5 min. lectura

Con el impulso generado por las investigaciones académicas de la década de 1980 sobre las “transiciones a la democracia”, se constituyó un cuantioso acervo de consideraciones acerca de los regímenes democráticos del continente (“democracias de baja intensidad”, “democracias de audiencia”, “democracias populistas”, entre tantas otras clasificaciones), distinguiendo entre los elementos estructurales del término y las particularidades propias del contexto latinoamericano. En algunos casos, las caracterizaciones ponían el acento en la baja participación, las desigualdades sociales, la baja capacidad estatal, en los condicionantes periféricos, o en cómo la crisis de la representación y de los partidos políticos estaba afectando la propia dinámica democrática.

Hoy en día, un nuevo balance sobre sus contornos se vuelve analíticamente necesario, sobre todo porque comienza a percibirse una paradoja no menos preocupante: la consolidación de políticas públicas neoliberales en el marco de regímenes políticos cada vez más alejados de un molde democrático liberal; esto es, un progresivo debilitamiento del liberalismo en tanto progresividad institucional y un refuerzo del neoliberalismo como mecánica de reproducción social.

El Gobierno de Michel Temer quizás sea una muestra idiosincrática de esta tensión. Su programa económico y social profundamente neoliberal (privatizaciones, regresión de derechos, ausencia de un pacto federativo fiscal y de una política comercial, reducción del Estado a sus expresiones mínimas[i]) se despliega en el ámbito de un régimen democrático con cada vez menos contornos estrictamente liberales. Sus rasgos son un pretorianismo militar creciente, desequilibrio entre los poderes públicos del Estado (con la singularidad de un lawfare exacerbado), clausura de la libre competencia política (como lo denuncia la propia ONU) y, lo que seguramente es más preocupante, el desarrollo de un fascismo social del cual Jair Bolsonaro es, quizás, tan sólo una expresión electoral, pero que ha tenido manifestaciones elocuentes en los últimos tiempos.

El liberalismo en los trópicos

Si bien la descomposición de una corriente de ideas -y la fuerza que ésta pueda llegar a tener en la práctica política– es un proceso que se desarrolla en un mediano y largo plazo del tiempo histórico. Para el caso brasileño hay un indicador muy claro de esta situación: el ocaso definitivo del Partido de la SocialDemocracia Brasileña (PSDB). La proverbial debacle que, de no mediar alguna circunstancia excepcional, sufrirá el partido en los próximos meses es sintomática del lugar marginal en el que terminó encontrándose el liberalismo como corriente de ideas, perspectiva ideológica o como lenguaje social en el país. El desplazamiento responderá, también, a una acción particular del partido en estos últimos años: la forma en que se dispuso a combatir políticamente al Partido dos Trabalhadores (PT) desde el 2014 en adelante, esto es, valiéndose de cualquier método posible. Entre otras acciones, impugnó los comicios que otorgaron la reelección a Dilma Rousseff; un letrado del partido patrocinó en su momento el expediente del juicio político que llevó al impeachment; un juez amigo -Sergio Moro, que nunca negó sus simpatías por la sigla– hizo y deshizo la investigación que le fue particularmente otorgada en relación a Petrobrás (llevando a prisión a los principales dirigentes petistas, incluso Lula); proveyó ministros al ilegítimo Gobierno de Michel Temer; votó las leyes más retrógradas pautadas por la agenda gubernamental, sin ningún margen de crítica ni abstención en disidencia.

En síntesis, el PSDB cumplió un papel no sólo funcional al golpismo sino que, en muchos casos, fue quien diseñó la forma en cómo se fueron dando los diferentes pasos del golpe. Al respecto, no es casualidad que parte del descontento ciudadano con el Gobierno Temer se le haya adherido naturalmente al PSDB: la mayoría de sus figuras funcionaron como legitimadores, voceros y/o representantes de uno de los peores gobiernos de la historia brasileña.

El fin del PSDB va en paralelo con el deterioro del liberalismo en Brasil, y acaso podría decirse que le da su empujón final. En otros países latinoamericanos, el declive de algunos partidos políticos emblemáticos también precipitó el final de una determinada corriente ideológica nacional: el desmembramiento del Partido Liberal en Colombia, el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) en Bolivia, el Partido de la Revolución Institucional (PRI) en México, o los Partidos Nacional y Colorado en Uruguay, también terminaron sepultando construcciones ideológico-políticas. Éstas, con el paso del tiempo, habían moldeado no sólo los términos de las competencias programáticas sino también los aspectos de la institucionalidad política y las características generales de la dialéctica social; a su medida, estos partidos construyeron (y, luego, destruyeron) las sociedades en las que se asentaron, incluyendo y excluyendo singularidades específicas.

En ese sentido, el PSDB construyó y destruyó al Brasil: no sólo porque estuvo a cargo de la Presidencia durante dos mandatos consecutivos (entre 1994 y 2002) sino que, y dando continuidad al liberalismo brasileño se constituyó en una continuidad e incentivo de esa corriente de ideas de la que la democracia contemporánea es su producto histórico. Por eso, el fin del partido hoy en día es constitutivo de la descomposición de la fórmula liberal de democracia que se había construido. Aún en un escenario electoral incierto[ii], sin liberalismo, queda en disponibilidad el paquete neoliberal; preocupa que sea compatible con una orientación fascistoide de la política.

 

[i] https://www.celag.org/la-disputa-por-estado-en-brasil/

[ii] https://brasil.elpais.com/brasil/2018/09/11/politica/1536679996_378699.html