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Los procesos progresistas latinoamericanos basaron buena parte de su éxito en satisfacer las demandas de consumo de las mayorías populares. La primera década de este siglo supuso un ensanchamiento constante del acceso a bienes y servicios por parte de millones de personas que siempre habían estado ajenas a la lógica del consumo. Una vez solventada la emergencia social de sacar a millones de hombres y mujeres de la pobreza, el siguiente estadio consistió en proveerles de toda suerte de productos. Se hacía realidad el grito con el que las obreras del textil de Massachusetts, en 1912, exigían mejores condiciones de vida: “Queremos pan, pero también rosas”. En estos años ha habido pan, ha habido rosas y también ha habido ropa y calzado, electrodomésticos, tecnología, computadoras y teléfonos celulares, Internet, vacaciones, ocio, cultura, cosmética, automóviles y motocicletas…

En los últimos tiempos, se extiende la explicación de que las derrotas electorales de los gobiernos progresistas se deben a su incapacidad para satisfacer estos niveles de consumo jamás alcanzados en la historia del subcontinente. La desaceleración de la economía mundial a partir de la crisis de 2008 provocó una reducción de la necesidad de materias primas y, consecuentemente, una drástica merma de los ingresos de unas economías fundamentadas todavía en un extractivismo primario. Ya no había dinero para sostener la insaciable demanda interna.

Para apuntalar este argumento hay que reducir a la persona a la condición de consumidor-elector. El razonamiento se basa en el automatismo electoral clásico de las democracias de origen liberal: las cosas van bien (en este caso se traduciría por “puedo consumir”), luego se apoya al gobierno con el voto; las cosas van mal (“no puedo consumir”), se castiga al gobierno votando a la oposición. Es un silogismo sumamente funcional al capitalismo neoliberal. La responsabilidad recae siempre sobre los partidos políticos. El entramado económico queda a salvo. También la estructura del sistema. Los políticos son los fusibles que se cambian cuando hay descontento. Lo importante es que la instalación general quede incólume.

Es cierto que el descenso en los niveles de consumo ha influido decisivamente en las dos derrotas electorales consecutivas sufridas por los gobiernos progresistas (elecciones presidenciales argentinas en octubre de 2015 y legislativas venezolanas en diciembre de ese mismo año). Pero explicar esos resultados adversos únicamente a partir de la ecuación consumo/voto es excesivamente reduccionista. Además, como se ha dicho antes es una explicación que beneficia únicamente a la derecha.

El caso de Venezuela es el más adecuado para confrontar la hipótesis de la insatisfacción del consumo como causa única de la pérdida de apoyos. El país caribeño vive una situación económica compleja, marcada por la escasez de productos básicos y los precios exorbitados. A efectos de este artículo, poco importan las causas. La realidad es que el elector venezolano promedio tiene grandes dificultades en encontrar artículos esenciales y cuando los localiza suelen tener un coste astronómico. Ya no se trata de bienes y servicios suntuarios. Las necesidades han vuelto a su escala más primaria: comida y medicamentos.

De acuerdo con la tesis del automatismo electoral, el chavismo tendría que haber sufrido una auténtica debacle el pasado 6 de diciembre. En este escenario desfavorable, más de cinco millones y medio de personas renovaron su confianza en la apuesta bolivariana. Es cierto que se perdieron los comicios legislativos, pero una parte sustantiva de la población siguió respaldando a una opción política descarnadamente de izquierdas que habla sin ambages de poder popular, estado comunal, anticapitalismo y anti-imperialismo. Un bloque lo suficientemente amplio como para no dar por cerrado el periodo progresista en Venezuela.

¿Por qué millones de personas continuaron votando al chavismo a pesar del brusco frenazo en sus expectativas de consumo? Para hallar la respuesta hay que sumergirse en la estructura, toda vez que esta masa votante fue refractaria a la coyuntura negativa económica. De estos resultados se deduce que la sutil alfombra de la hegemonía ha venido deslizándose en todos estos años hasta instalar un nuevo sentido común en una buena parte de la sociedad venezolana. El neoliberalismo ya no tiene una tierra quemada a su disposición, como ocurrió en las décadas de los 80 y 90. Enfrente hay otra visión del mundo, antagónica antes que alternativa, que ha saltado de la especulación teórica para asentarse en el territorio de lo real.

Dicha visión surge a partir de múltiples factores. Entre ellos figura, obviamente, la capacidad que ha tenido la Revolución Bolivariana de satisfacer la demanda de consumo. Pero ni es la única causa ni tal vez la más importante. Millones de actos cotidianos han ido entrelazando el novedoso imaginario: desde la proliferación de tejido asociativo en lo más profundo del barrio hasta una pujante y heterodoxa reflexión intelectual; la revalorización de lo público frente a lo privado y de lo común frente a lo individual; la normalización de términos y categorías antes proscritos; la puesta en marcha, efectiva y concreta, de formas distintas de organización en lo político, lo económico, lo social y lo vital; la comprensión de las causalidades históricas; una comunicación diferente, tanto en la forma como en el contenido…

El chavismo puede perder elecciones en el corto plazo. Incluso las presidenciales, sin duda las más importantes por el nivel competencial de este cargo, incluido el manejo de los fondos públicos.  Pero la guerra de movimientos, fulgurante y de ciclo corto, va a dar paso -de hecho, está ya dando paso- a una guerra de posiciones, sutil e inadvertida, de ciclo largo, en la que las batallas decisivas se libran, según la metáfora de Gramsci, en torno a alambradas y casamatas y no atacando directamente la fortaleza del Estado.

Los procesos progresistas latinoamericanos están en condiciones de librar esa batalla de largo aliento contra la restauración conservadora. Si su acción se hubiera limitado a la satisfacción del consumo, sus días estarían contados, bien por extinción o por cooptación, convirtiéndose en este último caso en partidos social-liberales funcionales al neoliberalismo en la misma medida en que lo ha hecho la antigua socialdemocracia europea. Pero su poso ha sido más profundo y no se ha basado sólo en ropa de marca, reproductores de DVD o teléfonos celulares.

Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Pontificia de Salamanca. Investigador de la Fundación GIS XXI en Comunicación Política y Comunicación Electoral. Asesor en procesos electorales en España, Paraguay, Chile y Venezuela. Articulista de opinión en diversos medios de comunicación de Europa y Latinoamérica. Analista habitual de TeleSur

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