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Por Alfredo Serrano Mancilla


Muchos economistas siguen fascinados por el Equilibrio de Nash como una muy buena solución en la Teoría de Juegos, en la que ningún jugador tiene incentivos para modificar individualmente su estrategia. Algo así como un escenario en el que todos están contentos sin deseos de seguir disputando un cambio sobre el acuerdo establecido. Este desarrollo, que gozó hasta de un Premio Nobel, ha sido puesto en uso para muchos fines: en resolución de conflictos, en acuerdos laborales, en arbitraje internacional. Quizás, ahora este pacto de todos felices, de una década ganada-ganada, para los unos y para los otros, para las mayorías populares y para las transnacionales (y burguesías nacionales cada vez más relacionadas transnacionalmente) es lo que desea-anhela buena parte de los poderes económicos dominantes para América latina. Un pacto que implique implícitamente una promesa de no disputa en el futuro. Quizás así, el capital esté buscando su nuevo punto de equilibrio de Nash posneoliberal, entendiendo que de esta forma, a través de este nuevo estadio estable propuesto desde sus posiciones aún dominantes en la región, se pueda lograr un escenario muy favorable para sus tasas de ganancia sin tener que dejar de ser positivo para las mayorías. El objetivo puede que sea un nuevo círculo virtuoso que concilie posneoliberalmente los intereses inter clasistas.

Durante el capitalismo, en todas sus etapas históricas, siempre se impuso estructuralmente un reparto desigual del pastel: la tasa de ganancia del capital siempre ha prevalecido sobre cualquier retribución a la fuerza de trabajo. Esas son las condiciones fundacionales del sistema capitalista, y mucho se ha esmerado éste en dejarlas intactas a pesar de los vaivenes coyunturales que haya podido sufrir. El neoliberalismo se caracterizó en América latina por la imposición de un consenso desde afuera con la ayuda de adentro. No hubo ningún pacto; sólo se trató de pura coerción política a través de aparatos comunicacionales dominantes, instrumentales técnicos al servicio de una determinada correlación de fuerzas económicas y una hegemonía nacional estadounidense disimulada en calidad de comunidad internacional. Este imperialismo planificado ocasionó tantas décadas fallidas para las clases subalternas como décadas doradas para las transnacionales: una suerte de década lost-win. No sólo se implementó una matriz primaria distributiva injusta y tremendamente polarizada, sino que no hubo en modo alguno ninguna política pública redistributiva que amainara el temporal neoliberal sobre el empobrecimiento de las condiciones sociales de las mayorías populares. El mito de la inversión extranjera directa justamente permitía lo opuesto a lo prometido: una elevadísima fuga de capital por la vía del envío de  remesas de exageradas utilidades netas a su casa matriz. En conclusión, el neoliberalismo logró un capitalismo altamente expropiador, por desposesión, practicado en una democracia aparente, sin necesidad de democratizar la economía, sino todo lo contrario. Y todo ello, sin hacer desaparecer el Estado como dicen muchos, sino que lo achicaron hasta el mínimo indispensable para garantizar la seguridad jurídica que permitiera privatizaciones, firmas de tratado bilaterales de inversión, acuerdos de libre comercio, y fuerzas represoras que no dejaran brotar cualquier protesta del viejo topo en las calles.


Publicado en Pagina/12

Fecha: 13/10/2013