La falsa fantasía de la “unipolaridad perpetua” que nacía en los Estados Unidos tras la caída de la Unión Soviética, dio paso a la construcción paulatina en el siglo XXI de un Sistema Internacional caracterizado por la multipolaridad. América Latina se convirtió en un actor destacado, que no solo apoyó, sino que en muchos casos lideró la profundización de este proceso.

Evidentemente la participación o el liderazgo de los países no fue de todos por igual, destacando el rol jugado por Venezuela y Brasil, aunque también acompañado por países como Argentina, Ecuador, Bolivia, y en menor medida, países como Uruguay o el Paraguay de Lugo. Esta nueva orientación de la Política Exterior abría una salida a la tradicional relación de dependencia de la región en la Economía-Mundo. Esta Política Exterior, tan diferente a la que había dominado el subcontinente suramericano durante las décadas precedentes, era reforzada mediante nuevas alianzas internacionales, políticas económicas contrahegemónicas, y una nueva forma de entender los procesos de integración regional.

Fueron estos nuevos procesos de integración los que con mayor fortaleza cimentaron la nueva correlación de fuerzas que permitía a la región ir rompiendo, al menos en el discurso y en la orientación de la Política Exterior, la dependencia exclusiva de los intereses oligárquicos del exterior. Esto se atisbó como un primer paso, que sin duda era fundamental, para modificar la tradicional División Internacional del Trabajo que había subsumido a los países de la región a un lugar periférico de la Economía-Mundo capitalista.

Junto con los nuevos procesos de integración, surgían mecanismos de concertación política que permitían elevar y fortalecer la voz de la región en foros internacionales o en negociaciones con otros países o bloques regionales. Al mismo tiempo, en el contexto internacional, aparecieron bloques de carácter contra-hegemónico que se convertían en una nueva punta de lanza frente a la unipolaridad estadounidense. Sin duda, es de destacar el papel jugado por los BRICS.

En la región latinoamericana destaca la aparición de nuevos procesos de integración regional y/o concertación política: el ALBA-TCP, la UNASUR o la CELAC se constituyen como los principales exponentes. Todos éstos constituyen lo que venimos denominando como regionalismo postneoliberal. Además de estos procesos, otros que habían surgido en la década de los 90` comenzaban también a modificar sus lógicas constitutivas y a empaparse poco a poco de la nueva oleada del regionalismo en América Latina. Este sería el caso del Mercosur, que aunque no podemos situarlo bajo el paraguas del regionalismo postneoliberal, si vemos su recorrido hacia posiciones contra-hegemónicas.

Parecía que la consolidación de los Gobiernos progresistas en la región por las sucesivas victorias electorales, apuntalados por la nueva arquitectura de la integración regional, podía dotar a los avances políticos, económicos y sociales, de una gruesa armadura difícil de traspasar por el retorno de políticas neoliberales. Sin embargo, vemos como en el último año, cuando acabó la racha de victorias electorales para los gobiernos progresistas (como en las presidenciales argentinas o las legislativas en Venezuela) o cuando los poderes oligárquicos desafían y quiebran la voluntad popular (como en Brasil), la vuelta a estas políticas es más fácil de lo que podíamos atisbar. Este cambio en el signo político de muchos gobiernos de la región está teniendo indudablemente repercusiones, tanto en los procesos de integración, como modificaciones en la correlación de fuerzas en el Sistema Internacional.

Entramos en una nueva fase de disputa geopolítica en la región. La misma se caracteriza por el cuestionamiento del liderazgo latinoamericano en el fortalecimiento de la multipolaridad. Ni mucho menos me refiero a que la multipolaridad esté en peligro, pero sí que existe cierto reforzamiento de las vinculaciones Centro-Periferia de la región. La llegada al poder de gobiernos como el de Macri en Argentina o el de Temer en Brasil, está favoreciendo a que las potencias del Centro refuercen sus posiciones y algunos países de la región vuelvan a apostar por el mantra liberal de la apertura comercial como mecanismo de inserción internacional. Se observa una reorientación de las Políticas Exteriores de muchos países de la región, la cual se expande hacia los procesos de integración con el debilitamiento de unos (UNASUR o CELAC) o la reorientación de otros (MERCOSUR).

Las cartas se han vuelto a repartir. Y el gran tablero mundial, a diferencia de lo expresado por Brzezinski, tiene en América Latina a uno de sus principales terrenos de juego. Mucho de lo que suceda en el Sistema Internacional, dependerá de lo que América Latina se juega en casa.

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Referencias:

Brzezinski, Z., (1998). El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos. Paidós Ibérica. Barcelona.