestionado (en sus diversas instancias) por la arbitrariedad de sus actuaciones, la circunstancia se torna altamente compleja para reconducir la situación del país, siendo que Brasil atraviesa uno de sus más constantes ciclos recesivos de su historia económica. Contexto que, si se imponen las opciones que intenta llevar adelante el Gobierno de M. Temer, podría hacer retroceder el panorama social del país de una forma drástica  y dramáticamente inequitativa.

Fragmentación partidaria y elecciones municipales

Si bien resulta muy difícil poder realizar una ponderación de las elecciones municipales de este 2016 sin considerar el impacto que ha tenido el golpe institucional dado a la Presidenta Dilma Rousseff, hay algunos datos que, vistos en perspectiva, permiten identificar una tendencia del sistema político en su conjunto, tomando como referencia este nivel de las disputas: si en la elección del 2008 la oferta de partidos era de 27 y en el 2012 de 29, este año hubo una competencia en la dimensión local con 35 partidos habilitados. Una fragmentación que no sólo se expresa en el número cada vez más elevado de partidos sino también en el porcentaje que éstos pasan a controlar en sus respectivas cámaras municipales: si en el 2008, el 54% de los concejales estaban en manos de los cinco principales partidos, en el 2012 éstos pasan a controlar un 46% y, en esta elección del 2016, un 40%.

A este incremento del número – y desconcentración del poder partidario – hay que sumarle un dato de carácter más ideológico: esta elección municipal, sobre todo teniendo en cuenta los resultados del segundo turno, muestran que la distribución del voto a nivel federal ha terminado con una fracción de ese cuadro electoral que se repitió durante varios años y que hasta habilitó especulaciones más conceptuales sobre las identidades políticas brasileñas. La noción de un “nordeste” petista ya no se confirma en los hechos: con la derrota de su candidato en Recife en la segunda vuelta, el Partido dos Trabalhadores (PT) pasa a no controlar ninguna de las capitales de esa región del país. Una deconstrucción del partido que se registró también, por ejemplo, en el ABC paulista, histórico reducto del partido y que ahora pasa a ser administrado por otras fuerzas, reconfigurando antiguas correlaciones políticas y  tradicionales liderazgos.

Las elecciones municipales y las opciones para las presidenciales del 2018

Todo parece indicar que el gobierno de M. Temer va a tener muchos problemas para poder estabilizarse en el tiempo: a cada semana aparecen nuevas denuncias judiciales que comprometen a sus integrantes; cuando no es el propio M. Temer, es alguno sus ministros, sus líderes en el Congreso, etc. Esto ha permitido que, por contraste, el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) sea observado progresivamente como el principal elemento de reemplazo, incluso en una circunstancia más caótica de renuncia anticipada de M. Temer (algo no tan improbable, según los desdoblamientos de la investigación “Lava-Jato”). En este corrimiento de actores, son cada vez más evidentes las limitaciones del propio Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) para responder como una verdadera fuerza (orgánica) de los intereses del mercado – como lo sería, y lo ha sido, el PSDB. Se confirma, así, el hecho de que el PMDB es más una confederación de intereses específicos, aglutinados sin demasiada coherencia, que cumplieron un rol específico en los procesos políticos de los últimos tiempos pero que al parecer no están a la altura para otorgar la estabilidad buscada por aquellos que patrocinaron, organizaron y financiaron el golpe a Dilma Rousseff.

Esto no significa que dentro del PSDB no existan dudas sobre sus propias posibilidades presidenciales en el 20018. Uno de los derrotados de estos segundos turnos municipales ha sido Aecio Neves, siendo que su candidato no logro imponerse en Belo Horizonte, como tampoco lo había podido hacer el apadrinado por Jose Serra en la interna paulistana del PSDB. El único liderazgo partidario que sale favorecido de estas elecciones es el de Geraldo Alckmin, cuyo candidato Joao Doria gano muy cómodamente la intendencia de San Pablo. Sin embargo, nunca está de más recordar que fue el propio G. Alckmin el que le propinó una de las peores derrotas presidenciales al PSDB cuando, en el segundo turno del 2006 frente a Lula, sacó menos votos que los que él mismo había sacado en la primera vuelta; evidentemente, se trata de un liderazgo con muy poca proyección nacional, pese a las décadas que lleva como figura pública de destaque en el ambiente político.

Conclusión: del impasse a la incertidumbre política

Esta fragmentación del sistema político – una tendencia que comienza incluso en el segundo mandato de Lula- no sólo ha sido un factor clave para que prosperara el juicio político de este año, favoreciendo la constitución de una “clase política golpista”, esto es, un grupo de parlamentarios que dejaron de lado la legalidad con tal de derrocar a una Presidenta legítimamente electa, sino que también profundiza otro proceso más complejo: el de la “crisis de la representación partidaria”, brecha reforzada desde las movilizaciones de junio del 2013. Es que la ampliación de la oferta partidaria se proyectó en dos fenómenos concomitantes: un aumento de la “alienación electoral” (votos nulos, en blanco y abstenciones; cuyos valores en esta segunda vuelta municipal han llegado a máximos históricos) y el avance de aquellas figuras de “afuera” de la política, sean, por ejemplo, del mundo empresarial o religioso – como J. Doria o Marcelo Crivella, respectivamente, por mencionar las principales figuras vencedoras de las ciudades más importantes del país-.

La circunstancia se parece demasiado con los finales de los años ’80 cuando irrumpe la candidatura de F. Collor de Mello como una posibilidad “antipolítica”, en un contexto de multipartidismo caótico. Si aquella fragmentación política de los `80 termina en un impeachment, que permitió corregir ciertos desequilibrios del sistema, la fragmentación actual se profundiza “a partir de” otro impeachment –esta vez, ilegal e ilegítimo y, por lo tanto, un golpe- y cuya primera manifestación son estas elecciones municipales. En ese sentido, la desorganización del escenario  está bajo el signo de un nuevo impulso, lo que vuelve la situación cada vez más incierta: esta tendencia hacia la descomposición del sistema político traerá sin dudas mayores oportunidades para que los intereses (de las elites) avancen en una colonización del Estado. La democracia brasileña y las necesidades de las grandes mayorías, en las sombras.