Desentrañando la gobernabilidad de Bolsonaro

Análisis Político

A poco menos de un año de comenzado su mandato, el Gobierno de Bolsonaro ha mostrado notables problemas de gobernabilidad.

Allá por febrero del 2018, en el carnaval de Rio de Janeiro -uno de los íconos de la cultura popular brasileña-, el entonces Presidente Michel Temer obtuvo el puntapié final para su caída definitiva en imagen. En una alegórica carroza del desfile, un participante iba caracterizado como un vampiro con la banda presidencial, rodeado de dinero y acompañado por un multitudinario ¡Fora Temer! Ya tenía menos de un 10% de aprobación popular, y poco después de la comparsa hasta su partido, el poderoso MDB, quedaría reducido a su mínima expresión política[1].

 A inicios de octubre de este año, en otro de los eventos más importantes de la región con sede en Brasil, Rock in Rio, el presidente Jair Bolsonaro tuvo un deja vu de aquel que fuera el entierro político de su antecesor: hubo al menos 11 momentos del festival en el que las grandes multitudes de asistentes gritaron al unísono “¡Ey, Bolsonaro, vai tomar no c…!”[2], paralizando en algunos casos a los propios artistas, así como también hubo menciones a la postura racista e intolerante del mandatario por parte de algunos músicos invitados. Se trata de un cancionero hacia Bolsonaro que empieza a replicarse en cuanto espectáculo masivo lo tenga como partícipe, incluso en esos eventos donde su aparición “espontánea” debería generar la simpatía por el manejo descontracturado de la investidura. Y ya se puede hablar de un efecto contagio, similar al que empezó a padecer su homólogo argentino, Mauricio Macri, en febrero de 2018, con lo que se denominó “el hit del verano”, un repetido “Mauricio Macri, la p… que te parió” que ya no se detuvo hasta su debacle electoral un año después[3].

El excapitán es blanco de estas manifestaciones a sólo 10 meses de su asunción, tras una campaña electoral más que atípica que lo llevó de ser un diputado oscuro y bastante desconocido a erigirse en un supuesto “mito”, depositario de una expectativa de cambio de millones de brasileños. Hoy las formas de la bronca social comienzan a acompañarlo: la evaluación de su Gobierno es mala o pésima para el 34% de la población, regular para el 32% y buena o excelente tan sólo para el 31%[4]. En ese sentido, valdrían algunos interrogantes: ¿qué aspectos de su gobernabilidad justifican esta trayectoria tan descendente en apenas diez meses? Y, de manera inversa: ¿qué razones explican que aún en el medio de tensiones con la ciudadania y con buena parte de los poderes públicos del Estado, todavía mantenga un equilibrio de gobierno?

Deshaciendo hegemonía

Pareciera que Bolsonaro no termina de hacer campaña, prefiriendo los discursos maniqueos, violentos y excluyentes destinados a su núcleo duro, a la gestión de la maquinaria pública y lo que implica gobernar en democracia para más de 210 millones de habitantes. En el tiempo transcurrido de mandato, el Presidente no ha logrado componer una consolidada y mecánica gobernabilidad: no ha sumado el apoyo de otros sectores sociales; la Justicia quiere disolver su propio partido –en realidad, muchos afiliados propios quieren también hacerlo-; no encuentra interlocución razonable con el Parlamento, que ha rechazado como nunca sus vetos y no le aprueba reformas clave para su gestión; no consigue –ni con el superministro Sergio Moro- imponer una línea interpretativa judicial que le permita hacer realidad sus promesas punitivas de orden y pensamiento (único) correccional; y no encuentra vínculos exteriores sólidos sobre los cuales respaldarse, salvo un oscilante Trump que, con la cuestión de la Amazonia, mostró cierta distancia. Como consecuencia de lo anterior, muchas dificultades para imponer una agenda de gobierno clara.

