El pasado domingo 2 de junio, el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) y sus aliados lograron una victoria extraordinaria sobre la coalición del PAN-PRI y PRD.

El pasado domingo 2 de junio, el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) y sus aliados lograron una victoria extraordinaria sobre la coalición del PAN-PRI y PRD. La inédita alianza de los partidos que gobernaron México durante los últimos 100 años hasta la llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), se estrelló de nuevo contra el proyecto de la Cuarta Transformación de México, encarnado esta vez por Claudia Sheinbaum.

A partir de entonces se han sucedido innumerables crónicas tratando de explicar el fenómeno, casi inédito, de un presidente que deja su mandato tras seis años, con más de un 60% de aprobación y convalidando su proyecto político con más de 30 puntos de ventaja sobre la unión de todos sus inmediatos seguidores.

Muchos han querido atribuir la victoria al liderazgo carismático de AMLO, enmarcado en una exitosa política comunicacional dirigida por el coordinador general de Comunicación Social y vocero del Gobierno, Jesús Ramírez. Otros achacan el éxito a políticas, como la de “austeridad republicana”, que ha ejecutado fuertes recortes en gastos suntuarios. Indudablemente, también ha tenido un papel relevante su orientación estratégica, enfocada en “primero los pobres”; una orientación que ha puesto en la mira el principal problema de México: la pobreza. En seis años la población con ingresos inferiores a la línea de pobreza ha caído 6 puntos, del 35% al 29%. Los quintiles inferiores son, además, los que más han mejorado su renta, casi un 10% respecto a 2018. Entre las políticas redistributivas no podemos obviar los fuertes incrementos salariales. En 2019 los salarios mínimos se ubicaban en la zona de la frontera norte en el equivalente a USD 10,5 por día, y en el resto del país en USD 6,1. De acuerdo con la Comisión Nacional de Salarios Mínimos, en 2024 éstos llegaron a USD 22,28 en la frontera norte y a USD 14,7 en el resto del país, un incremento de más del 100%.

Todos estos elementos han contribuido al espectacular resultado de aquel domingo. Sin embargo, no son pocos los gobiernos con liderazgos carismáticos y buenos resultados económicos que han visto cómo sus líderes se erosionaron dentro del cerco opositor. Piénsese en Rafael Correa, en Evo Morales, en Lula da Silva o incluso -en este lado del Atlántico- en Antonio Costas en Portugal o Pedro Sánchez en España.

Quizá el hecho diferencial del proyecto de MORENA estriba en su raigambre histórica. La Cuarta Transformación propuesta por AMLO echó raíces en surcos profundos de la política mexicana, en rasgos políticos e identitarios de la mayoría pueblo de México; rasgos labrados a fuego de guerras y revoluciones en la epidermis de sus 200 años de historia independiente.

Mencionaré aquí solo algunos de estos surcos presentes en la Cuarta Transformación y en las tres grandes transformaciones precedentes de México, la de la independencia, la de Reforma y la de la Revolución Mexicana.

También en la oposición a la Cuarta Transformación reconoceremos los surcos profundos conservadores, aquellos que identifican a quienes otrora se opusieron a la Independencia, a la Reforma o a la Revolución Mexicana (y hoy lo hacen al Gobierno de AMLO).

El primero -y quizá más reseñable de los surcos progresistas- es el que llamaré “Surco republicano”. Este surco tiene su brote más reconocible en la independencia de México. La independencia, por definición, fue un movimiento de corte liberal-republicano, un movimiento que surgió frente a un régimen monárquico y que se sustentó sobre bases republicanas clásicas, desde el sufragio como mecanismo central de la elección de los gobernantes a la extensión de derechos de ciudadanía. No en vano la independencia mexicana vino de la mano del movimiento abolicionista.

El Surco republicano estuvo presente también en las reformas de mediados del siglo XIX. Benito Juárez, un indígena zapoteco, sería en sí mismo un paradigma de la extensión de los derechos de ciudadanía a la mayoría de la población mexicana. Y, como todo proceso histórico que deja impronta, la Reforma se encontró frente a fuerzas reaccionarias tan antirrepublicanas que llegaron a ofrecer a Maximiliano de Habsburgo (austríaco) la corona de México. Del mismo modo, la Revolución Mexicana tuvo como bandera en lo político un reclamo profundamente republicano: la no reelección. En frente se situaban los sectores conservadores del porfiriato, que apostaban por la continuidad de un absolutismo sin corona que ya duraba 27 años en México.

