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Empecemos el recorrido por tres momentos recientes.

Julio de 2014. El presidente chino Xi Jinping, visita en seis días cuatro países latinoamericanos -Brasil, Argentina, Venezuela y Cuba-, firma con los mismos más de cien acuerdos comerciales que rondan los 70 mil millones de dólares y se oficializa, en una reunión con once mandatarios de la región, la creación de un foro entre la Celac y el país oriental.

Enero de 2015. Cuatro presidentes, veinte cancilleres y otros tantos ministros latinoamericanos, participan en Beijing junto a la primera plana del gobierno chino del I Foro Ministerial China-Celac, donde definen un plan de acción conjunta hasta el año 2019 centrado en seis áreas prioritarias: energía y recursos naturales, agricultura, manufactura, construcción de infraestructuras, innovación tecnológica e informática.

Mayo de 2015. El primer ministro de la República Popular China, Li Keqiang, visita Chile, Colombia, Perú y Brasil –países que concentran el 57% del volumen de comercio de la región con la nación oriental- y firma múltiples acuerdos, entre los que se destaca la financiación con yuanes del tren bioceánico que atravesará territorio brasileño y peruano, y permitirá abrir un corredor de exportación -para soja y hierro principalmente- con destino Asia.

Las tres escenas se ligan con un dato sabido: los vínculos de América Latina con China están creciendo en los últimos años a un ritmo estrepitoso. De un incipiente acercamiento a finales de la década del setenta del siglo pasado -en medio del proceso de reforma y apertura de la economía del gigante asiático- se pasó a un estrechamiento de las relaciones a lo largo de la primera década del siglo XXI, con la llegada de Hu Jintao a la presidencia oriental, proceso que adquirió aún más fuerza en los últimos años de la mano de la actual administración Jinping.

Los números respaldan lo expuesto: en el año 2000, el intercambio económico sino-latinoamericano rondaba los 12,6 millones de dólares. Apenas catorce años después, esa cifra se múltiplo por más de veinte, elevándose a 240 mil millones. Según proyecciones del propio gobierno chino, se estima que el número llegue a los 500 mil millones anuales concluida la próxima década. Todo ello hizo que China desplace o matice la centralidad de otros actores relevantes en la región, tales como EEUU y algunos países europeos. Yendo a lo concreto, la República Popular China es hoy el principal socio comercial de Brasil, Cuba y Chile, el segundo de Argentina, Perú y Colombia, el tercero de México, y el principal receptor de exportaciones de Uruguay y Ecuador.

Son varias las razones que explican lo expuesto. La principal, sin embargo, radica en el increíble crecimiento sostenido de la potencia oriental -10% de promedio en las últimas tres décadas- y la demanda constante que ello ha supuesto de materias primas. Para un país que detenta el 22% de la población mundial y apenas el 7% de las tierras cultivables, y que se encuentra además envuelto en un proceso de urbanización que está trastocando su trama demográfica aumentando la necesidad de aprovisionamiento externo, una fuente de bienes primarios como la latinoamericana se convierte casi en una condición de posibilidad de su propia existencia.

Claro que América Latina también hizo su negocio. En efecto, parte importante de la bonanza económica que cubrió a gran parte de la región en la última década se explica por el alto flujo del mercado con Pekín, potenciado además por los elevados precios de los commodities que, incluso, permitieron sopesar en buena medida los coletazos de la crisis económica de 2008. Además de ello, China ocupa cada vez con más fuerza el rol de inversor de la región, supliendo en parte el déficit estructural de la región en infraestructura, energía y tecnología, por mencionar los rubros más importantes. Entre los múltiples proyectos que China ha desplegado por las distintas regiones de América, sobresale uno de dimensiones faraónicas: un canal Interoceánico en Nicaragua que competirá directamente con el de Panamá y alterará, sin dudas, los circuitos comerciales de la región. A él se le suman numerosos proyectos energéticos y los ya mencionados proyectos ferroviarios.

No obstante, a pesar de que a simple vista adherir al esquema comercial propuesto por China tiene sus ventajas –entre las que se podría incluir además sopesar la dependencia con EEUU en un contexto de creciente multipolarización del orden global-, asoma nuevamente el viejo dilema del desarrollo latinoamericano: cómo generar condiciones que posibiliten el crecimiento y la modernización productiva de la región, evitando reforzar el carácter primario de las estructuras productivas latinoamericanas, lo que supone, al mismo tiempo, pensar mecanismos que morigeren la dependencia frente a los vaivenes de la coyuntura internacional.

Frente a ello, toda iniciativa supeditada a las fronteras nacionales parece destinada de antemano al fracaso. Es la región en su conjunto, vía las nuevas instancias regionales surgidas en los últimos años sumadas a otras tantas que aguardan ser creadas, la que debe plantear estos desafíos en forma colectiva.

Diversificar las exportaciones tratando de aumentar todo cuanto sea posible el valor agregado de las mismas, seguir incentivando la inversión china destinada a infrestructura y estimular las alianzas empresariales sinolatinoamericanas, asoman como los principales desafíos de este acercamiento regional con el gigante asiático, tal lo argumenta la CEPAL en un documento publicado hace algunos meses (Explorando espacios de cooperación e inversión, CEPAL, enero de 2015).

Se sabe: a diferencia de otras potencias, China se mueve con una estrategia puntillosa y a largo plazo. Y en ese avanzar, ha decidido –entre otras cosas- ubicar a América Latina como una región aliada. Una decisión que cifra para estos lares tantos beneficios como complejos desafíos.