Formación historico-política de Brasil

Al margen de los cuatro rasgos característicos que se presentan a continuación, hay una interpretación reiterada dentro de la sociología política brasileña que ha sido desarrollada en diversos autores: la idea de Brasil como “brasiles”, esto es, varios países dentro de un mismo territorio. Por eso, desde el punto de vista comparativo de los sincretismos latinoamericanos, el de Brasil es un caso que ha sido colocado en un lugar destacado dentro de la teoría de los “crisoles”, con destaque para los innumerables análisis sobre sus elementos cohesionantes de identidad nacional, sean simbólicos (como el lenguaje musical) o materiales (como la televisión, y el lugar social a la que fue incorporada). Sin embargo, en los últimos años -y más allá de Bolsonaro- hay un sentido confuso de nacionalización/desnacionalización que todavía no está tan claro, pero que hace también a una desorganización de los elementos “articuladores” históricos.

Regionalismos fuertes

Brasil es una república federal (26 estados y un Distrito Federal que tiene estatuto de Estado); no hay regiones autónomas. El federalismo no se formó de abajo hacia arriba, como el caso de EE. UU.; por el contrario, sus estados fueron diseñados desde las administraciones durante la Colonia, el Imperio y los períodos republicanos. Los diferentes estados fueron asumiendo sus perfiles y ganando protagonismo a medida que se consolidaban como lugares de determinados ciclos económicos (el oro, la caña de azúcar, el café, la producción agropecuaria, la industria, los servicios). Esto explica también que Bahía haya sido capital, luego Rio de Janeiro y actualmente Brasilia; ello sin considerar que San Pablo es la principal ciudad y “capital real”,   Porto Alegre la “capital de la resistencia” (ante el golpe del ’64), y Manaus o Belo Horizonte ciudades (estados) claves.

Hay 5 regiones diferenciables (sin estatuto jurídico): Región Sudeste (42,06% de la población), Región Nordeste (27,16%), Región Sur (14,26%), Región Norte (8,77%) y Región Centro-Oeste (7,76%). A grandes rasgos, la divisoria tradicional de los últimos 80 años ha sido Norte y Nordeste pobres/Sudeste y Sur ricos: de los primeros hacia los segundos se han producido los principales movimientos migratorios internos, hacia las ciudades del Sur/Sudeste (San Pablo, Santos, Riberao Preto, Rio, Porto Alegre, Curitiba, Florianópolis, etc). Si bien la “hegemonía paulista” fue consolidándose de manera económicamente más intensa con la última dictadura, sólo va a consagrar esa preponderancia en términos políticos a partir de los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso (1994-2002) y los de Lula (2002-2010). A partir de los gobiernos de Lula se dibuja un mapa electoral más claro: Nordeste “lulista” y Sudeste “opositor”.

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Los regionalismos se mantienen con Bolsonaro, con confirmaciones y cambios. Los estados del Nordeste (9) conformaron un “Consorcio” (una entidad formal pero sin rango institucional/constitucional, con fines de ayuda al desarrollo regional, marcando una posición frente al “desaire” que le proponía Bolsonario) que en pandemia ensayaron formas de asistencia colectiva, por ejemplo, con compras conjuntas a China. El Sudeste, fuertemente bolsonarista en la última elección, ha sido el más afectado económicamente por la pandemia, ánimo observado por los gobernadores que han tomado distancia del presidente.

Como parte de un panorama de sectores económicos en recomposición (desde el golpe a Dilma), habrá que empezar a ver la región Centro-Oeste (los estados de Mato Grosso do Sul y Goiás, por ejemplo) donde el agronegocio (de alta tecnología) ha crecido fuertemente en los últimos años generando el empodreamiento de los exportadores (que son los únicos beneficiados en la pandemia, lo que también desincentiva la actual participación brasileña en el Mercosur, dado que las exportaciones son hacia fuera del bloque) en detrimento de los industriales. Ello ha generado no sólo una recomposición de sectores burgueses, sino también regionales.

Ideologías: la supervivencia del autoritarismo de derecha

El término “coronelismo” ha sido muy utilizado para describir las formas tradicionales de “clientelismo”/”populismo”/”autoritarismo” en las matrices políticas brasileñas. Sobre todo para referenciar a los “coroneis” de cada región; son modalidades del mandonismo latinoamericano, como el gamonalismo o la oligarquía rioplatense, constitutivo de las formas políticas brasileñas. Esto es compatible con una noción politológica que identifica al sistema político brasileño (por lo menos hasta la llegada del PT) como un “sistema sin partidos”, o con partidos construidos alrededor de una persona. Ello compatibiliza con un carácter autoritario para la política en general, en sintonía con una formación económico-social característicamente desigual.