El Ejecutivo en tensiones múltiples 

Tal vez sea el Parlamento el Poder Público que mayor contrapeso hace a la voluntad del Ejecutivo liderado por Bolsonaro, a pesar de que cuando apenas inició su mandato parecía que tenía un camino legislativo más allanado. El partido al que se afilió en marzo de 2018 y que lo llevó a la Presidencia -tras pertenecer a otros 7 en toda su carrera política-, obtuvo un gran logro en las pasadas elecciones, alcanzando 54 parlamentarios (52 diputados y 2 senadores)[5] frente a sólo dos legisladores que había conseguido en los comicios de 2014[6]. Si bien precisó desde el inicio, como en todo presidencialismo de coalición, de acuerdos con muchas otras bancadas, su autoridad y legitimidad política parecía, en principio, bastante sólida. Ejemplo de ello es que consiguió que en la negociación por la Presidencia de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia (DEM) le prometiera a Bolsonaro la Presidencia de la comisión más disputada: Constitución y Justicia.

Sin embargo, desde aquel momento a esta parte, el acompañamiento legislativo a sus proyectos ha sido agridulce. Tal vez el mayor revés se haya dado en el principal “caballo de batalla” de Bolsonaro y de su ministro de Hacienda, Paulo Guedes: “la” reforma jubilatoria, un cambio que requiere de tratamiento especial en el Congreso – por modificar pautas constitucionales- que restringe derechos y desfavorece claramente a la ciudadanía en general. El proyecto, presentado el 22 de febrero en la Cámara de los Diputados, aun no ha sido aprobado y ha sufrido duros reveses y modificaciones para que exista consenso. Otro de los escollos más sonantes con el que se ha encontrado el Gobierno Bolsonaro en el Legislativo atañe a su política punitivista, presentada y patrocinada por el  -ahora en decadencia- superministro de Justicia, Sergio Moro. Se trata del proyecto de “ley anticrimen”[7], como se lo conoce, presentado también al inicio del mandato: una serie de medidas para combatir el crimen violento y la corrupción, temas que hicieron de Moro una verdadera celebridad nacional. Tampoco le ha ido mejor a Bolsonaro con sus vetos a la sanción de la Ley de Abuso de Autoridad -que juega en contra de sus propios intereses, y los del mismo Moro-; en este punto, el Gobierno muestra una performance baja: tiene la media de vetos rechazados por el Congreso más alta desde 1988[8].

El presidente y su partido tampoco han estado exentos de fricciones. Todo comenzó apenas inaugurado el Gobierno, con el pedido de renuncia del entonces secretario general de la Presidencia, Gustavo Bebianno, anterior figura fuerte del PSL y hombre de confianza íntima de Bolsonaro, que fue desplazado luego de cruces directos con el “clan Bolsonaro” (sobre todo con uno de los hijos de Jair, Carlos) por las acusaciones hechas por un medio de comunicación sobre el presunto uso de “candidatos testaferros” en la última campaña presidencial. Con relación al mismo escándalo ahora le tocó el turno al Ministro de Turismo – también del PSL- quien ha sido acusado por la Fiscalía de haber armado una red ilegal de recaudación de fondos públicos con el mismo fin. En el descalabro partidario, Jair Bolsonaro ha amenazado con expulsar a varios legisladores del partido, pedir una auditoría financiera de los últimos cinco años, y hasta expuso como posibilidad su salida del PSL, que usó como trampolín para su arribo a la Presidencia. En síntesis, del “núcleo duro” deberían descontarse varios dirigentes de su partido que, si bien no se colocarán en lo inmediato en el redil opositor, ya no se constituyen como parte de los recursos políticos propios.

