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@amilcarmso

Las reorganizaciones del bloque económico dominante que se vienen dando en Brasil desde hace unos años no han logrado encontrar, todavía, un principio de equilibrio que consolide un sistema político estable y legítimo. La naturaleza del momento actual es la de un impasse político que no se sabe si terminará luego de las próximas elecciones presidenciales de octubre o si, por el contrario, tendrá nuevos desdoblamientos más adelante.

El capítulo de estos días –a propósito del paro nacional de los camioneros iniciado la semana pasada y cuyo desenlace final todavía no ha concluido- no deja de ser preocupante, sobre todo, por el sentido histórico de los acontecimientos. El episodio dispuso una nueva convocatoria al protagonismo militar (que se suma a las ya decretadas por M. Temer), esta vez con derecho a usar su fuerza para despejar las rutas bloqueadas, detener a quien se considere que así lo merezca y, eventualmente, requisar, apropiarse y dirigir los camiones particulares que sean necesarios por indicación de particulares interesados (Decretos de Garantía de la Ley y el Orden, expedidos el 24/05 por el Poder Ejecutivo).

El detonante de la “rebelión de los camioneros” fue la confirmación, por parte de Pedro Parente – presidente de Petrobras-, de continuar con la política de ajustes cotidianos de precios (sólo este año agregó un 20% de aumento, llegando a 50% desde que se impuso la nueva política de precios) generando muchas dificultades en ese rubro de actividad, sobre todo cuando se combina con el precio de peajes, repuestos y otros costos del sector.

Se sabe del efecto inmediato que genera una paralización de este tipo: en poco menos de una semana ya se generaron desabastecimientos en varias ciudades del país, largas filas para cargar gasolina, paralización de aeropuertos, industrias y actividades en general, falta de insumos sanitarios y mercaderías, etc. Estas situaciones, reproducidas estridentemente por los principales vehículos de comunicación, construyeron rápidamente la imagen de un país en caos y sin control, donde la legitimidad para la acción concreta queda (ahora) en manos de los militares. Es una misma trayectoria en curso: para que la degradación de la autoridad presidencial y el desquicio democrático-institucional sean elementos contextuales de la elección presidencial de octubre, o generar las condiciones para cancelarla.

 

El paro camionero y el protagonismo militar

 

Algunos analistas políticos recurrieron a la comparación entre el “paro de los camioneros” que se precipitó la semana pasada por todos los rincones del Brasil y los sucesos del “Caracazo” venezolano de febrero de 1989. Los tres principales hechos son un exponencial aumento de la gasolina (en el caso brasileño, la fórmula del aumento gradual pero permanente tuvo un efecto similar al de aquellos decretos de Carlos A. Pérez), presidentes impopulares desdibujados en sus apoyos políticos y la convocatoria por parte del Poder Ejecutivo para que los militares asumieran las tareas del momento.

Adecuado o no el uso comparativo, hubo/hay un elemento diferencial muy claro: existen varias imágenes y registros de camioneros discursando al lado de los militares e, incluso, parados arriba de algún transporte militar, arengando. También militares de diversa jerarquía dando su opinión acerca de los acontecimientos, contemplativos con los reclamos, apuntando culpas al gobierno y acusando a (esa metáfora de clase política llamada) “Brasilia”. Situaciones muy diferentes a los miles de muertos que dejó el Caracazo, y las posiciones que, al interior de las FFAA venezolanas, se irían a abrir paso de allí en adelante.

Este reconstruido “protagonismo militar” durante el gobierno de M. Temer debe ser observado con mayor atención, singularidad y preocupación, sobre todo por las implicancias que puede llegar a tener de aquí en adelante y en función de qué lugar ocupará en la dialéctica democrática brasileña. En primer lugar, porque desde la intervención decretada para el Estado de Río de Janeiro este año, hay una convocatoria para que la autoridad militar suplante a la institucionalidad civil (es cierto, en ese caso, para el ámbito de la seguridad pública, lo que no deja de tener efectos simbólicos más genéricos). En segundo lugar, porque hay una expresividad pública por parte de los militares, desde el comandante del Ejército hasta oficiales de menor rango, que versan sobre variados temas, a contramano de lo que supone la verticalidad de mando y voz de una institución corporativa como las FFAA. Las fuerzas militares no retroceden en su presencia sino que, al contrario, cada vez se extienden más, y el paro de los camioneros ha llevado esta circunstancia a su más pleno desarrollo. Finalmente, hay que puntualizar que este “protagonismo” también se traslada a las referencias y a los lenguajes circulantes, en acople con una fascistización social y política cuya expresión más clara es el andar, todavía solvente, de la candidatura de Jair Bolsonaro.

 

Escenarios pre-electorales: el momento Ciro Gomes

 

En la última medición de Ipsos (mayo/2018) el único pre-candidato que creció, en comparación con marzo, fue Ciro Gomes. En un escenario sin Lula, Ciro llega a un 9% según las encuestas de este mes de Datafolha y MDA -un valor cercano a los resultados que obtuvo las veces que se presentó como candidato, en 1998 y 2002-.

Hay una particularidad en el escenario pre-electoral brasileño que puede ser determinante para el curso de los acontecimientos, y que se vincula a los efectos de los reacomodamientos en curso del bloque económico. La polarización de las opciones políticas no siempre está organizada entre izquierda/derecha: en este 2018 está moldeada –como lo señalan diversos estudios cualitativos- por un expandido “desencanto ciudadano”, consecuencia de las derivas del gobierno Temer y clave respecto de las proyectadas “motivaciones del voto”. A diferencia de otros contextos de competencia, como las presidenciales de 1989 (donde había un abanico bastante amplio de candidaturas, similar al actual) o el 2002 (cuando venció Lula, en una elección de coaliciones, pero signada por la misma idea de “cambio” de 1989), por el momento el “desencanto” hace muy desagregada la competencia: ni M. Silva (REDE), ni J. Bolsonaro (PSL), ni H. Meirelles (MDB), ni G. Boulos (PSOL), ni M. D`Avila (PCdoB), ni G. Alckmin (PSDB), ni el mencionado C. Gomes (PDT) superan más de un 15%, según Datafolha.

Esto genera un incentivo para que las diversas alianzas se busquen antes del primer turno y no después, siendo que nadie tiene asegurado su propio caudal y ni puede jugarse a quedarse sin nada. De allí los movimientos permanentes entre los partidos, las reuniones y también las coaliciones distritales que se diseñan (cabe tener en cuenta que los incentivos a juntarse van más allá de la exclusiva figura presidencial al haber elecciones también para gobernadores y parlamentarios federales).

Es momento de todo tipo de posibilidades, de acuerdo con una coyuntura tan convulsionada como la actual, en la que la legitimidad política de las decisiones se encuentra a merced de cualquier posibilidad. Esta es la razón de las conversaciones de C. Gomes con sectores conservadores, como el DEM, o las iniciativas de cisma en el propio MDB -como los planteos que lleva adelante R. Requiao-; o la apuesta política arriesgada del Partido dos Trabalhadores de asegurar hasta el final la inexistencia de un Plan B que no sea la candidatura de Lula. Ello acarrearía la posibilidad de quedar por fuera de todas las alianzas y sin presencia política en la contienda presidencial, hecho que sería inédito desde su fundación como partido e implicaría una ausencia significativa para el sistema político en su conjunto.

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires.

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