Tras doce años en la alcaldía de Bogotá, la izquierda política, representada por Clara López, del Polo Democrático Alternativo (PDA), perdió ayer las elecciones, cayendo al tercer lugar con un 18,26% de los votos escrutados. Por encima de ella quedaron las opciones vinculadas a la derecha política, Rafael Pardo (28,5%) y Enrique Peñalosa, quien se erige como alcalde con un 33,1% del voto.

La disputa por el Palacio de Liévano fue una batalla prolongada durante la cual desaparecieron algunos candidatos, que se plegaron a alternativas más fuertes o cayeron fruto de su propia debilidad. Ello dio lugar a la preeminencia de tres opciones, que coincide con los tres candidatos más votados.

Enrique Peñalosa (903.764 votos), el carismático exalcalde de Bogotá entre 1998 y 2000 fue, desde el primer momento, un elemento disruptivo en el desarrollo de la contienda. Su candidatura “independiente” y rupturista, muy bien valorada entre las clases medias y medias altas, y apoyada económicamente por empresarios de la construcción, se articuló en un discurso que recurrió a “un pasado mejor”, sobre todo en términos de movilidad, dado que durante su gobierno se empezó a implementar el conocido sistema de transporte Transmilenio.

Además de su buena acogida entre los ciudadanos del nororiente de la capital, la campaña denominada “Recuperemos Bogotá” recibió el beneplácito de uno de los políticos y exalcaldes mejor valorados del país, el antaño verde Antanas Mockus. Ello sirvió para  que su opción, apoyada tanto por la derecha liberal como por la conservadora, no asustara a un sector progresista de la ciudadanía, alejado de la opción más extrema de la derecha (Francisco Santos), pero consciente del pasado de corrupción que tanto le ha pesado al PDA de Clara López.

La candidatura oficialista de Rafael Pardo (778.050 votos), se estribó en una lectura de conciliación ciudadana, con un mensaje catch-all que tuvo poco éxito y despertó escaso entusiasmo con la campaña denominada “Bogotá Adelante”. A pesar de su longeva carrera política y del amplio apoyo recibido por los medios de comunicación pertenecientes al banquero Luis Carlos Sarmiento Angulo (es decir, los de la Casa Editorial El Tiempo) y de Caracol Radio (Grupo PRISA, donde su actual esposa es directora del servicio informativo), su liderazgo  no logró consolidarse, dejando en la opción de Peñalosa el voto de castigo a la izquierda.

La izquierda política representada por la candidatura de Clara López del PDA (498.718 votos), apoyada por la Unión Patriótica y el Movimiento Progresistas, fue la gran damnificada del proceso electoral. Sus principales debilidades radican, en primer lugar, en los pasados escándalos de corrupción que asolaron al Polo Democrático Alternativo, donde el fantasma de Samuel Moreno (ex alcalde detenido por su responsabilidad en irregularidades referentes a la contratación pública) y el papel de la misma candidata en la secretaría de Gobierno de esa Administración, son elementos difíciles de borrar. En segundo lugar, hay que considerar también el desgaste político tras doce años en el poder, con un balance negativo por su incapacidad de apuntalar medidas para resolver el problema de la movilidad en la ciudad y que, a pesar de la reiterada promesa, una vez más dejó en el tintero el proyecto del metro para una de las grandes urbes de América Latina. Sería injusto no reconocer los avances de una izquierda que ha gobernado, particularmente desde los últimos cuatro años, con un programa orientado a la igualdad social y que ha cultivado éxitos en la reducción de la vergonzante brecha social, así como en la política educativa. Sin embargo, han sido opacados por un sistema de medios beligerantes, que han dado escasa trascendencia de los avances sociales y mucho peso al más que evidente problema de movilidad que padece Bogotá y que parece ir in crescendo.

En definitiva, de nada le sirvió a Clara el control de la maquinaria distrital1, así como tampoco su pertenencia a una de las familias más acaudaladas del país, lo cual le permitió financiar por medio de recursos propios y familiares2 una campaña con escasos apoyos del sector empresarial de la ciudad. Tampoco le sirvió la relativa independencia económica que le permitiría haber sido congruente con muchas de las propuestas sociales que rentabilizó muy bien en su campaña, al unirse a movimientos diversos, claves para articular con éxito medidas apoyadas por un tejido asociativo y vecinal progresista compuesto por los movimientos LGTBI, animalistas, intelectuales y artistas progresistas y por la paz (entre otros).

