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Por Esteban de Gori

Míralo aquel… ¡¡Míralo!! ¿Sabes lo que sería un día sin estos guachos? ¡La gloria, viejo!  

Vecino de Virreyes

I.

Ese día recordé que existía un film llamado un “Día sin mexicanos” (Sergio Arau, 2004). Tenía el nombre de la fantasía de muchos habitantes de Virreyes, lugar donde vivía. El titulo –cuando algunos vecinos lo conocieron– se transformó en un talismán intercambiable, donde decía “mexicanos” podía decir “negros”, “villeros” y etcéteras. Eran los sueños terribles de habitantes de las periferias, porque no hay que olvidar que Virreyes era el patio trasero del Municipio de San Fernando. La intendencia –en los 90´- parecía Washington D. C., mientras que Virreyes parecía el conurbano más periférico de cualquier parte de Centroamérica o la colonia más latinoamericana de un distrito de Los Ángeles.

El nombre de esa película parecía una esperanza, una venganza visual o artística, algo que no podían llevar adelante los políticos, pero sí un director desconocido de cine. Luego de pocos días sobrevino la desilusión. Un vecino me dijo apesadumbrado: el final es una mierda, ¡me cagaste la tarde! Esa plaga no tiene solución.

Lo interesante de la película, cuestión que me di cuenta varios años después, es que no existía ni existe la posibilidad de un “día sin negros, sin pobres, sin sectores populares”, ni siquiera encerrándolos toditos en cuarteles, cárceles o fábricas. El capitalismo no lo resistiría. Nada de eso resiste lo real y mucho menos resiste a la ecuación “humanística” y liberal del consumo y de la producción.

El otro problema lo constituía el rechazo a estos jóvenes por parte de los habitantes de barrios populares, como de barrios altos y clasemedieros. Se habían transformado en leprosos sociales –como los rolezinhos cuando entran en un shopping de Brasil–     y cualquier forma de represión o de “sustracción” de las calles eran legitimadas.

II.

¿Qué hacer con los jóvenes? En los últimos años, esa pregunta recorre las oficinas de empleo o bienestar social de los Estados de América Latina. Los locales argentinos han ensayado sinuosas respuestas sociológicas. Alejandro Granados, el Ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, el intendente Jesus Cariglino y el dirigente “del poncho eterno” de Jose C. Paz, Mario Ishii han propuesto el retorno del servicio militar, del cual no tienen las más pálida idea de su historia política reciente y de las tragedias que se acumulan en los cuarteles. El servicio militar aparece como su fórmula sociológica para incorporar a los desenganchados y a potenciales delincuentes. De esta manera, los jefes locales ofrecen una “fórmula rápida una sociabilización” de jóvenes. Una especie de “sociología a la fuerza” preocupada por el orden y la fragmentación. Entienden que lo que ya no puede hacer el mercado y mucho menos la política municipal, debería lograrlo la versión securitista y, por qué no, humanista del Estado (la idea es también proteger a los jóvenes cuando se los “saca de la calle” y, además, enseñarles a trabajar!). Piensan en una “socialización e integración maquinal”, una que “que no deje dormir a los pibes hasta las tres de la tarde” (Ishii, 2014). Una funesta imaginación sociológica que rescata el viejo problema de la individuación o del individualismo en las sociedades industriales. Para Ishii, Cariglino y Granados –los intendentes post-industriales del país agroexportador –    “algo” tendría que existir entre Estado y los individuos –más o menos deshilachados y desintegrados–   , entonces, que venga el servicio militar, algo que “contenga”, que “acolchone” y que sirva para el futuro.

Luego, existen respuestas más nobles pero insuficientes como la incorporación de los jóvenes a la militancia política, social, sindical, cultural o religiosa, las cuales han perdido la gravitación –luego del neoliberalismo y del predominio posmoderno- que tenía décadas anteriores. Lo más trágico parece develarse ante nuestros ojos: ya nadie puede ser “completo” con los “otros”, ni siquiera como “promesa”. Ese tiempo ha terminado. El “otro” -a veces, cuando nos topamos con éste-, se transforma en el mismísimo infierno. Muchos jóvenes no solo están “desenganchados” del mercado laboral –y de otras opciones institucionales– sino que están “desenganchados” del otro y ese es el gran problema político. Existe un frágil lazo social construido de desenganchados o semi-desenganchados que se miran de manera sospechosa y distante, que dejaron de construir la realidad cotidiana a través del face to face, para hacerlo facebook to facebook o bien, bajo cualquier versión del mundo mediático o barrial. Desenganchados del “otro” en toda su sustancia humana y cuando esto sucede se abren las puertas a variadas violencias (reales, simbólicas), las cuales se han presentado como ensayos brutales de socialización y congregación. Matar o linchar en grupo se ha transformado en un “gremio precario y espontaneo” para vehiculizar la mirada y la percepción sobre el otro.

III.

A su vez, las políticas del Estado –con las mejores intenciones– tampoco han logrado reconstruir una nueva sociabilidad para los jóvenes. La socialización y la recreación del vínculo social no solo se realizan con presupuesto público. Si esto fuese así, esta problemática sería de índole estrictamente económica. La insistencia en la creación del empleo –como si esta, a veces, no creara nuevos pobres-, en los programas sociales y en la ampliación del mercado interno se ha convertido más en la reafirmación de una fe en la supuesta lógica integradora de la economía –hoy neodesarrollista, ayer neoliberal–, que en la búsqueda de una estrategia post-económica para generar otra recreación del lazo social. Por un lado, tenemos a los que apuestan por esa fe económica arrolladora (una fe de tasas chinas) y, por otro, tenemos a aquellos que se juegan por el poder sociológico de las instituciones, aunque estas haya que ir a buscarlas al fondo cavernario de la historia. Pero esta oferta de posibilidades que solo hablan de una débil imaginación política, refuerzan las formulas “monstruosas” de un peronismo municipal que debe resolver las demandas de sus encuestados.

En América Latina y el Caribe, estamos ante una crisis de las formas históricas de construcción de la sociabilidad e integración de los individuos y los que más padecen esa “erosión” comunitaria son los jóvenes, los más vulnerables. Aquellos que no poseen los recursos simbólicos ni materiales para subirse al tren de la historia que proponen estos tiempos.