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Por Esteban De Gori :: @edegori (Publicado en panamarevista.wordpress.com)

I
Martin Insaurralde –el ahora candidato disponible– duda a qué espacio integrarse en las elecciones de 2015. Aquel que ayer fue derrotado por Sergio Massa en las elecciones parlamentarias en la provincia de Buenos Aires, duda y “hace cuentas” para comprender si es factible pasarse a las filas del vencedor. “Hace cuentas” como todo perdedor que se supone portador de un triunfo futuro, o que sencillamente debe estar del lado de los vencedores. De esta manera, lo hizo al modo en que lo recomendó el manual práctico del menemismo cuando el sandinismo y el bloque soviético tocaron el piso y de todo peronismo que sabe leer fortalezas y debilidades.

II
Su duda no es filosófica ni posee ribetes dramáticos. Su duda es –básicamente– empresarial, accionaria. En este caso, vacilar se trasformó en un negocio propio y desató el deseo de todos de tenerlo entre sus filas. Sí, todos –silenciosamente– se pelean por él y por lo que dicen los encuestadores que tiene. A diferencia de una cultura política que ama al decidido, este dirigente ambiguo y vacilante en su adscripción se volvió un objeto de deseo. Martin lo logró, se volvió “el Codiciado”. El pibe llegó y muchos lo envidian, dentro y fuera del Frente para la Victoria; dentro y fuera del Frente Renovador. La duda lo mantiene expectante, arriba. Por ello, Insaurralde zafó. Ya no será parte de esa flotilla de dirigentes que arribarán al massismo con solo un conjunto de selfies que colgaron en FB o en Twitter. Él no necesita selfies, porque por lo visto tiene mucha pantalla.

III
Martin se transformó en un microempresario de sí mismo, en un “farmer massmediático” que puede mostrar –además– que puede llevar de su brazo a una modelo. Su vida parece imaginada por los guionistas (frívolos) de Cinecittá o de Mediaset. Una bella figura.
Insaurralde es un “teleperonista” en regla. Uno del siglo XXI, con protocolo de ejercicio para el futuro. Este dirigente, integrante de la generación del ‘90 nunca creerá que esos años fueron el Ancien Regime sino una fuente de artefactos culturales disponibles y de vastos saberes. Uno de estos, recomienda que los proyectos políticos suponen adhesiones frágiles, deliverys y temporarias. ¿Por qué? Porque la vida posmoderna es así…

IV
En la década del ’60, la corporación evangélica Club 700 y su fundador Pat Robertson le enseñaron al marketing político como se posicionaban los telepastores o telepredicadores. Hoy Tinelli –el gran Club mediático argentino, esa especie de evangelista laico de la pantalla– es la caja de herramientas para forjar y lanzar a los telepolíticos. Ya no a esos políticos que exigen ser orgánicos sino a políticos deseosos de transformarse en autónomos e independientes de toda base social y partidaria. De esta manera, estamos ante los “candidatos flotantes” –hijos de las audiencias–, disponibles para desembarcar en cualquier toldería política y para jugar en cualquier interna. Así, se imaginan y contornean candidatos supraterritoriales para que acumulen audiencia-votantes desde una pantalla.

VI
Martin se deja tentar y agradar. Tiene las gestualidades y ritualidades que exigen los poderes actuales. Hace ejercicio de modales moderados y de padecimientos y alegrías personales para construir identificaciones con los otros. Padecimientos y alegrías llevados al rango de la telenovela.
Martin se deja mostrar, sobre todo, en TV. Se desliza entre el coro de tinellizados y el escenario principal. Él es una vedette, posee su formato. Ha tomado el lugar de su pareja, la modelo Jessica Cirio, ahora participante del programa de Tinelli. Ella se ha vuelto la política o el político de la pareja, cuando se refiere al proyecto de Martin.
El dirigente “supraterritorial” ha logrado –a partir de la habilidad de Tinelli– obtener un “poder de pantalla” de tal especie que se convierte en una suerte de out sider o un libero. Esto puede observarse en los carteles que llevan su nombre como candidato a gobernador y que prescinden de cualquier inscripción partidaria. Es decir, está disponible pero no regalado.
Mostrarse en el programa de Tinelli, tiene un efecto financiero. Mostrarse, en estos tiempos de perdida de reservas, es aumentar sus acciones en el “mercado político”. De esta manera, además de un micro empresario de sí mismo, Martin es una sociedad anónima que ha conseguido en Tinelli el mejor jefe de campaña electoral que cualquier político pueda tener en Argentina.

VI
El gobierno nacional encontró en Martín una “perlita”, un dirigente de la generación de los 90 para competir con Massa. Había que buscar parecidos. Había que conseguir un “intendente modelo –en los dos sentidos del término– y presentable” (léase: que no se parezca a la rudeza de los intendentes del conurbano que pertenecen al FPV). Luego de la derrota y de cierto sinsabor que ella le trajo al interior del FPV, este dirigente entendió que era bueno lanzarse solo y, para ello, reapropiarse de toda la artillería mediática posible para mostrarle al propio gobierno nacional cuanto valía solo. Martin no volvió al llano, sino a la televisión. Entonces, en tiempos de inflación, el pibe se infla.

VII
Martín se transformó en vedette. Se hizo vedette para acumular pantalla y sortear el alineamiento que exige el kirchnerismo para resolver el enigma 2015. Éste se enajenó de los orfebres electorales del Frente para la Victoria y hoy se pavonea como si no le debiese nada a nadie. También ofrece una estrategia para la competencia peronista. A éste movimiento le ofrece otro curso de acción: “administrar la sangre” en las pantallas y no en el territorio.

VIII
A su vez, la televisión ofrece cosas. Entre ellas, la posibilidad de expulsar el drama que introduce el concepto de “traición”, tan afecto al universo peronismo. En este caso “televisivo”, Martín no traicionaría, sino flotaría. No traicionaría, porque intentarían desligarlo de aquellos condimentos dramáticos que alberga una decisión que supusiese un “pase” de un partido a otro. Así, lo dramático de una decisión de este tenor se podría volver una anécdota, un pase “natural” de una toldería a otra, una conducta con arreglo a fines; como toda conducta –finalmente– empresarial.