Este carácter autoritario (que tuvo unas de las dictaduras más extensas del continente para expandirse) tuvo que ir progresivamente adaptándose a la consolidación de la democracia como visión del mundo, que llega a su momento más universal durante los gobiernos del PT. Pero eso no significa que no se tenga en cuenta esa raíz autoritaria, sobre la cual se estructura la división izquierda/derecha, o el clivaje de trabalhismo (laborismo)/conservadurismo (durante la época de Vargas), y más recientemente “lulismo”/”antilulismo”. Así, el polo de izquierda acumula los significados democrático/trabalhista/lulista y el polo de derecha autoritarismo/conservadurismo/antilulismo. También hubo momentos históricos en los que se dan opciones intermedias y transicionales (con la introducción del liberalismo/neoliberalismo como opción) concentrando centrípetamente la competencia política en una zona “democrático/liberal/neoliberal” (con Fernando Herique Cardoso -PSDB-). Con Lula, y sobre todo con Dilma, volvió a “polarizarse” la competencia política en los dos extremos, cuestión que Bolsonaro logró aprovechar.

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Bolsonaro ayudó a que se desinflara esa referencia “centro/derecha/ liberal/neoliberal, representada por el PSDB. Al suceder esto retrocede la democracia/democratización como principio, volviendo a reposicionar la cuestión autoritaria, ahora con un centro/derecha/conservador/antilulista más expandido. Esto sucedió con la interferencia de Michel Temer en el Gobierno; esa es la disminución del peso social de la izquierda/democracia/lulismo o liberalismo. Este polo se ha reducido, así como su capacidad de contaminar al resto del sistema. Por eso Fernando Haddad, en la elección del 2018 intentó ir hacia el centro (luego fue hacia la izquierda en el final, durante la campaña) y Bolsonaro no tuvo más que pararse en un polo que se había expandido, sin moverse de allí: de la derecha conservadora/derecha autoritaria/extrema derecha. Hoy en día el mapa no se ha modificado: Bolsonaro sigue ocupando ese lugar (aunque ha perdido estimación personal o de su Gobierno, no se sabe muy bien si ese espacio se ha reducido) y con algunas medidas (como el seguro emergencial durante la pandemia) trata de establecer un acercamiento a sectores populares, lo que también puede traer algunas alteraciones al cuadro ideológico.

Religiosidad y valores predominantes

Brasil es todavía el país más católico del mundo. Sin embargo, los cálculos indican que aproximadamente en el 2040 los evangélicos (sumadas las diferentes iglesias) serán la principal opción religiosa en el país. El catolicismo debe su extensión, también, a su adaptación combinada sobre un variado abanico de religiosidades populares de diferentes raíces étnicas, culturales o regionales. El catolicismo tuvo en los años ’20 grupos integralistas muy importantes –confundidos con las opciones vernáculas fascistas y nazis- pero, aunque el recorrido no es lineal, hubo un importante sector de la Iglesia Católica que tuvo una actuación muy meritoria frente a la última dictadura militar –sobre todo en San Pablo y en las barriadas pobres del país– lo que le valió un acercamiento a la propia formación del PT en 1980. Con el paso de las décadas esa veta progresista se fue desdibujando y, al momento de llegar Lula a la Presidencia, hubo algunos cruces discursivos con algunas autoridades eclesiásticas. En líneas generales, este catolicismo ha servido para amalgamar ese autoritarismo mandonista en un extendido “conservdurismo popular”, que marcaría el perfil de los principales liderazgos políticos –incluso presente en Lula; claramente no tanto en Dilma-.

Este universo simbólico comenzó a ser disputado por uno más flexible, de impronta más aspiracional, materialista y autocentrado, propio de las iglesias evangélicas, que adaptaron rápidamente los formatos de difusión a las tecnologías existentes (justo en el momento en el que el catolicismo realizaba una retracción ideológica). El período de fuerte crecimiento económico (2004-2010) fue acompañado por reposicionamiento religioso (lo que debería llamar la atención, porque en otros períodos ha sido al revés), y sobre todo por una opción más adaptada a las nuevas vicisitudes de la expansión capitalista (periférica) en curso, relanzando otros valores que los del ciclo del “milagro brasileño” de los 50-60-70. Estos valores son el hacer desde uno (emprendedorismo), el vínculo con el todo social desde la desconfianza y la desresponsabilización -lo que supone la incorporación de las instituciones bancarias a la vida cotidiana-, la valoración del mundo íntimo o doméstico, el consumo como método de incorporación a nuevas conductas, etc. Todos estos valores modificaron el imaginario social (sobre todo en las grandes ciudades) de forma muy acelerada: ya a partir del 2010 se empiezan a registrar algunos cambios asociativos importantes, pero será luego de “las jornadas de junio del 2013” que “florecen” todo tipo de nuevas sociabilidades.

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Mucho se discute sobre cuán verticales son las iglesias evangélicas en las conductas políticas colectivas; y parece que es bastante. Por eso, para Bolsonaro esa alianza es uno de sus pilares más importantes: ha posicionado a sus medios de comunicación, como TV Record o el sitio de noticias R7, a un lugar gravitante en el mercado; defendió la apertura de las iglesias en la cuarentena; ha otorgado diversas ayudas y licencias a los grupos evangélicos en general. Los evangélicos son, también, los principales organizadores territoriales del nuevo partido que está formando Bolsonaro “Alianza Pelo Brasil”; seguramente allí tendrán un rol más explícito, incluso más del que ya tienen (y que es alto, por ejemplo, en el Congreso, con bancada propia). Además, Bolsonaro les ha prometido un lugar en la Corte Suprema de Justicia, ese mismo que le negó al renunciado exministro Moro.