En este país a las puertas del cambio político, el golpe sufrido por la izquierda requiere indudablemente trabajar en una agenda a medio plazo que, al menos, aborde 3 ejes: (1) la construcción de su propio relato, presentándose como una alternativa creíble capaz de articular la igualdad social con la modernización de la capital; (2) abordar la cuestión de los medios de comunicación, que han sido altavoz permanente y acrítico de sus adversarios, para ofrecer una visión menos aversiva y destructiva de sus propuestas; y (3) fundamentalmente, articular un liderazgo nuevo que se pueda desligar del pasado corrupto del PDA y del anquilosamiento en dinámicas políticas ligadas a viejas élites reconvertidas al progresismo, como forma de perdurar en el poder.

Elecciones en clave presidencial

Las elecciones regionales han de ser interpretadas pensando en las próximas presidenciales de 2018. Una primera conclusión es que, de esta cita electoral, el partido Cambio Radical, al mando del vicepresidente Germán Vargas Lleras, salió fortalecido. Esto se refleja en una resurrección política anclada en la obtención de siete gobernaciones (La Guajira, Magdalena, Huila, Cundinamarca, Sucre, Amazonas y Vaupés), entre ellas tres de la costa, una región que suele ser definitoria para la elección del líder del Ejecutivo. Sumados a los mencionados, sus triunfos en ciudades estratégicas como Bogotá (por su apoyo a Peñalosa y no al candidato oficialista) y la incuestionable victoria en Barranquilla, se desprenden de las coaliciones que pudo establecer con fuerzas políticas que van desde la Unidad Nacional, hasta Centro Democrático, pasando por la cuestionada Opción Ciudadana.

No sucedió lo mismo en el caso del uribismo que, a pesar de haber arrasado en las pasadas legislativas, tuvo agrios resultados en esta ocasión. Primero, en Bogotá donde la derrota de un caricaturesco Pacho Santos fue crónica de una muerte anunciada, ya desde el inicio de la campaña. A nivel regional, a pesar de que las encuestas fueron muy favorables a su opción, apenas ganaron una gobernación, la de Caquetá y dos alcaldías capitales: Florencia y Leticia. Además, en su bastión político de Antioquia, y a pesar de haber conquistado la mayor parte de los votos, ello no le valió al Partido Centro Democrático para alcanzar la alcaldía de Medellín, que quedó en manos del independiente Federico Gutiérrez. Sin embargo, su presencia en la coalición que apoyó a Maurice Armitage para la alcaldía de Cali, no permite que permite que se alejen del todo de las ciudades más importantes.

En resumen, en las elecciones del pasado domingo se empezó a perfilar el liderazgo de Vargas Lleras de cara a las elecciones presidenciales de 2018, a la vez que se acentúa la decadencia de la extrema derecha uribista, cada vez más se alejada de las posiciones del elector colombiano, en las antípodas del belicismo que defiende el expresidente. Todo ello a pesar de que el proceso de paz fue un vector que se vio superado por otros como la seguridad o la movilidad (especialmente en las grandes urbes) en esta cita electoral.

Éstas han sido unas elecciones determinantes para la izquierda política que pierde “la joya de la corona” y evidencia una clara crisis sistémica al interior de los partidos, enfrentados, por primera vez en doce años, al ostracismo político. Una situación a la que puede sobrevivir Gustavo Petro, para quien, sin embargo, el Polo Democrático puede convertirse en su propia espada de Damocles. Esta izquierda pide a gritos una renovación de liderazgos pero, sobre todo, un esfuerzo por acompasar su trabajo con los intereses de una sociedad que se encuentra en el momento previo a un cambio de ciclo histórico-político, en el que las sombras pasadas de corrupción y el anquilosamiento que hoy la están castigando en las urnas, deben dar lugar a nuevas caras, ideas, concepciones y luchas, fuertes y presentes en el escenario del posconflicto. Pareciera que el tiempo corre en contra para completar esa tarea.