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Chile entra al 2016 dejando atrás un inolvidable 2015, un año muy fuera de lo común. De hecho, tan fuera de lo común que el 2015 se inició realmente el 23 de febrero, cuando la Presidenta Michelle Bachelet, volviendo de sus vacaciones en el Lago Caburga, y presionada por la prensa para que se pronunciara respecto del escándalo inmobiliario en el que se han vistos involucrados su hijo y su nuera, dijo que de los negocios de su hijo “me enteré por la prensa en Caburga”. Fue un momento estelar, que anunció que el año no estaría para respuestas débiles ante preguntas fuertes, y fue también el momento que inauguró la imparable caída de su liderazgo. Porque desde entonces el desplome de la figura presidencial ha sido imparable y, a estas alturas, ya irrecuperable.

Con la defensa de su hijo – que se prolonga hasta el día de hoy- quien ha debido concurrir varias veces a declarar ante los tribunales de justicia, no solo quedó herida la figura de Bachelet. Su caída representa la caída de todo el establishment chileno que ha protagonizado una transición política postdictatorial, caracterizada, fundamentalmente, por la consolidación y profundización extrema del neoliberalismo, lo que ha estado a cargo de figuras que, como la propia Bachelet, fueron opositores activos a la dictadura de Pinochet. Son estos apóstatas los que han estado a la vanguardia de la despolitización del pueblo chileno, de la conciliación de clases para que nada obstaculice la acumulación por desposesión del gran capital, y los que se han ubicado en la primera línea de la defensa de un sistema que habían prometido derribar.

Esto funcionó relativamente bien durante casi 20 años, durante los cuales se mantuvo mediante cooptación y políticas asistenciales la pasividad del movimiento de masas, al menos hasta el 2011, cuando estalló, sin previo aviso, la movilización popular, liderada por los estudiantes que pusieron en agenda temas como la privatización de la educación, el tema medioambiental y el hecho de que aun vivamos con la Constitución de 1980, es decir, la de Pinochet.

Desde entonces todo se ha vuelto cuesta arriba para la elite, todos los intentos por recuperar el timón de la dinámica política fracasan una y otra vez por errores no forzados. Y en ese sentido, 2015 será inolvidable. Ese año no solo se derrumbó el liderazgo presidencial. A medida que avanzaron los meses, se fueron derrumbando todos los demás liderazgos de la institucionalidad política. En su conjunto el liderazgo político-institucional fue salpicado por lo mismo: la opaca y hasta entonces ocultada relación entre dinero y política. Desde Marco Enriquez Ominami, Presidente del Partido Progresista y candidato presidencial, hasta Jovino Novoa, el hombre fuerte de la UDI (el partido de la extrema derecha chilena y que cuenta con una de las mayores bancadas parlamentarias), todos fueron tocados por la misma mancha que como el petróleo creció sin parar durante el inolvidable 2015.

Gran año. Supimos, sin ambages, de la debilidad de nuestra democracia y de las mentiras que la sostienen, de la apropiación de los políticos por el dinero, y de que las elecciones no las están ganando quienes se presentan a ellas, sino quienes los financian, es decir, los empresarios.

En el terreno empresarial este también fue un buen año. Tal como conocimos inconfesables secretos de nuestra clase política, también nos enteramos de enigmáticos misterios. Fue así que supimos de la generosidad del yerno de Pinochet, Julio Ponce Lerou, con socialistas y progresistas, quienes habían inventado su propio y lucrativo proceso de reconciliación nacional. Lerou, dueño de Soquimich, una de las mayores mineras no metálicas del mundo, la que adquirió siendo yerno de Pinochet durante las privatizaciones realizadas en dictadura, resultó ser una de los más importantes financistas de la clase política chilena, pero no de la derecha, como cabría esperar, sino de senadores socialistas como Fulvio Rossi, o candidatos presidenciales “progresistas” como Marco Enríquez Ominami, hijo del mítico líder de la izquierda chilena y fundador del MIR, Miguel Enríquez, caído en combate en 1974. Ambos han sido citados en calidad de imputados a los tribunales.

Además, estallaron casos de colusión empresarial que sacudieron a este sector y a los mas renombrados y connotados empresarios nacionales. Colusión en el papel higiénico, en los pollos, en los supermercados, etc. hicieron que nos enteráramos de otro secreto bien guardado: la libre competencia no existe para los grupos económicos, la economía de libre mercado no es más que un relato doctrinario, lo que realmente funciona en Chile es una economía planificada. Planificación económica no a cargo del Estado, sino de los grandes grupos económicos quienes se ponen de acuerdo – incluso con metodología conspirativa y gansteril- en regular la oferta, en fijar los precios y en evitar a toda costa la competencia. Eso es lo que significa colusión, ya sea de las farmacias, del papel, la cerveza o los pollos. Y tal como grandes nombres de la política debieron salir a dar explicaciones y visitar tribunales, intocables como Lucksic, Mate o Angelini, todos los cuales figuran en la Lista Forbes, han debido hacer lo mismo. ¡Qué buen año!

Quienes también ha debido dar explicaciones al país e incluso someterse a interrogatorios públicos de una Comisión Investigadora del Parlamento, es el Ejército de Chile, representado por su comandante en Jefe. Este 2015 supimos de un desfalco por – hasta ahora- 10 millones de dólares de los dineros que el Ejército recibe anualmente, gracias a las Ley reservada del Cobre. Una ley según la cual el 10% de las ventas del cobre van directamente a la caja de las Fuerzas Armadas, y es “reservada” porque ningún organismo del Estado, ni siquiera la Contraloría General de la República puede pedir antecedentes o fiscalizar en que se gasta ese dinero. A pesar de ese secretismo, el escándalo fue incontenible, y gracias a investigaciones periodísticas independientes hemos sabido de emisión de facturas falsas, danza de millones en casinos de juego, compra de casas para violadores a los DDHH para que mantenga su pacto de silencio, etc. El caso se ha conocido como Milicogate.

La lista de acontecimientos de este inolvidable 2015 podría continuar, pues muy poco quedó oculto. Por el contrario, el país se nos muestra tal cual es. Hay un develamiento imparable, que a ratos se asemeja a un desborde, a un rebose por encima de los límites fijados por las institucionalidad consensuada a fines de los ’80 entre la Dictadura y los partidos de la Concertación, liderados por el Partido Socialista y el Democristiano.

Y la lucha por fijar los límites es central en política, ya que de ello depende en gran medida qué es posible o imposible, cómo se puede o no se puede imaginar y concebir el país. Por eso es inevitable que crezca la tensión social si hoy vemos que los mismos que diseñaron este país a fines de los ’80 y cuyo lado oscuro brilló el 2015, quieren ser nuevamente los arquitectos de la próxima institucionalidad, apropiándose del debate constituyente que ha comenzado en Chile para dotarnos de una nueva Constitución, tratando de relegar a la ciudadanía a un segundo plano. Habrá que ver qué tiene que decirnos el 2016 al respecto, y el modo en que se resuelva el proceso constituyente, ya sea a través de la vía institucional, como quiere la clase política, o a través de Asamblea Constituyente, como demandan sectores sociales, será la mejor vara de medición.

Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica

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