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I

El gobierno de Macri se ha cruzado con un gran enemigo político: la vida cotidiana y sus expectativas. El aumento desmedido de los servicios y una sostenida inflación desplazaron a la economía doméstica hacia la realpolitik. Los votantes fueron transformados –de la noche a la mañana- en buscadores de precios y ofertas, en litigantes para frenar los aumentos del gas y en manifestantes que no llegan a cubrir sus gastos fijos. La economía apareció brutalmente en la vida cotidiana y las expectativas comenzaron a tambalearse. No hay cosa más terrible para la dirigencia política que los ciudadanos y ciudadanas comiencen a sentirse “apretados”. Allí empieza la política. El minuto cero del macrismo y las alertas sobre su futuro y preservación.

 

II

Esos votantes, fatigados del kirchnerismo y de su hiperpolitización, comienzan a sentir en los últimos meses la ley de hierro que imprime la globalización en países ‘periféricos’. Desde el comienzo, con una simple receta maquiavélica en la mano, Macri no optó por las mediaciones y negociaciones. Avanzó y aprovechó el momento. La debacle política de CFK. Los hechos de corrupción y la fragmentación del kirchnerismo impulsaron al presidente a hacer del pasado inmediato una “tierra arrasada”. Otra refundación, al igual que la imaginada por el gobierno anterior, está en marcha. Una sin el peso de la historia y de las “ideologías”. Sin héroes, ni semblanzas. Sin la sustancia del drama. Con felicidad y aceptación del mundo en que vivimos, el macrismo busca realizar una operación imposible: asociar felicidad y capitalismo. Lo que para muchos es un drama de compleja administración, para Cambiemos es una posibilidad.

 

III

El macrismo comienza a sentir el desierto de la política. A padecer sus propias internas y mirar al costado. Sobre todo, a un peronismo que espera el primer tropezón o aumento del reclamo social, para meterse en la cancha y tratar de acumular el descontento. El macrismo se encuentra ante el dilema de asumir los “requerimientos internacionales” –a los que debemos incluir a ciertos empresarios (trans)locales- o “proteger” a su electorado. Así, entre la administración del “mundo” y del “timbrado casa por casa” se juega su futuro político.
La gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, volvió al timbre. Al face to face. Es señal de que solo mantendrá sus apoyos electorales “calmando” o “aliviando” el territorio. Un sector del macrismo empieza a notar que el encanto de la victoria se va desvaneciendo y que las elecciones, el año próximo, están muy cerca.

 

IV

2017 es futuro del macrismo. Si bien existen muchas exigencias empresariales, algunos decidieron no invertir hasta que Cambiemos no consolide y amplíe su legitimidad política. Otros no advierten condiciones para ampliar sus rentabilidades e inversiones. Por lo tanto, el gobierno –casi en solitario- tendrá que recurrir al crédito internacional y/o a la inversión pública, para que el consumo no se desplome y las voluntades electorales migren. Macri quedó encerrado en su propio discurso de la confianza. Las inversiones no llegaron. Argentina no se volvió un país más seguro. Espiritualizó una palabra para una actividad que no solo exige confianza (jurídica), sino rentabilidad y negocios a futuro. Para el empresariado, el macrismo –por ahora- resultó ser un capitalismo de la felicidad más que un capitalismo de negocios. Para los ciudadanos, resultó ser aquella fuerza política que te hace recordar que la economía puede pisarte los talones.

 

V

Si el macrismo vacía los shoppings estará en graves problemas políticos. Una gran sociabilidad y un cúmulo de expectativas se tejen en esos espacios. Por ahora, las marcas de ropa se acuerdan de que las ofertas existen y ofrecen múltiples estrategias para encantar a diversas clases sociales. ¡Todavía, sí se puede! Parecería ser el mensaje macrista de la coyuntura que no quiere verse asediado por la contracción del mercado.
El “shopping” –como gran figura política y sociológica del consumo- no espera los tiempos políticos. Los problemas ocasionados en el universo del consumo son como una gotita de agua que todo el tiempo cae sobre el sistema político. Tic, tic, tic. El macrismo comienza a padecerlo. O abre el paraguas, o la gotita puede desquiciarlo.

 

VI

Un rival inesperado se presentó en escena: el conductor de televisión Marcelo Tinelli. Hoy es quien mejor ha anudado algunos reclamos con crítica y burla al macrismo. La satirización va dirigida a la impostura y frugalidad presidencial. Una crítica pospolítica que ha molestado a muchos. Por ahora Tinelli y sucesos de la vida cotidiana se coaligan y generan rechazos del gobierno nacional y de la figura presidencial. Tinelli es un “tele político” sin candidatura ni ambición inmediata por convertirse en funcionario o dirigente partidario. Es un big boy que puede poner a Macri en aprietos. No solo porque su deseo de dirigir la AFA naufragó en manos macristas, sino porque maneja recursos simbólicos y estrategias de comunicación similares al macrismo. Ambos disputan audiencia. A Macri le cuesta más que a Tinelli. Uno tiene que “vender” beneficios y expectativas y el otro, humor y alivio frente a lo cotidiano.
La respuesta gubernamental, temerosa de sufrir cierta erosión, coloca a Tinelli en el lugar de la oposición. Un lugar que por ahora le saca partido y rating. Un opositor con el que soñaría el actual peronismo.