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A inicios del 2019, la Cumbre de Lima y la gira del secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, por América Latina (y como antesala del acto de toma de posesión de Nicolás Maduro en Venezuela), parecen mostrar parte del rumbo que tomará la diplomacia regional. La fuerte alianza de un Gobierno, como el de Jair Bolsonaro con Donald Trump, despiertan las voces de alerta debido a sus inclinaciones político-ideológicas pero, sobre todo, en cuanto al potencial belicista de ambos. No obstante, hay algo que se pierde en los análisis que hacemos desde América Latina: el Gobierno de Trump es el más inestable de EE. UU. desde la administración de Richard Nixon, a principios de los ’70. El impacto en la política nacional provocado por la crisis migratoria en la frontera con México es un indicador más de la ingobernabilidad de Trump.

Con el Gobierno de Trump se ha visibilizado la polarización social, económica y política de la sociedad estadounidense, y también las tensiones entre la Casa Blanca y el Deep State, en particular, en asuntos de política exterior (mostrando como nunca la existencia de ese grupo selecto, que nadie eligió por las urnas, pero que maneja desde las sombras las decisiones en cuanto a relaciones exteriores). Con Trump estalla la disputa al interior de los partidos tradicionales: los republicanos se debaten entre ser fieles al establishment de su partido o inclinarse hacia la política suis-generis del espectáculo de Donald Trump (¡que hace ganar elecciones!); los demócratas parecen salir a la superficie (luego del hundimiento provocado por la derrota de Hillary Clinton en las elecciones de 2016) reclamando un lugar para políticas de corte bienestarista o incluso socialistas, de la mano de nuevos líderes y lideresas (que se autoproclaman a la izquierda del establishment demócrata).

El Gabinete de Trump es el menos estable de la historia reciente del país, con más de treinta cambios en puestos clave. La comunidad internacional muestra un “rechazo” a Trump y éste se enfrenta a los íconos del sistema internacional de posguerra (OTAN, ONU) y del globalismo post-Guerra Fría. Los desafía amenazando con volver al proteccionismo, a una suerte de “aislacionismo” que busca cerrar a EE. UU. para el resto del mundo –pero que necesita del resto del mundo como mercado, como fuente de recursos estratégicos y como escenario bélico-. Desde su asunción flota en el aire la posibilidad de impeachment por la supuesta injerencia rusa en los comicios, posibilidad que ha sido renovada mediante proyectos de ley de la Cámara Baja, con mayoría demócrata desde noviembre[1]. Además, varios de sus colaboradores están siendo investigados por corrupción.

Todas estas características muestran, por un lado, la inestabilidad del Gobierno de Trump, las falencias de la democracia de EE. UU. (democracia liberal por excelencia, “modelo” de las democracias de América Latina) y las tensiones y asperezas de la política estadounidense, que permanecían bastante ocultas por la doble moral de los demócratas (Hillary Clinton y Barack Obama) y la permanente atención puesta en el “enemigo externo”, propiciada por los republicanos (Bush padre e hijo). Esta inestabilidad, por definición, debilita la gobernabilidad de EE. UU., concepto precisamente acuñado por think tanks-Gobierno estadounidense (naturalmente retomado por la comunidad internacional) para evaluar/calificar a los países “en desarrollo”. A su vez, la inestabilidad o falta de gobernanza fue calificada por la Comisión Trilateral (otro organismo creado por EE. UU.), como uno de los factores de inseguridad que habría que enfrentar en el nuevo orden post-Guerra Fría. Lo curioso es que estos males parecen germinar y expandirse también en la primera economía del mundo, con el complejo industrial militar más desarrollado.

Así, el Gobierno estadounidense comienza a parecerse a esos gobiernos “de países en desarrollo”, del “patio trasero”, inestables, polarizados, corruptos, según fueron calificados ad infnitum por el sector público-privado estadounidense. Y la ola conservadora en América Latina celebra sus alianzas con un Gobierno inestable y un presidente al borde del impeachment. La incertidumbre de lo que pueda suceder debe mantenernos alerta ante cualquier ocurrencia de Trump o de John Bolton, su asesor número uno en seguridad, desoyendo al propio Pentágono, de librar un enfrentamiento directo contra Venezuela, en alianza con Brasil y Colombia (por ejemplo).

Pero también debemos estar alerta ante la exagerada alusión a un inevitable impeachment. Durante el Watergate, se reunieron todas las pruebas y voluntades políticas para realizar un impeachment contra Nixon. Pero eso no sucedió porque un grupo de abogados republicanos se reunieron con el presidente y lo conminaron a renunciar “para salvar la democracia” (para que no quedara totalmente en evidencia la corrupción rampante en la política estadounidense). Nixon renunció. También se intentó un impeachment contra Clinton debido al caso Lewinsky. No prosperó. De modo que no se trata únicamente de tener los votos o la voluntad en el Congreso. Que un presidente de EE. UU. deje su cargo por un impeachment puede ser caro para el sistema político estadounidense, arrojando demasiada luz sobre “el modo en que funcionan las cosas” en ese país (elitismo, corrupción, etc.). Un país que se arroga a sí mismo el título de democracia liberal ejemplar. Es preferible poner el foco en el “abuso a los derechos humanos” y el “autoritarismo” en Venezuela.  Claro está.

 

[1] https://www.celag.org/escenarios-perspectivas-ee-uu-america-latina/