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No cabe duda de la dureza de la crisis económica que sacude a Venezuela desde hace más de tres años. El bienestar de las mayorías populares ha disminuido de forma considerable. El Gobierno paga las consecuencias con una merma de apoyo electoral, acrecentada por el desgaste inevitable de casi dos décadas en el poder. A todo esto hay que añadir la presión de una derecha que opta por atajos no democráticos; el cerco internacional mediático, político, económico y militar, y un mal llamado empresariado (en realidad un loby rentista importador) que pone todas las trabas posibles a los intentos de recuperación económica.

Y aún así, este 19 de abril el chavismo fue capaz de sacar a las calles a no menos de un millón de personas. Esta es la verdadera noticia que se desprende de este jueves de movilizaciones, por más que la potencia de fuego mediática de la derecha ponga el objetivo en la manifestación opositora. Que un millón de personas –que como sucede en todo acto de este tipo, en realidad representa a muchas más- salga a la calle para mostrar su apoyo a una opción política desmonta el argumento de que lo que sucede en Venezuela es el enfrentamiento de todo un pueblo frente a una élite dirigente enrocada en el poder.

El chavismo es mucho más que un gobierno o una dirigencia y el jueves lo volvió a demostrar. Es una amalgama enormemente heterogénea pero cosida por el hilo de lo popular y por su radical oposición al argumentario neoliberal. Quizás no sepa tanto lo que es como lo que no es y en esta negación no asume el discurso sobre la culpabilidad única del chavismo en la crisis, la demonización de Nicolás Maduro, la caracterización del momento político como una dictadura, la supuesta conculcación de los Derechos Humanos o la llegada de la derecha al poder como solución de todos los males.

Cuando la oposición teje el relato de todo un país frente a un Gobierno, comete el error de no contar con este bloque histórico –organizado, militante y movilizado- pretendiendo que se desmoronará como un castillo de arena al menor embate. El chavismo llegó para quedarse, es parte inamovible del paisaje político venezolano y concita a millones de voluntades. Con independencia de que gane o pierda elecciones, su protagonismo en la vida pública es incuestionable. Luis Vicente León, presidente de la encuestadora Datanálisis, uno de los analistas más lúcidos de la derecha, insiste una y otra vez en que no se puede actuar como si este bloque no existiera. Sus correligionarios no suelen hacerle mucho caso, intuyo que con gran disgusto para él.

Es ingenuo pensar en un derrocamiento no democrático del actual Gobierno –desde un golpe de Estado hasta una intervención extranjera- cuando un inmenso caudal de gente está dispuesta a salir a las calles no ya para defender a un presidente o a un determinado partido, sino algo más profundamente democrático: la decisión soberana adoptada por el pueblo de Venezuela el 14 de abril de 2013 de que Nicolás Maduro fuera el presidente de la República durante el periodo 2013-2019. Por más que la maquinaria mediática internacional tergiverse los hechos, esta legitimidad democrática es lo que reivindicó un millón de personas el jueves en las calles de Caracas.

Por supuesto, el relato de la derecha no le concede esta intencionalidad a la marcha chavista. Las clases altas siempre han deslegitimado cualquier decisión de las mayorías populares que no coincida con sus intereses. El apoyo a una alternativa diferente es minusvalorado con los siguientes argumentos: o los han comprado –desde un puesto de trabajo a una simple bandeja de comida-, o se han valido de su ignorancia –las mayorías populares no piensan- o se apoya desde la rabia –las mayorías populares se guían por la emocionalidad, no por la razón-. Se les niega la facultad de reflexionar conscientemente cuál es la opción que más se ajusta a su realidad y obrar en consecuencia.

Mientras persista en esta miopía a la hora de leer el momento histórico, la derecha venezolana seguirá presa en su laberinto, más allá de los desenlaces electorales. El jueves, un millón de voces le dio otras tantas razones para decirle que no está de acuerdo ni con el modelo de país que describe ni con el modelo de país que propone. Y, como se ha escrito anteriormente, probablemente son varios millones más. Seguir pensando y actuando como si estos millones de personas no existieran es un suicidio político, por más que puedan ganar elecciones en el corto plazo.