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Los troyanos aparecieron y tambalearon a Dilma. Dinamitaron el orden lulista y se están llevando todo puesto. Algunas ciudades congregaron a millares de petistas, pero todos parecen atónitos, calibrando el golpe y los futuros pasos. Todo tipo de estrategias fueron utilizadas para erosionar su figura y golpear la decisión de las últimas elecciones. La Constitución se transformó en una caja de herramientas para abrir el camino a la destitución de Dilma y el desgaste del petismo. El límite que supone todo orden constitucional a las autoridades fue transformado en el límite mismo a un tipo régimen político.  El cambio de giro que se presenta en la región impulsó a los actores a una mayor virulencia. Menos Venezuela, más Argentina. Es la primera vez que la palabra “Argentina” resuena bien entre las elites.

La corrupción que no es propiedad exclusiva de algunos miembros del PT, sino de casi toda la clase política, e intento ser el punto de condensación de diversas acciones. Es una “palabra” habilitante. La crisis económica, la carestía y los errores de la administración dilmista le otorgaron otras significaciones a la “corrupción”, cuestión que la oposición logró construir y amplificar con cierta eficacia.

La Cámara de los Diputados aprobó por 367 votos el juicio político -impeachment- de la Presidenta Dilma Rousseff en una maratónica y tragicómica sesión que dejó al descubierto, además de la debilidad del gobierno, la enorme capacidad de fuego de los grupos de poder para sortear la legalidad democrática. Era el mundial que Brasil no había tenido. Alemania les devolvió la copa.

La política y sus discursos son maravillosos. El motivo en el cual se basa este proceso, las llamadas pedaladas” fiscales -”maquillar” el uso de fondos de bancos públicos para financiar programas de gobierno-, apareció en contadas ocasiones en los discursos de los parlamentarios. Muchos diputados parecían poseídos por una moral que articulaba alusiones a la patria, la familia, los nietos y Dios. Restituir la “familia brasilera”. Llevar lo privado a lo público sin cortapisas. Una gran retorica religioso-cívica que se apropia y establece un moralismo para el presente y el futuro. Un teatro que solo deslegitima la política y profundiza la desafiliación.

La Cámara de Diputados fue un Coliseo. Dar vida o dar muerte al lulismo. De eso se trataba. La corrupción fue el vocablo que resonó recurrentemente en el recinto. Corrupción y moral religioso-republicana se articularon en los discursos de muchos diputados (casi la mitad) que tienen abiertas –paradojicamente- causas en la justicia, incluido el Presidente de la Cámara, Eduardo Cunha (PMDB). “Querían sangre” en el nombre de la moralización de la república. Todo por la “familia brasileña”.

La geometría de fuerzas parlamentarias y sociales empujaron a Dilma. Intereses personales, colectivos y empresariales se fueron coaligando. Las principales figuras del PMDB -Eduardo Cunha y el Vicepresidente Michel Temer- y el ahora ex principal partido de la oposición, el PSDB, obraron eficazmente. La ferocidad opositora de Cunha se desató hace medio año, cuando el PT -por entonces aliado de su partido- decidió que votaría favorablemente la apertura de una investigación legislativa contra Cunha por denuncias sobre cuentas millonarias no declaradas en Suiza. Allí comenzó abiertamente la carrera del Diputado para derrumbar a la Presidenta y asegurarse aliados suficientes en la Cámara para conseguir lo primero y evitar un proceso de destitución de su cargo. Michel Temer operó en el mismo sentido. Después de la probable autofiltración de una carta privada a la Presidenta en la que la culpaba de no dejarlo co-gobernar, entre otros reclamos victimizantes, fue haciendo cada vez más explícita su oposición desde dentro del gobierno: lideró  la ruptura de su partido con la coalición gubernamental -reservándose, eso sí, su cargo como Vice, al igual que otros 6 ministros de esa sigla que aun hoy son parte del Ejecutivo-, y filtró hace apenas una semana, un audio en el que le hablaba como presidente. Temer tiene el saco puesto para asumir. Un nuevo conglomerado neoconservador se prepara.

Los pactos de Cunha y Temer con el PSDB fueron casi pristinos. Acordaron estrategias y alianzas con la finalidad de cumplir el gran sueño de Aécio Neves desde que perdió la segunda vuelta electoral con Rousseff a finales de 2014. Pero el escenario que se ha abierto no parece ser el soñado por Aécio. El PSDB, a la luz de lo sucedido ayer, parece haber quedado fagocitado y atado al PMDB para conseguir cuotas de poder en el Estado federal. Neves, Serra y Alckmin, las figuras que se disputan la “presidenciabilidad” en las próximas elecciones, tienen un nivel de aceptación popular muy bajo, y quizás queden todos fuera de juego si un personaje como el juez Moro decide “salir del closet” judicial y mostrar en las urnas su potencialidad política como candidato de esa sigla. En esta movida fue el PMDB el que ha arriesgado más y el que capitalizará para sí mismo los réditos de haber cumplido con las expectativas de las grandes corporaciones mediáticas, económicas y religiosas. De todos modos, no puede asegurarse que Temer consiga completar el mandato de Dilma. Él será blanco de pedidos de impeachment por compartir con la presidenta la responsabilidad de las “pedaladas”. Posee otras causas judiciales abiertas que pueden prosperar, y tendrá que evitar que gane terreno la propuesta de convocar nuevas elecciones, particularmente si a  Lula se le permite disputar nuevamente la presidencia. También tendrán que cuidarse de los otros opositores, como Marina da Silva, que congrega importantes adhesiones. Lo que a estas alturas sí es una certeza es que el pronunciamiento del Legislativo no representará el fin de la corrupción.  Empujar al PT y a Dilma del poder viene a restablecer algo que se había roto en épocas marcadas por posibles bonanzas económicas políticas: el espacio neoconservador.  El progreso lulista se ha roto y sus ex aliados –ahora- van por otro orden.

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires.

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