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La palabra democracia es de origen griego. Actualmente, la entendemos como “demos” (pueblo) y “cracia” (gobierno).  Sin embargo, en la antigua Grecia la palabra Demos tenía un significado sustantivamente distinto: “pueblo pobre”, o sea, no todo el pueblo. Se entiende que era  el gobierno del pueblo pobre y no de los ricos.  Los ricos ya tenían suficiente poder basado en la riqueza; el gobierno a cargo de los pobres lo contrabalanceaba.

En ese sentido, la democracia es otro instrumento diseñado por el ser humano que permite distribuir más el poder.

Y, a grandes rasgos, puede decirse que una de las direcciones que guía la historia de la humanidad es el conflicto por la distribución del poder entre clases sociales. Este conflicto es dialéctico, implica avances y retrocesos institucionales. La Revolución Francesa fue uno de sus avances más relevantes, igual que la prensa y el periodismo, mientras que, por el contrario, la concentración de los medios de comunicación y la cooptación del establishment en instituciones como el poder judicial o la banca central (“independiente”), son retrocesos.

La democracia ha sido uno de los avances más relevantes, al punto que hoy nos parece absolutamente natural que ningún Rey pueda forzarnos a nada. No aceptamos la monarquía porque nos parece injusto que el poder se pase de padres a hijos en forma hereditaria.

Así como en nuestros días nos parece absolutamente “natural” que el poder político no se pase de padres a hijos y por eso rechazamos el sistema Monárquico, dentro de poco, nos va a parecer igualmente “natural” que el poder económico no se pase de padres a hijos en forma hereditaria.

El impuesto a la Herencia es un instrumento fiscal, como el impuesto al alcohol, que procura cambiar una conducta social indeseada. Un impuesto a la herencia, tiene el mismo propósito. No tiene un efecto recaudatorio significativo, su efecto se dilata en el tiempo porque lo que pretende es cambiar un trastorno social que es el que provoca la concentración de riqueza.

Las democracias progresistas de América Latina deberían recuperar del cajón del olvido al impuesto a la herencia, haciéndolo efectivo y significativo, emulando la iniciativa que ha tenido el gobierno de Ecuador. Porque el impuesto a la herencia es un instrumento más al servicio del reparto del poder, al servicio de una verdadera democracia. Es un instrumento más para evitar que el poder se concentre en pocas manos y, de la misma forma que a un Americano medio le parece absurdo y hasta retrasado que algunos países sostengan monarcas y séquitos, en el futuro nos parecerá igualmente absurda la existencia de las nuevas monarquías basadas en el poder económico.

Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Autónoma de Barcelona.

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