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La economía argentina desde 2011 comenzó a mostrar dificultades para sostener sus niveles de consumo y actividad sin perder reservas del Banco Central. El regreso de la restricción externa (faltante de dólares) fue clave para explicar las dificultades para sostener el ritmo de expansión de la economía y evitar altibajos de la producción. Las medidas que se tomaron para paliar la situación fueron de manual, y se las puede clasificar en dos períodos: (a) regulaciones de capital hasta 2015 y (b) apertura irrestricta con endeudamiento acelerado hasta 2018. No hubo puntos medios. Las reglas de juego a partir de este año cambiaron. La deuda ya no alcanza para cerrar las cuentas externas. ¿Qué otras estrategias hay a disposición?

La etapa de las regulaciones

Desde 2011 y hasta finales de 2015, se avanzó en un esquema de prueba y error para intentar frenar la salida de divisas de la economía en base a regulaciones sobre los flujos. Se aplicaron a lo largo del período, en mayor o menor magnitud, límites cuantitativos a la demanda de divisas para la importación (maquinaria, insumos y bienes finales), atesoramiento privado (ahorro) y turismo.

Esos frentes son los principales canales de fuga de dólares para la economía argentina. Las medidas permitieron sostener cierta estabilidad en los niveles de empleo y consumo pero no permitieron continuar el proceso de crecimiento. La aparición de un tipo de cambio paralelo y mayores presiones de precios fueron una consecuencia de los controles.

La desregulación con “canilla libre” para la deuda

Desde 2016 (y hasta principios de 2018) las medidas fueron exactamente opuestas respecto del período anterior. Se avanzó en la desregulación de la cuenta capital y de la cuenta corriente, con la liberalización completa para la compra de dólares para ahorro y turismo, y con la apertura casi completa para el ingreso de importaciones.

La estrategia para evitar el desplome de las reservas fue acelerar la colocación de deuda en el mercado internacional. El Gobierno, en menos de 2 años, consiguió más de 80 mil millones de deuda externa.

Si bien la dependencia generada por esta política para los próximos años es notable, el resultado de la política económica no fue muy distinto del conseguido con la estrategia de controles cambiarios. Se mantuvieron el nivel de actividad y el nivel de divisas del Banco Central.

La situación de los últimos 6 meses, no obstante, vuelve necesario repensar el panorama y la perspectiva de la política económica.

Es el momento de los grises

La corrida cambiaria desatada a principios de este año dejó varias cosas claras. La primera es que la propuesta de libre apertura a los flujos de capitales con un programa de endeudamiento no tiene espacio para seguir. La estrategia fue un fracaso y los problemas generados impiden que pueda sostenerse en el mediano plazo:

  • El mercado internacional dejó de prestarle al país.
  • Los dólares del Fondo Monetario son limitados.
  • Los inversores no confían en la capacidad de repago de la deuda.

El segundo elemento concreto es que se hizo evidente la necesidad de elaborar otro esquema para cerrar el desequilibrio externo. Desde abril se apagó un incendio, el de la corrida cambiaria. Pero en la segunda mitad de 2018 deberá definirse cómo sigue la política económica.

¿Qué estrategias pueden aplicarse en Argentina?

La macro no esconde misterios, e intentar enfrentar la tensión de la restricción externa ahora requiere, principalmente, decidir entre dos propuestas: (a) ajustar los precios relativos en forma violenta y (b) incorporar nuevos mecanismos para controlar los flujos de capitales.

El ajuste de los precios relativos implica una fuerte devaluación para reducir el salario en dólares y real de la economía, permitiendo achicar las cantidades de divisas demandadas sin sacrificar la apertura irrestricta. Bajan las importaciones, la compra de dólares para atesoramiento y para turismo porque la población pierde capacidad de consumo.

El país ya lo probó en 2002. La megadevaluación de ese año permitió registrar un superávit comercial de 16.000 millones de dólares, contra el déficit anotado en 1998 de casi 5.000 millones de dólares. La estrategia no fue gratuita: la baja de la actividad económica fue superior al 10 por ciento, mientras que la tasa de desocupación se ubicó por encima del 20.

La segunda propuesta implica volver a regular el flujo de los capitales, es decir, controlar la cantidad de dólares comprada por ahorro, turismo, importaciones e incluir nuevos impuestos a las exportaciones.

Por supuesto, esta medida no puede hacerse aislada sino que se requiere el ingreso de nueva deuda externa para limitar el efecto inflacionario de los controles y la aparición de un dólar paralelo.

La regulación garantiza el repago de esta deuda y permitiría reabrir la canilla del endeudamiento. La situación parece paradójica, pero hoy los inversores del mundo no se fijan ni en el déficit fiscal ni en las prácticas pro mercado de la economía argentina.

La principal preocupación es que la apertura actual hace imposible de sostener un nivel de reservas internacionales adecuado para garantizar el cumplimiento normal de los vencimientos de deuda.

La dolarización: una estrategia outsider pero no imposible

El ajuste violento de los precios relativos (para mantener la libre apertura a los capitales sin necesidad de endeudamiento) y la apuesta por el control de la cuenta capital con nueva salida a los mercados de deuda son algunas de las ideas que más suenan en la “city” porteña. Pero no son las únicas que llegan a manos de los funcionarios de turno.

En los últimos cuatro meses, ante la inestabilidad monetaria y la fuerte corrida cambiaria, volvió a plantearse la idea de dolarización. La Argentina fue una precursora de la región en este rubro. Aplicó el programa de la convertibilidad en los ‘90 que terminó con el estallido económico y social más importante de la historia del país, a finales de 2001.

La revista Forbes publicó un artículo del economista Steve Hanke, de la Universidad de Johns Hopkins, en la que se plantea una de estas alternativas para avanzar en la propuesta de eliminar el peso. Hanke participó, a principio de los noventa, en las propuestas iniciales que luego, con matices, se transformaron en la convertibilidad. Y ahora vuelve a la carga planteando que la única solución para la Argentina es eliminar su Banco Central y armar un esquema de tipo caja de conversión.

Los intereses sorpresa

La propuesta puede parecer inviable o fuera de timing, pero en la Argentina la principal lección es que no debe descartarse nada. Resulta obligatorio prestarle atención suficiente a este tipo de advertencias.

Una simple anécdota es suficiente para entenderlo. El fondo de inversión Templeton tiene un importante poder de lobby en el país. Este fondo, junto con BlackRock, fue uno de los que ingresó dólares a la economía en el medio de la corrida cambiaria. Funcionó de bombero en medio del caos, y los favores antes o después se pagan.

El jefe de mercados emergentes de Templeton en 2001 no se quedó en silencio ante los problemas económicos. La propuesta para terminar con la crisis del país fue simple: salir de la convertibilidad y, directamente, dolarizar la economía: “La dolarización es la mejor solución. Esto último sería espectacular para crear una nueva atmósfera alrededor del país”.

La experiencia de Ecuador indica que, ante momentos de incertidumbre, este tipo de medidas se aplican sin explicaciones y sin posibilidad de retorno. En enero del 2000, el presidente ecuatoriano Jamil Mahuad habló por cadena nacional para anunciar que al día siguiente el país iba a adoptar el dólar como moneda oficial. Hanke, el mismo que ahora escribe en Forbes, fue uno de los economistas más activos en promocionar la medida.

 

 

 

 

 

 

 

 

Licenciado en Economía por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Desarrollo Económico en la Universidad Nacional de San Martín

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