Hoy claramente es MORENA quien mejor encarna este surco republicano que impregna la cultura política mexicana. Y lo encarna porque es el legatario de las luchas en favor del valor del derecho al sufragio electoral de los mexicanos y mexicanas. Fue AMLO -y fue MORENA- quien encarnó las luchas contra los fraudes electorales que atornillaban al poder al neoliberalismo mexicano. Es AMLO y MORENA quienes se sitúan frente al PRI, el partido epítome de una farsa electoral que en México duró casi todo el siglo XX.

De otro lado, otro surco profundo atraviesa la historia mexicana: el surco laicista. Este surco tiene un fuerte componente reactivo que se produce frente a la pulsión conservadora de la élite eclesiástica mexicana, siempre del lado de las élites reaccionarias. El actor principal de esta grieta en la política mexicana fue sin duda Benito Juárez, que entre 1859 y 1860 promulgó las conocidas Leyes de Reforma. El 12 de julio de 1859 se promulgó la Ley de Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos; el 23 del mismo mes la Ley del Matrimonio Civil; el 28, la Ley Orgánica del Registro Civil y la Ley sobre el Estado Civil de las Personas; el 31, el decreto que declaraba que cesaba toda intervención del clero en cementerios y camposantos. El 11 de agosto se reglamentaron los días festivos y se prohibió la asistencia oficial a las funciones de la Iglesia. Un año más tarde, el 4 de diciembre de 1860, se expidió la Ley sobre la libertad de cultos.

Los conservadores, fieles a su surco profundo clerical, reaccionaron tan pronto volvieron al poder. Así, el general Porfirio Díaz ignoró las leyes anticlericales de Juárez y se abocó a fortalecer los lazos del Gobierno mexicano con la Iglesia católica, llegando a establecer formalmente un acuerdo de convivencia pacífica con ésta.

Con la Revolución mexicana llegaría de nuevo el surco laicista. La Constitución de 1917 negaba la personalidad jurídica a las iglesias, prohibía la participación del clero en política, privaba a las iglesias de poseer bienes raíces e impedía el culto público fuera de los templos. Los conservadores llegarían a emprender dos revueltas armadas contra las políticas de los reformistas, conocidas como Guerras Cristeras (entre 1926 y 1929 y de 1931 a 1941).

Mientras tanto, desde el Gobierno, el influyente presidente postrevolucionario Plutarco Elías Calles extendía las ideas laicistas al ámbito de la educación, que se tornaba laica, científica y nacionalista. El objetivo era romper con la influencia de la Iglesia Católica en la educación. El 10 de octubre de 1934, el Congreso de México realizó la siguiente modificación al artículo 3 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos: «La educación será socialista y, además de excluir toda doctrina religiosa, combatirá el fanatismo y los prejuicios, para lo cual la escuela organizará sus enseñanzas y actividades en forma que permita crear en la juventud un concepto racional y exacto del universo y de la vida social.»

De nuevo, serían los sectores conservadores los que traerían de vuelta a la Iglesia Católica al protagonismo político en México. En concreto, el presidente priista neoliberal Carlos Salinas de Gortari restablecía las relaciones diplomáticas de manera formal con la Santa Sede en 1992.

Esta relación de la Iglesia Católica con el conservadurismo se mantiene hasta hoy en día. La jerarquía católica mexicana se ha afanado en crear marcos discursivos hostiles al Gobierno de la Cuarta Transformación. Quizá el más llamativo es el de la “reconciliación”, que construye una idea de separación entre mexicanos solo funcional a quienes quieren volver al anterior statu quo casta/pueblo.

Incluso durante la última campaña electoral el alto clero mexicano intervino en favor de las fuerzas conservadoras. Desde la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) se solicitó la firma de los candidatos de un compromiso con siete acciones que en las que esencialmente se apuntaba contra medidas clave del Gobierno en materia de seguridad. Los opositores Xóchitl Gálvez y Jorge Álvarez Máynez se aprestaron a firmar el compromiso, mientras que Claudia Sheinbaum se vio obligada a suscribirlo adjuntando un documento en el que expuso sus desacuerdos con la Iglesia católica.

