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Hace ya diez años, en 2005, que se reunió la primera Cumbre América del Sur-Países Árabes (ASPA). Es la instancia de encuentro entre los mandatarios de América del Sur reunidos en la UNASUR y los mandatarios de los países árabes agrupados en la Liga Árabe. Se acaba de celebrar la IV Cumbre en Arabia Saudita. Y de alguna manera, más allá de los resultados inmediatos de esta cuarta cita, lo más interesante es pensar lo impensable que resultaba esto hace 15 o 20 años atrás.

 

La UNASUR como proyecto político impulsado por Hugo Chávez,  Néstor Kirchner y Lula da Silva, ha venido en este sentido dando señales de mayoría de edad y consolidación, manteniendo el carácter progresista e integracionista que justificó y justifica su existencia. En cuanto tal, es la expresión de una región que tomó conciencia de sí misma y poco a poco pero sostenidamente ha venido soltándose de las tutelas que le daban un lugar subordinado dentro del orden internacional, que la relegaban a ser mero patio trasero de los Estados Unidos, hinterland  sin posibilidad alguna de decidir por sí misma cuáles son sus intereses, con quién del resto del mundo entenderse y mucho menos comerciar.

 

Hoy es obvio que esto es así. Tan obvio que ya no es noticia y tal vez más de uno inclusive piensa que siempre fue así. Pero en tiempos en que sobre el continente corren vientos de restauración de épocas pasadas camufladas bajo el significante vació del “cambio”, es bueno destacarlo pues eso está en la primera línea de cosas que hay que saber en esta coyuntura defender.

 

Así las cosas, el crecimiento del intercambio comercial entre los países árabes y los suramericanos, pero además y más importante aún, la posibilidad de entenderse y ser interlocutores directos, es una conquista de los gobiernos progresistas, pensada entre otras muy buenas razones para acabar con la dependencia y vulnerabilidad internacional. Y es una conquista que solo fue posible una vez que se rompió con el mal llamado “consenso” de Washington, una vez que el proyecto de engullimiento continental bajo la figura del ALCA fue derrotado en Mar de Plata. Conquista que si bien ha beneficiado en mayor o menor medida a todos los países de la región independientemente de sus signos políticos (entre los que se encuentran los que añoran regresar a la época en que Miami era proyectada como la nueva capital de América Latina), ha sido especialmente provechosa para aquellos que siguen marcando el camino de un mundo pluripolar y multi-hegemónico.

 

En lo que a la Cumbre que acaba de terminar refiere los saldos están por verse. De por sí, la posibilidad de discutir qué hacer con los precios del petróleo que afectan prácticamente a todos los involucrados, es un saldo organizativo grande que hay que saber seguir explotando. Así como hay que saber seguir explotando e impulsando la paz en unas regiones, una de las cuales se encuentra actualmente cruzada por grandes convulsiones internas derivadas de la agresión terrorista patrocinada –porque esto no es un secreto- por los centros de poder mundial, mientras que la otra se ve permanentemente amenazada por esa misma posibilidad.

 

Son cosas que hay que tomar en cuenta en estos tiempos en que, como decía, la restauración y el retorno a un pasado similar al que hoy viven nuestros hermanos árabes, intenta colarse en nuestra región.

 

Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica

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