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Por Esteban de Gori

@edegori

 

Jesse entro al auto, se sentó cerca de su padre. (…) Su madre entro y cerró la puerta y el auto echó a andar. Solo entonces pregunto: ¿Adónde vamos? ¿Vamos de pic nic?

-Aja –dijo su padre-, vamos de picnic.

-¿De verdad? –Pregunto él después de un rato-, ¿Vamos a ver a ese niche malo, el que tumbo a la vieja miss Standish?

-Bueno, eso espero –dijo su madre-.

Ahora veía la hoguera de ramas y cajas en una gran pila, las llamas eran de color naranja pálido y amarillas y finas como un velo bajo la firme luz del sol, un humo azul grisoso se levantaba y caía sobre sus cabezas. Del otro lado, de la cortina de humo y de fuego parpadeante, diviso primero un tramo de cadena fulgurante atada por un extremo a la gruesa rama de un árbol. Entonces vio la cabeza pasuda, sudorosa, ensangrentada; nunca antes había visto una cabeza con tanto pelo, con pelo tan negro y tan enmarañado.

Volvió un tanto la cabeza y vio un mar de caras. Se quedó mirando la de su madre. Sus ojos brillaban, tenía la boca abierta: nunca la había visto tan bella ni tan extraña. Y empezó a sentir una alegría que nunca antes había sentido…

Entonces el tumulto se precipitó hacia adelante, desgarrando aquel cuerpo con sus manos, con cuchillos, con rocas, con piedras, aullando y maldiciendo.

-Bueno, como te dije –dijo su padre-, jamás olvidarás este picnic.

Fragmentos de Vamos al encuentro del hombre, de James Baldwin

I.

En estos días se produjeron varios linchamientos. Si bien no podemos hablar de un fenómeno extendido ni de procesos homogéneos, podemos establecer algunas cuestiones generales. Estos linchamientos develaron o activaron imaginarios internos, solapados y clandestinos que habitan en la subjetividad de un conjunto de ciudadanos. Activaron a la “bestia” simbólica-vengativa de la que todos padecemos. Es aquello que habita en cada uno, que remuerde esa pasión rápida y antiburocrática de “hacer justicia” al modo que sea. Es la necesidad de transformarse en un Leviatán, un llamado [de no sé dónde] para reconstruir orden, precario, maldito, brutal; pero orden al fin. El linchamiento busca transformarse en ordenamiento, saltar el vallado de la ley y sentarse por un minuto en un trono ficticio. Cada uno, cada una, cuando golpea a aquel que yace en el suelo pretende restituir la tranquilidad, llevar tranquilidad a los suyos con las manos manchadas. –Hijos, hoy hice justicia, vean mi obra en la tele. Los linchadores disputan con el Estado y su capacidad simbólica. En este sentido, son sus íntimos enemigos. Nadie, desde una perspectiva estatal, puede arrogarse un estado íntimo e individual, nadie puede ser su propio Leviatán si existe un Estado en pie.

La arrogancia cultural, la creencia individual y liberal de que puede conocerse rápidamente el Estado y sacar conclusiones rápidas -como falta más o menos Estado [como si se tratara de una mera extensión], faltan más o menos cámaras [como si se tratara de mera visibilidad], etc., puede llevar a las fantasías más terribles. Fantasearían así: Si no está el Estado estoy yo, con mi arma casera. Si no está la cámara, esta mi ojo atento. Si no hay Estado hay yo (individualista, consumidor, posmoderno, empobrecido).

II.

¿Qué se erosionó? En principio, lo que está siendo puesto en duda es la creencia en la reparación simbólica que el Estado realiza cuando hace justicia (cuando juzga, garantiza, condena o absuelve). El problema, por tanto, no se reduce a los años de las penas, sino la fortaleza o debilidad de las creencias estatales que alivian a una persona que ha sido agredida, robada o asesinada. Entonces, lo que parecería es que comienza a debilitarse esa “creencia simbólica en la reparación estatal”. Cuestión, que entre otras cosas anuda una de las tantas dimensiones que legitima al Estado y a sus instituciones. Ante esa debilidad, entran las “bestias” que piden sangre, que exigen producir un micro Coliseo romano ante un hecho delictivo real o probable. Todos se creen gladiadores –cobardes, pero gladiadores al fin- cuando tienen a un pobre tipo tirado en la calle. Todos se creen John Wayne. The Rifleman para todos y todas.

III.

La narración de James Baldwin encuentra en esas miradas la excitación que produce el castigo por mano propia. Podemos imaginar que muchos traerían sus reposeras para observar y deleitarse con el castigo que unos infringen sobre otro. No solo eso, gritarían al modo tribunero pidiendo muerte. Lo colectivo es precario –la gente se encuentra pegándole a un pobre tipo, a diferencia del sur blanco organizado para lograr el padecimiento de los negros-; ella –la sociabilidad- se reafirma ante lo que dura el sacrificio o castigo del otro en la calle, ante la sangre rápida que cada uno consigue en el otro. Por lo tanto, cuando no hay creencia de reparación simbólica estatal, hay voluntad ciega de castigo. Y esta voluntad, consigue sangre rápida y antiburocrática, al modo en que las posiciones neoliberales piensan la lógica del mercado y del consumo.

IV.

Se ha producido un arribo de la violencia linchadora a la polis de la clase media. Esta clase redescubre el castigo por mano propia y para algunos es un piccolo deleite. Es decir, estas violencias ya se producen en los barrios pobres, en las canchas y asumen un lugar privilegiado en los medios y en los debates cuando aparecen en Palermo, Barrio Norte, etc. Cuando estalla en la clase media, entonces, estalla en la clase política, la cual, ahora observa como la violencia circula, se extiende; demostrando que ella no se circunscribe a las periferias sociales, en la cuales, el ojo de esas elites políticas –nuevas y viejas- puede distraerse.

V.

La clase política y sus militancias cuando invisibilizan o desconocen estos sucesos de linchamientos y castigos por mano propia que se suscitan en las periferias sociales, contribuyen a debilitar la creencia en la reparación simbólica estatal frente a los agredidos. Por ello, los ciudadanos y ciudadanas de barrios pobres son los más vulnerables, los que padecen castigo por mano propia, como de actos delictivos. La violencia clasemediera le muestra a la clase política que no solo de “pan vive el hombre”, sino también de creencias. Los medieros linchadores hoy atentan, no contra la letra del proyecto de Código Penal, sino con un supuesto “espíritu” que las derechas han salido a disputar, resignificar e instalar (hijos dilectos del manodurismo). Por tanto, los promotores de este proyecto, en un contexto de inflaciones y depreciación de las posibilidades sociales, no solo tendrán que discutir con el “securistimo atroz”, sino restablecer un conjunto de políticas y discursos que refuercen la creencia de reparación estatal (simbólica y real). Porque en ella se juega la sociabilidad, fundamentalmente, si se pretende avanzar en un sentido bienestarista.

Publicado en Panamá Revista

Fecha 04/04/14