Algunos valores y perspectivas evangélicas son compatibles con la mirada autoritaria del mundo social de Bolsonaro: desde el relegar la explicación científica, el desprecio por las reivindicaciones minoritarias o la desmonopolización estatal en el uso de la fuerza física legítima. En el plano religioso, Israel también se ha convertido en un aliado geopolítico destacado, con todo tipo de asistencias.

Régimen político: un presidencialismo de coalición 

Brasil es el país presidencialista más parlamentario de América Latina. No sólo porque por un breve período de tiempo asumió esta forma de gobierno (1961-1963), sino porque el Congreso ha sido un actor clave en la vida política brasileña -sobre todo como un elemento reactivo- bajo la caracterización de “un Poder Ejecutivo modernizante, un Poder Legislativo conservador”. El Congreso funcionó, incluso, durante buena parte de la última dictadura.

A la vuelta de la democracia, por la reconfiguración partidaria organizada a partir de entonces, el Congreso pasa a tomar una definición muy particular, propia de un multipartidismo desorganizado. Incluso se llegó a clasificar al sistema político brasileño como un “subdesarrollo partidario”, por la alta fragmentación y la escasa fidelidad partidaria, salvo los partidos ubicados más a la izquierda, como el PT. Luego del juicio político a Collor de Mello (1992) la dinámica de funcionamiento del sistema político comenzaría a mostrar una singular dinámica: el llamado “presidencialismo de coalición”: el Poder Ejecutivo pasó a conformarse según los partidos que tuvieran representación en el Congreso y que sirvieran para “blindar” de investigaciones y juicios al presidente, como ocurrió con Collor de Mello. El respaldo en el Parlamento era cobrado con puestos en los ministerios y cargos en general. Durante los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso fue creciendo el peso del PMDB (hoy MDB) como partido de la gobernabilidad, a puro chantaje; este rol también lo cumplió el PFL (hoy DEM) que “colocó” el vicepresidente en ambos mandatos de Cardoso. El miedo al juicio político (luego del caso Collor de Mello) funcionó como elemento constitutivo de la dinámica del sistema.

Eso fue lo que llevó a Lula –que en principio fue electo sin el apoyo masivo del PMDB- a considerar aceptar este “presidencialismo de coalición” luego del escándalo del “Mensalao” (2005-2006). Ya los mandatos de Dilma incorporaron al PMDB a la coalición de gobierno, en la figura del vicepresidente (Michel Temer). El juicio político de Dilma termina el péndulo comenzado con Collor: tener dentro del Poder Ejecutivo al principal partido del Congreso ya no serviría de nada, siendo que fue justamente desde allí que vino el golpe. Con una curiosidad adicional: los principales articuladores del PMDB que estuvieron detrás del juicio político a Dilma terminaron presos (hasta Temer estuvo preso por unos días). Uno de los elementos necesarios para este comportamiento “faccioso” del Congreso es la cualidad personal de los parlamentarios, que es bajísimo.

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Bolsonaro fue un miembro activo en el Congreso a favor del golpe a Dilma. Insistió durante su campaña electoral en que no “lotearía” su futuro Gobierno (ese fue su principal discurso “antipolítico” durante la campaña, que le rindió frutos). Pero el “relleno” ministerial lo realizó con los militares (aproximadamente 3.000 en todo el Estado y 9 ministros en el Gabinete), quienes le aseguran “gobernabilidad” desde otro lugar. Además de que Bolsonaro supo conjugar lo electoral con lo político (y estar en permanente campaña, rediseñando los “tiempos políticos”) en el último mes de junio 2020, y frente a los más de 40 pedidos de juicio político en su contra, ha comenzado a “negociar” a la vieja usanza, de manera descarada: fueron públicos los millones de reales y cargos en empresas estatales, que ha repartido con grupos parlamentarios (quiere negociar con el bloque parlamentario más grande denominado “centrao” que, a su vez, sabe que le conviene negociar por separado) para mantener el respaldo en el Congreso.

En ese sentido, el presidencialismo de coalición ha vuelto (negocian con Bolsonaro los mismos que lo habían hecho con Cardoso y con Lula) pero con un elemento adicional, que fue clave al momento de Collor de Mello o Dilma: los tres principales vehículos de comunicación (OGlobo, Estado de Sao Paulo y Folha de Sao Paulo) son abiertamente contrarios a Bolsonaro, lo que puede condicionar el “clima” y las mentes de los diputados desde otro lugar.

 

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Amílcar Salas Oroño

Dr. en Ciencias Sociales (UBA) (Argentina)

Amílcar Salas Oroño es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA), magister en Ciencia Política por la Universidad de São Paulo (USP) y licenciado en Ciencia Política por la UBA. Es profesor en varias universidades nacionales de Argentina, tanto en grado como en posgrado. Se desempeña…