Este domingo 7 de octubre están habilitados para votar 147 millones de brasileños. Elegirán presidente y vicepresidente, gobernadores en los 26 Estados del país y el Distrito Federal, senadores y diputados federales y estaduales. En un sistema político que se ha caracterizado por el ‘presidencialismo de coalición’, esto es, por componer los puestos del Poder Ejecutivo en función de los apoyos en el Congreso, lo que suceda en la elección respecto de la composición de este último resulta fundamental para las perspectivas de la dinámica del próximo Gobierno.

Una elección atípica

Las atenciones están puestas -como en todo régimen presidencialista- en la elección a presidente, pero no está de más subrayar que uno de los motivos de desequilibrio del sistema –y que favoreció el impeachment a Dilma Rousseff en el 2016– es el Congreso, y el cada vez más alto número de partidos representados allí  (en los últimos años llegó a 32), además de la cada vez menor alineación programática de los 513 diputados. Al igual que lo sucede en relación con la competencia presidencial, para el plano parlamentario los pronósticos no son demasiado auspiciosos; todo parece indicar que la fragmentación de votos y bancadas continuará, con el condicionamiento que esto supone para la gobernabilidad[i]

Una elección atípica en sus medios

Esta elección presidencial presenta un escenario atípico respecto de las últimas elecciones anteriores por varios motivos. En primer lugar, porque quienes parecen tener las mayores chances de poder disputar el balotaje no son los mismos espacios políticos que venían componiendo la ‘estructura de competencia’ desde 1994 en adelante. Si bien el Partido dos Trabalhadores (PT) vuelve a estar como una de las opciones preferidas por la ciudadanía (aunque, en esta oportunidad, lo hace expectante desde un segundo lugar en las intenciones de voto, a diferencia de las disputas anteriores en las que siempre se mantuvo en primer lugar en las encuestas), el otro espacio que aparece con mayores preferencias no es el mismo que tradicionalmente lo venía haciendo: el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB). Ese espacio ha sido ocupado por otra referencia política –en torno de la figura del capitán retirado Jair Bolsonaro- corriendo el eje de la contienda hacia opciones de derecha/extrema derecha, con las consecuencias que esto supone para el sistema político en su conjunto.

SI bien se pueden marcar determinados hitos durante la campaña, que organizaron y reorganizaron los términos de la misma (desde la prisión de Lula da Silva, el atentado a Jair Bolsonaro, o las expresivas movilizaciones del ‘Ele nao’ el pasado 29 de septiembre) lo que debe marcarse como singularidad en este caso es el siguiente detalle: el espacio político de Jair Bolsonaro se fue compactando a medida que avanzaba la propia campaña electoral, de una forma no habitual o, más bien, a través de elementos no tradicionales. Por ejemplo -y este es un segundo rasgo atípico- el peso expresivo de la propaganda electoral televisiva, que siempre ha sido determinante en la proyección final de los candidatos, en esta oportunidad no ha sido fundamental. Hay que recordar que desde el famoso debate entre Fernando Collor de Mello y Lula Da Silva, en el balotaje de 1989, luego editado y transfigurado por Rede Globo en productos tendenciosos para apoyar al primero la televisión se había convertido en un lugar preferencial de la disputa política brasileña.

En este caso, la televisión no ha tenido el mismo peso. Y esto supone un cambio drástico en varios aspectos. Jair Bolsonaro era uno de los candidatos con menor tiempo de propaganda audiovisual disponible (según el cálculo establecido por la Ley Electoral, en función de la representación parlamentaria y los votos obtenidos) y, sin embargo, es quien llega a este domingo liderando las encuestas de opinión. Y, a la inversa: quien mayor tiempo de televisión tenía para sí, Gerardo Alckmin (del PSDB), por precisamente su amplio acuerdo con un gran número de partidos menores y chicos (el denominado “centrao”, por su actuación parlamentaria) nunca logró salir del mismo número en intenciones de voto con el que comenzó la campaña– oscilante alrededor del 9%. En síntesis: que la campaña presidencial brasileña no haya pasado por la televisión es, quizás, uno de los datos más llamativos, teniendo en cuenta la metamorfosis cultural que esto supone.

