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El domingo pasado, el partido conservador liderado por Mauricio Macri (PRO), se impuso por una diferencia muy ajustada en las elecciones a Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, principal bastión electoral de cara a fortalecer su candidatura presidencial en la carrera hacia octubre de este año. El dato más significativo de la jornada fue el tono del discurso que el candidato presidencial brindó en la “celebración” del triunfo al acompañar al candidato local electo. Reconoció las políticas de inclusión y las principales conquistas en términos de soberanía que el kirchnerismo llevó adelante en la última década. Al contrario de lo que muchos dijeron, no se trata de un giro repentino ni improvisado. Desde hace varios meses Macri intenta evitar confrontar directamente con las principales conquistas del proyecto político liderado por Cristina Fernández y hace ya años que abandonó las propuestas vinculadas a privatizaciones o recortes salariales que eran habituales en los primeros años en su vida política. Es parte de una estrategia electoral planificada cuidadosamente; no cabe pensar que de un día para otro hizo un giro radical. Más bien hay que tener en cuenta el modus operandis de sus asesores de campaña: ir ajustando el discurso a partir de una minuciosa radiografía del perfil de los electores para ofrecerles un “producto” afín a sus intereses.

En todo caso, el principal interrogante es por qué un candidato que se sitúa en el centro-derecha asume como propias conquistas de su principal oponente político. La respuesta hay que buscarla en el campo de la nueva hegemonía política que viene constituyéndose en América Latina durante la última década. Y esto a su vez, tiene su propia expresión en la táctica electoral. La no confrontación directa con los logros de los procesos políticos populares que gobiernan con un masivo apoyo electoral constituye un rasgo característico de las derechas del siglo XXI; unas nuevas derechas que ya comprendieron (a fuerza de prueba y error -léase derrotas electorales sucesivas-) que no se puede tirar por la borda las conquistas sociales ni la recuperación de la soberanía si lo que se quiere es derrotar en las urnas a estos proyectos políticos de nueva izquierda en la región.

Las transformaciones profundas que llevaron a cabo los gobiernos progresistas de la región delimitan un nuevo escenario político sobre el cual se libran las batallas electorales. El cambio de época regional se traduce en un nuevo sentido común que presenta grandes rupturas respecto a la hegemonía neoliberal: 1. la reformulación del rol del Estado, y su recuperación como garante del bienestar social; 2. la economía vuelve a estar en la centralidad de la política y no en manos de la tecnocracia; 3. la reapropiación soberana de los recursos estratégicos; 4. la recuperación de la centralidad de la política en la vida social. Cualquier propuesta que vaya abiertamente en contra de estos ejes vertebradores de la nueva hegemonía emergente tiene nulas chances de triunfar masivamente en las urnas.

En el caso del kirchnerismo en Argentina, a esos logros del cambio de época regional se suman una serie de exitosas políticas de inclusión social, con la AUH como bandera, y una política de derechos humanos inédita en el mundo, que tal vez sea el componente principal que le da una identidad propia junto con el rol de la juventud. Estas conquistas son tan profundas que constituyen una nueva cultura política, un piso de derechos que conforma un nuevo sentido común en la sociedad.

Una encuesta del último 23 de julio1 resulta reveladora en este sentido. 8 de cada 10 argentinos está de acuerdo con que es el Estado quien debe garantizar el bienestar social. Pero lo llamativo es que si se desagrega el resultado distinguiendo entre aquellos que abogan por un “cambio de modelo” (47%) y los que acuerdan con la “continuidad del modelo” (49%) el resultado es el mismo. Es decir, la enorme mayoría social argentina, aún los que votarían por la oposición, reconocen el rol en la sociedad de un Estado activo que construyó el kirchnerismo. La misma tendencia se observa respecto al rol del Estado en la economía, el 71% cree que debe haber una fuerte intervención del Estado; y aún dentro de los “cambistas”, la mayoría (61%) piensa lo mismo. De ahí la necesidad de Macri de situar su discurso dentro de estas coordenadas reconociendo las principales políticas del kirchnerismo. Otro eje de la encuesta explica por qué la primera propuesta concreta de la campaña presidencial de Daniel Scioli es la creación de un Ministerio de Derechos Humanos. Más del 70 por ciento de los consultados está de acuerdo con la continuidad de los juicios por violaciones a los derechos humanos perpetradas durante la dictadura. Aún entre los que hablan de “cambio” una clara mayoría (57%) sostienen la misma postura. Es decir, el reordenamiento discursivo se da hacia afuera, pero también hacia adentro. Mucho antes que Macri, Scioli (candidato históricamente resistido por el núcleo duro de votantes K, entre muchas otras cosas, porque se opuso abiertamente a la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que fueron el puntapié inicial de la política de derechos humanos del kirchnerismo) también experimentó un “cambio”, buscando mimetizarse con la identidad kirchnerista. Dejó de lado poco a poco el discurso anclado en la necesidad de “atraer inversiones” y garantizar resultados en la “lucha contra la inseguridad” para levantar las banderas de las políticas de la inclusión social y la soberanía. Lo tiene mucho más fácil: aunque nunca formó parte del núcleo duro K, la pertenencia al espacio político del Frente para la Victoria le da una legitimidad con la que no cuenta su principal adversario electoral.

En definitiva, el kirchnerismo transformó en estos 12 años el horizonte de ideas de la sociedad y redefinió las coordenadas dentro de las cuales se mueve la disputa política, lo que se puede y lo que no se puede decir para buscar atraer el apoyo popular. Esa victoria política y cultural es el principal legado de esta década ganada en Argentina.

1Ver “Hasta los que piden cambio piden continuidad”, Página/12. Disponible en http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-277727-2015-07-23.html

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