Ni con algunos sectores del Poder Judicial (ya sea en el Supremo Tribunal Federal como con algunos jueces de primera instancia, precisamente en torno al caso de los “laranjas” del financiamiento del partido) ni con los grandes medios de comunicación el Presidente ha logrado encaminar relaciones de interlocución previsibles y a su beneficio directo. Al mejor estilo Trump, Bolsonaro ataca casi a diario a los principales grupos mediáticos del país (y a sus periodistas), como Folha de Sao PauloO Globo, o Valor Económico, acusándolos de “mentirosos” y responsables de esparcir “fake news”. Todos forman parte de “resortes desestabilizadores” que atentan contra Brasil, contra él (la referencia al atentado sufrido durante la campaña electoral el año pasado se ha vuelto casi como la gramática introductoria de cualquier discurso político en la boca de Bolsonaro) y contra la propia democracia, vaya paradoja, aunque no tanto si se observan los pretextos que han desarrollado los gobiernos autoritarios a lo largo de la historia, brasileña y latinoamericana en general. Ni hablar de las consideraciones ofensivas y persecutorias que lanza hacia la izquierda y a su prensa, o medios digitales independientes como The Intercept, un protagonista mediático-social clave de estos últimos tiempos, sobre todo por la publicitación de informaciones relativas a la Investigación Lava-Jato.

En definitiva, el proyecto político de Bolsonaro se destaca por su incapacidad (o negativa) de construir consensos y ampliar su base de apoyos cuando todavía le quedan tres años de mandato. Indudablemente el “factor militar” de su Gobierno y el sostén brindado por los poderosos grupos neopentecostales son dos pilares indiscutibles que, sumados a su estrategia comunicacional estridente dirigida a los sectores más conservadores de la población (que hoy representa ese tercio de “núcleo duro bolsonarista”), constituyen sus únicos recursos de poder de sostenimiento. En estas circunstancias, cabe preguntarse si son suficientes para llegar al fin del mandato.

¿Dónde está la oposición? 

El declive del apoyo popular a Bolsonaro y a su Gobierno se debe, principalmente, a sus torpezas y exclusiones a la hora de gobernar más que a la capacidad de la oposición progresista para disputarle espacio social y político, los sentidos comunes o los términos de las agendas programáticas. Como sostuvimos en un anterior artículo, si bien es cierto que las movilizaciones y las denuncias contra el impulso privatizador y regresivo en derechos no han cesado durante estos meses de gestión, “el campo progresista ha quedado afectado por no contar con un liderazgo claro, alianzas sólidas y con un plan de acción definido”. Ejemplos de ello son las cada vez más marcadas diferencias entre el Partido de los Trabajadores (PT) y la figura principal de un progresismo más moderado, Ciro Gomes (PDT), o bien las dificultades que presentan los diálogos intergeneracionales al interior de las principales estructuras partidarias de oposición: hay allí, expectante, toda una nueva camada de jóvenes que, confrontativos con la política de Bolsonaro –sea por su participación en las luchas universitarias de estos meses, o en otras respuestas a políticas gubernamentales- están presionando por un nuevo tipo de protagonismo. La propia consigna “Lula Livre” parece ser, por momentos, un horizonte demasiado unívoco para estos sectores, al margen de la obvia empatía con la causa; para el caso, habrá que ver en qué medida el propio PT, que es quien tiene más entremezclada su propia identidad con la del referente histórico, logra sobrepasar este mismo dilema.

Tampoco ayuda demasiado, al contexto general de las oposiciones progresistas brasileñas, que Ciro Gomes arremeta como lo hace contra sus vecinos políticos, en particular el PT y su conductora, la senadora Gleisi Hoffmann. Para Ciro el problemas es que el PT y Bolsonaro son las dos caras de la misma moneda, y que con un PT “corrupto e incompetente” como opción del progresismo se perderán las próximas tres o cuatro elecciones[9]. Un amplio frente democrático parece aún estar bastante lejos de constituirse, aunque es alimentado por ciertas figuras claves del sistema político y dirigentes de los movimientos sociales. Habrá que ver qué sucede en el próximo Congreso Nacional del PT, a realizarse el próximo mes de noviembre; quizás allí, consumada la elección en Argentina, pueda sacarse utilidad a la experiencia del “Frente de Todos”, como construcción de alternativa político-electoral.