Y un tercer aspecto de atipicidad que, precisamente, está en las explicaciones en torno de la figura de Jair Bolsonaro: sin televisión y sin estructura partidaria (ni política en general, pues en principio, no tiene ningún gobernador que esté asociado a su candidatura presidencial, por lo menos de manera formal, ni tampoco otras representaciones políticas) buena parte de su propaganda ha sido realizada a través de las redes sociales. No tanto en aquellas bajo la injerencia de determinados algoritmos – como pueden ser Facebook o Instagram – sino directamente por medio de WhatsApp. Los videos, los memes, los mensajes más recalcitrantes y odiosos (que en otros lugares son censurados), así como buena parte del lenguaje “bolsonarista”, de base fake news –siendo Brasil, según algunos estudios, uno de los países que más consume fake news en el mundo.[ii] Por este medio, que tiene un grado de familiaridad del mensaje[iii]

Una elección atípica en las encuestas

Un actor central, no sólo como indicador sino como productor del termómetro político durante la campaña, han sido las encuestas de opinión. Llamativo por la expresiva cantidad de sondeos que se han vehiculizado y por la similitud en los registros de los cambios -que no hubo muchos- durante el período. A diferencia de elecciones anteriores, en las que hubo variaciones claves en la última semana –por ejemplo, en el 2014, el desplazamiento de Marina Silva por Aécio Neves en los días finales- en esta oportunidad hubo una consolidación de las tendencias, con variaciones menores, durante las últimas semanas. Para destacar, el crecimiento de Fernando Haddad, una vez que fue definido como candidato por el PT tras la impugnación de Lula. Y otro detalle, que quizás se conocerá con mayor profundidad más adelante: la subida de Jair Bolsonaro al día siguiente de las expresivas movilizaciones en su contra. En este escenario, los últimos pronósticos puntualizan una estabilización de las preferencias, sin volatilidades de último momento.

Encuestas de intención de voto. Brasil 2018

 

Una elección atípica en los contenidos

Desarmada la ‘estructura de la competencia’ los programas políticos que se lanzaron a competir – o, de forma menos solemne, los discursos de los candidatos- adquirieron contornos muy particulares. Como sucede en toda elección, las pautas de propuestas de los candidatos se corresponden con las agendas y demandas de la ciudadanía, que van cambiando con cada coyuntura. Pero esta elección es la primera que se realiza tras el impeachment a Dilma Rousseff, con todo lo que este acontecimiento dispuso como clivaje desde el 2016 en adelante.

El golpismo de Michel Temer y las medidas que se tomaron durante su mandato colocaron a la propia democracia –como término y como definición colectiva de los asuntos públicos- en un lugar destacado. Una nueva ‘frontera política’ organizadora de las perspectivas interpretativas de lo sucedido en el país en los últimos años, que ha enmarcado los términos de los posicionamientos de los candidatos. Por un lado, la importancia de ‘restablecer la democracia’ como principio ejecutivo, como principio para establecer un freno a la fascistización de la vida social (argumento sostenido por Guilherme Boulos), para la restitución plena de los derechos civiles, sociales y políticos (cuya posición se identifica con el PT), o bien, y en el mismo movimiento, desandar lo realizado por el Gobierno de Michel Temer (como insistió varias veces el propio Ciro Gomes).

Del otro lado, un “odio a la democracia”, o el desprecio a su carácter. Empezando por el PSDB y el resto de los partidos del “centrao” (DEM, PP, PRB, entre otros), que brindaron el soporte logístico al impeachment y también acompañaron las medidas más regresivas pautadas por el gobierno de Temer. Un ‘odio a la democracia’ que se identifica con los ‘efectos de la democratización’ y, más en concreto, con aquél que la posibilitó: el PT. El ‘antipetismo’ en su constitución, no se convirtió en una postura antagónica respecto de su programa sino en un principio activo de persecución política, con los desdoblamientos que esto trae en términos de violencia, sea simbólica o jurídica, e incluso física.

Jair Bolsonaro, precisamente, no ha demostrado ningún tipo de problema en decir todo tipo de exabruptos, precisamente, antidemocráticos. Las consecuencias de su instalación y proyección en el ambiente político ya son visibles, y no sólo discursivas. Acompaña y refuerza una tendencia en curso: el protagonismo de los militares de estos últimos meses. Un protagonismo que entra en escena de forma tan desprolija que preocupa: asumiendo el control de la seguridad pública en Río de Janeiro, participando de las cuestiones de agenda y, ahora, liderando la competencia electoral.

 

[i] https://www.infomoney.com.br/mercados/politica/noticia/7633768/pt-deve-eleger-a-maior-bancada-da-camara-e-psl-dobrara-numero-de-deputados-projeta-diap

[ii] https://jornalggn.com.br/noticia/ipsos-comprova-brasileiros-sao-os-que-mais-acreditam-em-fake-news

[iii] https://www.pragmatismopolitico.com.br/2018/10/datafolha-61-dos-eleitores-de-bolsonaro-se-informam-pelo-whatsapp.html