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Ecuador prácticamente no ha atravesado una crisis severa de balanza de pagos desde que se produjo el feriado bancario en 1999, la crisis que condujo a la pérdida de la soberanía monetaria. Hasta la actual crisis petrolera, la dolarización no tuvo que sortear ningún desafío relevante, lo que le permitió ganar confianza y aprecio en la población. El debate respecto a la dolarización ha sido prácticamente nulo en Ecuador y sigue siéndolo a pesar de que en 2015, con la caída de los ingresos petroleros, el desafío llegó.

El primer aspecto que llama la atención, es el autismo del debate económico. Por un lado, todos parecen creer que por ser un país dolarizado Ecuador no tiene un problema de restricción externa como cualquier país desarrollado. Por otro lado, la prensa conservadora ha conseguido implantar en la población la percepción generalizada de que si hay algo que amenaza la dolarización, es el gobierno.

El objetivo de esta nota es precisamente contribuir a la idea de Ecuador no está libre del problema de la restricción externa y que la dolarización correría riesgos aún si volviésemos a la edad de piedra y no existiese el gobierno.

Ecuador, como cualquier país en desarrollo tiene un problema de restricción externa, es decir, escasez de dólares para financiar la demanda de divisas para importar, servir compromisos externos y ahorrar. A medida que un país en desarrollo crece, también aumenta la demanda de dólares por estos motivos señalados, por lo que tarde o temprano, la economía enfrentará un problema de escasez de divisas que puede solucionarse gradual o abruptamente con una devaluación. El debate es tan flaco como la profundidad de las propuestas de los economistas ortodoxos. En general, proponen recurrir a la salida exportadora, como si de un día para otro Ecuador pudiese transformarse en Corea  del Sur, recurrir al ingreso de capitales externos, como si estos fondos y las utilidades generadas no debiesen devolverse nunca. La más lamentable de todas las propuestas ortodoxas es una alternativa que podríamos calificar como la política del “sangrado”, una práctica médica medieval que se aplicaba en la edad media para bajar la fiebre (que casi siempre conducía a la muerte del paciente). En efecto, proponen “descartar modelos orientados hacia la sustitución de importaciones y el énfasis en el mercado interno”, es decir, que el país deje de aspirar a ser un país desarrollado con un mercado interno fuerte (véase el Comunicado de veinte economistas ecuatorianos para enfrentar la crisis), es decir, hay que matar al paciente para defender la dolarización. En síntesis, la restricción externa es un problema para Ecuador como para cualquier país en desarrollo del mundo, como lo fue para Corea del Sur, China o Japón, que adoptaron estrictas políticas de administración de las divisas.

Si la restricción externa es inevitable, la pregunta inminente es la siguiente: ¿es compatible la dolarización con un déficit persistente de la cuenta corriente?.

Respecto al segundo “consenso” implantado en la población, debe recordarse que cuando Ecuador aplicó modelos de Estado mínimo, esto es, durante casi toda su historia, tuvo problemas de restricción externa y crisis de balanza de pagos. La existencia del Estado no tiene la culpa de la restricción externa sino todo lo contrario. Sin la capacidad de reacción del Estado ecuatoriano, la restricción externa ya habría acabado con la dolarización. Respuestas de política como las salvaguardias (que encarecen las importaciones), el Impuesto a la salida de divisas y muchas otras iniciativas, sin duda han logrado la supervivencia de la dolarización.

Por otro lado, es necesario desmontar el mito de que con dolarización se elimina el problema de la restricción externa, ya que por el contrario, la dolarización tiende a agudizarlo. Esto es así por dos motivos. Por un lado, porque con dolarización es difícil contar con una salida exportadora porque toda dolarización compromete la competitividad del país dolarizado ya que la economía tiende a apreciarse, es decir, a hacerse más cara. Ecuador tiene baja inflación pero acumula permanentemente un diferencial respecto a EEUU lo que significa que a lo largo de los años es menos competitivo con respecto a EEUU y el mundo. Quizás este encarecimiento no sea un problema para una economía productiva como la alemana o la de coreana de 2016, pero sin duda es un problema grave para un país como Ecuador o la Corea del Sur de 1970 (cuando empezó a desarrollarse). Desde el inicio de la dolarización los precios en nuestro país han aumentado un 130% más que en EEUU y desde el 2007 un 30%. Este es un resultado inevitable también, porque, a igualdad de condiciones, los países pequeños siempre tienen una mayor inflación, incluso si son economías abiertas. El segundo motivo, es que al no tener soberanía monetaria, Ecuador no puede aplicar devaluaciones competitivas para desacelerar las importaciones.

El talón de Aquiles de la dolarización es la restricción externa. Algunos podrán argumentar que la dolarización correría menos riesgos si el Estado desapareciese. Es cierto. Pero para ser justos, también podría argumentarse que correría mucho menos riesgos si los salarios y el poder adquisitivo de los trabajadores estuviesen por debajo del nivel de supervivencia, si desapareciesen las importaciones de bienes de lujo que inundan las góndolas y tiendan. En efecto, sin sector público, sin sector privado, sin consumidores, sin salarios, sin crecimiento, en definitiva, sin Ecuador, la dolarización no correría ningún riesgo. La oposición acusa al gobierno de poner en riesgo la dolarización, omitiendo todo lo relevante. Su contribución al debate serio muestra su responsabilidad con Ecuador.

Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Autónoma de Barcelona.

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