En aquel momento, el presidente AMLO criticó el “Compromiso nacional por la paz” que propuso la Iglesia católica a los candidatos presidenciales por “crear un ambiente que no existe” ante la violencia que denunciaba la institución religiosa.

Finalmente, me referiré al surco profundo redistributivo-campesino. La cuestión de la tierra también está profundamente arraigada en la política mexicana. Aún hoy, en un país urbano e industrial como es México, según datos del Registro Agrario Nacional (RAN), hay 3,1 millones de ejidatarios en 27. 144 ejidos y 400.000 en 2.330 comunidades. En conjunto, tienen 103 millones de hectáreas como tierras ejidales, el 55 % del territorio mexicano y aproximadamente la mitad de la superficie cultivada total del país: 8 millones de hectáreas.

La tierra ha estado en el centro de las disputas reformistas y revolucionarias mexicanas. Y, de nuevo, podemos reconocer los surcos profundos progresistas en Juárez -el protagonista de la que para AMLO es la Segunda Transformación mexicana- y Porfirio Díaz, el epítome del conservadurismo mexicano. Efectivamente, en el contexto del proceso de Reforma se declararon baldías las propiedades corporativas, particularmente las de la Iglesia. Juárez también trataría de asignar propiedad individual a los campesino ejidatarios sin éxito. La contraofensiva conservadora llegaría entre 1889 y 1890, cuando el Gobierno de Díaz dispuso que las tierras comunales se hicieran parcelables. Como resultado, buena parte de la población indígena se vio sin posesión de tierras y tuvo que emplearse en las haciendas cercanas. Otra serie de leyes de deslinde en las que una parcela sin su respectivo título podía considerarse como terreno baldío, propició que aquellos que tuvieran los recursos necesarios se hicieran con grandes porciones de tierra. Hacia 1910, menos del 1 % de las familias en México poseían o controlaban cerca del 85 % de las tierras cultivables.

Fue la Revolución Mexicana, y en particular el “sexenio cardenista”, la que asentaría para siempre la idea del ejido y de la propiedad comunal de la tierra como un sentido común progresista. Cárdenas llevó adelante una reforma agraria que fue responsable del mayor reparto de tierras de la historia de México, entregando a los campesinos la propiedad de las tierras que cultivaban y atacando abiertamente el latifundio.

La reacción conservadora no tardaría en llegar y lo hizo de nuevo de la mano del PRI, el mismo PRI que se presentó a estas últimas elecciones junto al PAN y el PRD contra MORENA. Fue Carlos Salinas de Gortari quien en 1992 reformó el artículo 27 de la Constitución, dando por terminada la reforma agraria y abriendo el campo al capital.

Frente a estas posiciones reaccionarias de la oposición en materia agraria, la Cuarta Transformación retomó el espíritu cardenista. El pasado febrero, AMLO lanzó 20 propuestas de reforma constitucional entre las que destacaba la número 14: Mejorar las condiciones de los campesinos a través de “un jornal justo y permanente”; “que coman los que nos dan de comer”, decía el presidente reconectando con el mejor espíritu de la reforma agraria de la Revolución Mexicana.

Republicanismo, laicismo, reforma agraria… Estos son sólo algunos de los elementos vertebradores de la vida política mexicana de los últimos 200 años. Hay otros surcos profundos, como el federalismo o la política internacional no injerencista con los que AMLO conectó durante su sexenio. Como vemos, la Cuarta Transformación se ha aupado sobre los hombros de la historia de los sentidos comunes progresistas, sobre los hombros de las tres grandes transformaciones precedentes en México.

Quienes en estos días se asomen tangencialmente a México en busca de fórmulas electorales mágicas se equivocarán de plano. El éxito del pasado domingo 2 de junio no tiene nada de improvisación o mercadotecnia. Es, por el contrario, el resultado de la acumulación de todo un sexenio de buena gestión inspirado en las luchas protagonizadas por los mexicanos y mexicanas en los últimos 200 años. Es un resultado irreplicable y genuino. Es, de hecho, un nuevo patrimonio del pueblo de México.

Sergio Pascual

Ingeniero de Telecomunicaciones y Antropólogo (España)

Fue el primer secretario de organización de Podemos, cargo que dejó tras las elecciones del 20D de 2015. Fue diputado en el Congreso español durante las legislaturas XI y XII además de Presidente de la Comisión de Fomento de la Cámara. Destaca su colaboración en misiones de observación electoral y…