La globalización y el neoliberalismo configuraron una forma de habitar el espacio público. Las viejas lealtades políticas se flexibilizaron o evaporaron, las instituciones que organizaban el conflicto social perdieron importancia (sindicatos, campesinos, indígenas, cooperativas), el trabajo dejó de regular la existencia social y el peso de lo ideológico se diluyó con la caída del comunismo y de las experiencias revolucionarias. Una vida líquida y evanescente se forjó al compás de la hegemonía de la financiarización de la economía mundial y latinoamericana. Una nueva individualidad surgió con el neoliberalismo. Una vinculada a la revolución tecnológica y a la erosión de tradicionales espacios de sociabilización política. Estamos ante una individualidad construida a la velocidad de la información, de las finanzas y de las redes sociales. Demasiado preocupada por la estética, el consumo y el ascenso social.

En los ´90, en este contexto de disoluciones sociales y reconfiguraciones (victoriosas) del capitalismo se reformularon viejos partidos tradicionales (peronismo, príismo, liberacionistas, torrijismo, socialdemócratas y socialistas brasileños, adecos, copeyanos, rodolsistas, socialcristianos, etc.) y se crearon otros (Cambio 90 en Perú, Cambio Democrático en Panamá). Partidos de derechas y reformistas, que pugnaron por años, redefinieron su apoyo al neoliberalismo, desestructurando al mismo tiempo las fronteras ideológicas que antes los separaban. En este proceso -donde la promesa neoliberal era presentada como un nuevo momento de “progreso”- la democracia se instaló como el único sistema para viabilizar los intereses tanto de los grupos económicos, como de los ciudadanos. Capitalismo y deseos ciudadanos “parecían” (por un tiempo) reconciliados. Pero esa “reconciliación” se rompió. La pobreza, la desigualdad, la desindustrialización y la migración aparecieron con fuerza y en algunos países esto impactó en el sistema de partidos. Fue tan fuerte, que partidos que se habían rearticulado con el neoliberalismo comenzaron a perder adhesiones. Los ciudadanos –despojados de férreas lealtades y viendo su vida pauperizarse- buscaron otras opciones y comenzaron a resistir algunas políticas que veían como “dañinas” a su destino y vida cotidiana. Surgieron así los movimientos sociales, pero sobre todo aparecieron –con el tiempo- nuevos actores políticos o sectores dirigenciales que se alejaban de partidos que habían apoyado propuestas neoliberales.

Las pugnas sociales y el agotamiento del neoliberalismo -como propuesta estabilizadora e integradora- posibilitaron el advenimiento de nuevos gobiernos de izquierdas (chavismo, petismo, kirchnerismo, correismo, evismo, frenteamplismo). Éstos colocaron al Estado en el centro de la escena articulando la resolución de demandas sociales y exigencias del mercado internacional (recursos naturales y materias primas). Instalaron una fórmula de distribución de riquezas y de incorporación al mercado mundial que generó bienestar para los ciudadanos y rentabilidades para los grupos empresariales. De esta manera, forjaron una nueva gobernabilidad donde a su manera “todos ganaban”. También lograron algo inédito en sus países: aquellos partidos que apoyaron al neoliberalismo se vieron debilitados y perdieron la centralidad política. Por lo tanto, comenzaron a ensayarse nuevas oposiciones. Las mismas leyeron las nuevas realidades fundadas por estos gobiernos de izquierda y comenzaron a apelar a algunos “sentidos comunes” que el neoliberalismo había planteado para las subjetividades ciudadanas, con las cuales los gobiernos de izquierda convivieron y conviven.

Estas oposiciones se apoyaron en la reivindicación de la gestión y en la tecnocracia. Rechazaron el discurso ideológico reinstalado por los gobiernos de izquierda atribuyéndole a este su carácter confrontativo. Los nuevos dirigentes se presentaron como líderes con “buena onda”, con buenos modales. Articulando tecnocracia y cierto orientalismo de la new age. Aparte de esto, sugirieron que algunas políticas inclusivas planteadas por estos gobiernos serían continuadas si estos dirigentes llegaban al poder. Las nuevas derechas surgieron en relación a los gobiernos de izquierda que se les “pusieron” enfrente. Sus liderazgos se construyeron de manera especular frente a los presidentes progresistas. Massa, Macri, Rodas, Capriles, Neves –entre otros- se presentan como “atemperados” frente a presidentes que éstos consideran como “desbordados” y conflictivos. Estas derechas de las “buenas maneras” no están solas. Articulan –o pretenden articular- con aquellos grupos económicos que crecieron con los gobiernos de izquierdas pero que se vieron regulados en sus rentabilidades o por aquellos que buscan una relación más “armónica” y estrecha con la globalización. Esto ha obligado a estos gobiernos de izquierda a disputar las adhesiones que estas derechas reciben, inclusive reforzando un discurso donde la gestión y la impugnación a la corrupción son compartidas por todos los signos políticos. En momentos de tensiones económicas y de estancamiento de los precios de recursos naturales y de materias primas, vemos muchos oficialismos de izquierda que compiten con las nuevas derechas por el “centro político”. Ahora bien, no solo hay nuevas derechas recreadas en oposición a los gobiernos de izquierda, sino nuevas derechas en países donde las políticas neoconservadoras se han mantenido con regular continuidad (Paraguay, Colombia, Honduras, Panamá, entre otros). Nuevas elites han desafiado viejos partidos e interpretando la nueva época se hicieron dueños de la escena.

América Latina está atravesada por nuevas realidades y actores políticos. Estamos en una nueva coyuntura política vital, donde todos los partidos pueden mutar y recrearse.