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Decir que un ciclo histórico comienza en una fecha precisa supone, como mínimo, incurrir en un reduccionismo. No obstante, hay momentos en la historia que, por la intensidad y la forma en que se despliegan los hechos, se convierten en bisagras. Algo de ello sucedió con la IV Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata, Argentina, hace ya una década. Veamos.

Lo primero a decir es que aquella Cumbre debe ser vista como un acontecimiento en el significado más profundo del término; esto es, como un hecho –la suma de muchos, en realidad- que propició un corte, una torción en el ciclo histórico de la región. En efecto, aquellos días de noviembre en la atlántica ciudad balnearia fueron testigos de un poder instituyente que expuso con toda claridad la dimensión fundacional de lo político, lo que sólo pudo ser dimensionado con el transcurrir de los años. Allí, efectivamente, comenzó algo nuevo.

Y esa novedad supuso, antes que nada, dejar algo atrás. ¿Qué, concretamente? Un proyecto de alcance continental impulsado por EEUU –el ALCA- que buscaba convertir a América en una enorme zona de libre comercio subordinando el resto de las economías a sus intereses, y que, de concretarse, hubiese significado para el continente entero la coronación absoluta, bajo el liderazgo hegemónico norteamericano, de las pesadas décadas neoliberales y un reaseguro de la continuidad de ese costoso rumbo por varias décadas más.

Quienes se encargaron de frenar ese proyecto imperial, fueron un puñado de presidentes de los países del Mercosur –Néstor Kirchner, Lula da Silva, Tabaré Vázquez y Nicanor Duarte Frutos-, la mayoría de ellos críticos respecto al derrotero neoliberal y arribados al poder con llamativa sincronía, que decidieron acoplarse a la temprana resistencia del líder bolivariano Hugo Chávez, quien había mostrado ya un solitario desacuerdo al ALCA en la Cumbre de Quebec en 2001.

Toda esa inédita y potente convergencia de voluntades políticas, que terminó torciendo el deseo del gigante del Norte, se constituyó –para decirlo finalmente- en el puntapié inicial de la reconfiguración regional que vino tiempo después, la cual se cristalizó en el surgimiento de nuevas instancias de integración –el ALBA, la Unasur y la Celac-, surgidas de forma soberana y respondiendo a los intereses reales de los países latinoamericanos, y la reformulación de otras tantas, tales como la ampliación del Mercosur con la incorporación de Venezuela y Bolivia. Es decir: aún sin ser consciente del todo, aquel encuentro movido por la resistencia sembró las condiciones de posibilidad de aquello que llamamos un nuevo tiempo regional, que incluye, entre otras cosas, la emergencia de espacios sin precedentes de vinculación entre los países de la región.

Para ser justos, también hay que señalar que aquél punto de inflexión que constituyó el freno al ALCA -que, por lo demás, era en un sentido amplio un freno al neoliberalismo- venía expresándose con fuerza y de diferentes modos en distintos escenarios nacionales: el Caracazo en Venezuela, en 1989, el surgimiento del zapatismo en México, en 1994, las convulsionadas jornadas argentinas del 19 y 20 de diciembre de 2001 y la guerra del agua en Bolivia, sólo por nombrar los acontecimientos más conocidos, deben leerse, en tal sentido, como antecedentes de aquella gesta histórica transcurrida en Mar del Plata.

Ahora bien, así como sostenemos que la región se ha transformado profundamente en estos últimos diez años, evidenciando avances sociales, económicos, culturales e integracionistas de fuerte alcance, y que muchos de esos avances –sino todos- deben su origen a aquella osadía del 2005 capitaneada por Chávez, los peligros para la misma en absoluto se han acabado. No sólo porque EEUU no ha desistido de sus objetivos de imponer el libre comercio en la región –basta analizar la extensa lista de TLC´s que ha firmado con países como Colombia, Perú y Centroamerica y su impulso a la Alianza del Pacífico- sino porque los propios sectores conservadores de cada uno de los países inscriptos dentro del eje posneoliberal no cejan en sus deseos de retomar el poder sea por las vías que sea.

Tras varios años de acumulación y beneficios claros para las mayorías populares, con un contexto internacional, además, que aportaba condiciones importantes para esa recuperación y que ahora ya no tanto, el escenario se presenta hoy cuanto menos complicado. Sin caer en tremendismos, empezamos a abandonar la década ganada para adentrarnos sin respiro a una década que –anticipándonos- podríamos llamar en disputa. En ese porvenir, recordar aquellos días de noviembre de 2005 resulta fundamental para continuar, como dijo Chávez ante un estadio mundialista colmado, “no sólo con la tarea de seguir enterrando al neoliberalismo, sino empezar a parir una nueva historia”.

Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica

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