La muerte inesperada e inimaginable es egoísta. No permite nada. Ni siquiera pensar las palabras, ni las posibles buenas conversaciones que allí quedaron, ni los abrazos. Viene, entra y se va. Deja un vacío. Deja demasiadas cosas pendientes. Abre preguntas infinitas. Es terrible. Asfixiante. Así nos deja la muerte de Agustín Lewit. Un gran tipo y un gran intelectual. Agudo. Prolífico. Tenaz. Militante. De las mejores personas que se necesitan para estar y pensar cuando se avecinan tiempos turbulentos.  Lo tuvimos con nosotros, y seguirá en nuestras memorias –hoy tan doloridas-. Estará allí, con las resonancias de sus brillantes textos y con la profunda generosidad que siempre derramó. Gracias, Agus. Gracias por ser parte tan fundacional de este nuestro espacio-sueño llamado CELAG ¡Hasta siempre, compañero!