Conclusión

Bolsonaro, más que gobernar, parece estar en permanente campaña, abonando a su estilo rupturista y sectario; esa parece ser una identidad de las derechas latinoamericanas. Parece un candidato porque no ha logrado, de momento, imponer su agenda política, insistiendo en ese tipo de liderazgo. Tampoco ha ampliado su base de apoyos, tanto a nivel institucional -principalmente en el Parlamento- como en las calles. Pareciera que los votantes que le han restado apoyo, como se mencionaba al comienzo, eran aquellos que no lo votaron a él sino a la posibilidad que él representaba de dejar por fuera al candidato del PT; y allí también entra en consideración el desconocimiento que de él tenía la población en su momento, y su supuesto aura de “incorruptible” y “apolítico”. Pero las cosas han cambiado y en muy poco tiempo; ahora suenan otras palabras en rima con Bolsonaro.

Lobao, un ícono rockero de la música brasileña que actuó en el inolvidable primer Rock in Rio de los ’80 y que apoyó durante los últimos años cuanta marcha antiizquierdista hubiera en el país, pidiendo por el impeachment a Dilma, diciendo las barbaridades más absurdas sobre Lula y acompañando con su gracia musical las caravanas bolsonaristas, hoy en día está, como él mismo lo asegura, completamente decepcionado con el presidente. Más que eso, alimenta que el cántico que en el reciente Rock in Rio le dedicaron “los rockeros” a Bolsonaro se convierta en algo más frecuente; en un video reciente ha dicho que Bolsonaro es un “imbécil”, un “delirante”, y alguien que no pierde “a oportunidade de falar merda[10]. De allí también la importancia del momento: frente a una gobernabilidad incierta e inconclusa, y con una nueva sonoridad musical envolviendo la escena del descontento ciudadano –con los efectos que estos fenómenos han tenido en los últimos años en varios países de la región- quizás sea esta una circunstancia propicia para un nuevo encuadramiento de las propuestas progresistas.

 

 

[1] https://www.pagina12.com.ar/22474-fora-temer-hito-del-carnaval

[2] “!Ey, Bolsonaro, ve a tomar por culo!” (traducción libre).

[3] https://entretenimento.uol.com.br/noticias/redacao/2019/10/07/ofensas-a-bolsonaro-e-tributos-a-marielle-e-aghata-rock-in-rio-e-o-mais-politizada-da-historia.htm

[4] https://g1.globo.com/politica/noticia/2019/09/25/governo-jair-bolsonaro-tem-aprovacao-de-31percent-e-reprovacao-de-34percent-diz-pesquisa-ibope.ghtml

[5] De 513 diputados y 81 senadores.

[6] https://apublica.org/2019/01/a-tropa-de-choque-de-bolsonaro-no-congresso/

[7] https://exame.abril.com.br/brasil/ha-dificuldade-na-tramitacao-do-projeto-de-lei-anticrime-admite-moro/

[8] https://oglobo.globo.com/brasil/governo-bolsonaro-tem-maior-media-de-vetos-derrubados-pelo-congresso-desde-1988-24000457

[9] https://exame.abril.com.br/brasil/ciro-gomes-diz-que-pt-e-bolsonaro-sao-faces-da-mesma-moeda/

[10] https://rollingstone.uol.com.br/noticia/em-video-lobao-chama-bolsonaro-de-imbecil-tosco-e-delirante-assista/

Amílcar Salas Oroño

Amílcar Salas Oroño

Dr. en Ciencias Sociales (UBA) (Argentina)

Amílcar Salas Oroño es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA), magister en Ciencia Política por la Universidad de São Paulo (USP) y licenciado en Ciencia Política por la UBA. Es profesor en varias universidades nacionales de Argentina, tanto en grado como en posgrado. Se desempeña…

Camila Vollenweider

Camila Vollenweider

Máster en Sociología (UAB) (Argentina)

Camila Vollenweider es máster en Sociología por la Universidad Autonoma de Barcelona (UAB) y licenciada en Historia por la Universidad Nacional de Rio Cuarto (UNRC), Argentina. Se desempeñó como docente en la Universidad Nacional de Rio Negro (UNRN) y como investigadora del CIETES-UNRN. Ha publicado en la revista Basic Income…