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“Hemos tenido más de veinticinco horas de discusión, de trabajo, de debate. Asumimos el reto, los grandes retos que tiene este Perú”. Con estas palabras Fernando Zavala, primer ministro de Pedro Pablo Kuczynski (PPK), respondía al voto de confianza dado por el Parlamento peruano el viernes último. Luego de una jornada maratónica de dos días, la representación congresal presidida por la fujimorista Luz Salgado, decidió otorgar el protocolar y constitucional voto de confianza al gabinete ministerial de PPK.

Si bien esta determinación había sido anticipada por cuatro de los seis grupos parlamentarios con presencia en el Congreso, la bancada de Keiko Fujimori (Fuerza Popular), y su mayoría aplastante de 73 representantes, era la que definiría si las varias horas de exposición de Zavala merecían o no la aprobación. Aunque a decir verdad, era previsible que la hipotética negativa de los fujimoristas quedara solo en eso, en un escenario hipotético.

Parecía bastante improbable que una bancada tildada durante los meses electorales de dictatorial, osara negarles la confianza a diecinueve ministros que tenían en el cargo poco más de quince días, más aún si el medio en el que se venía desenvolviendo Kuczynski era, según recientes encuestas, muy favorable. Atrás habían quedado las torpezas iniciales de un presidente que revelaba actitudes pueriles o cándidas.

Los fujimoristas se hallaban frente a una disyuntiva que requería una actitud que no contradijera el respaldo que la población peruana parecía dar a PPK. Llevando a cabo una estrategia que a ojos de los medios comunicativos se asemejara a una oposición fiscalizadora y responsable, el bloque fujimorista finalmente optó por dar su apoyo pleno a Fernando Zavala. A los 73 votos del grupo de Keiko Fujimori se le sumaron con unanimidad la bancada oficialista de Peruanos por el Kambio, Alianza para el Progreso, Acción Popular y el APRA. Solo el izquierdista Frente Amplio pareció votar sin cohesión: dos de sus congresistas negaron la confianza a Zavala y otro se abstuvo.

Los 121 votos a favor que recibió el gabinete de Fernando Zavala mostraron un suceso sin precedentes en la política peruana, pues un Congreso dominado por la agrupación fujimorista respaldó a quien hasta hace poco había sido su más feroz rival. Sin lugar a dudas, Fuerza Popular aspira a que el voto de confianza otorgado al nuevo gabinete de gobierno sea visto con visos democráticos y tolerantes, a pesar de que forma parte de un meridiano juego electoral.

Durante la última campaña se ha demostrado que el fujimorismo sostiene una perpetua campaña electoral, a través de gestos que permitan ir diluyendo el recuerdo de la siniestra década de 1990. La catadura de su apoyo el viernes último tiene que ser trazado a través de esa lógica. Luis Galarreta, mediático vocero fujimorista, declaró de inmediato que “el voto de confianza al gabinete Zavala es un voto por el país, no es un compromiso con el gobierno de turno”, afirmación con la que pretendía distanciarse del oficialismo, aunque sin rechazar la gobernabilidad de PPK.

A pesar de que la totalidad de los grupos parlamentarios, a excepción del “pepekausismo”, habían manifestado durante la primera jornada que la exposición de Zavala carecía de realismo, desatendía la forma en que iba a instituir sus más de 160 políticas en materia de seguridad, economía e infraestructura, y parecía ser una continuación de la gestión humalista, el fujimorismo se arrogó haber sido artífice de las aclaraciones hechas por el primer ministro en la jornada del día viernes.

Los oficialistas cedieron al reconocer que los reclamos de los parlamentarios eran legítimos, sin embargo, rehusaron que sus puntualizaciones hubieran sido producto del chantaje o la presión fujimorista. En realidad, tanto lo primero como lo segundo ejercieron influencia en las respuestas de Fernando Zavala.

En esta dirección, Marisa Glave expresaba el emplazamiento del Frente Amplio: “Le decimos al señor Kuczynski y le decimos al señor Zavala que si su política va a ser ceder ante el chantaje de la mayoría dentro del Congreso van a tener problemas”. Sin embargo, una declaración como esta, a su vez, debe ser entendida como parte de una estrategia propia dirigida contra su más claro rival, el fujimorismo.

Si bien es evidente que el enfrentamiento de poderes, el Ejecutivo y el Legislativo, tiene como protagonistas a Peruanos por el Kambio y Fuerza Popular, no es menos obvio el papel crítico que busca desempeñar la representación de izquierda. Las tres fuerzas restantes, aunque con presencia mediática, improbablemente podrán colocar temas de discusión en la agenda congresal.

Varios sectores de la prensa, analistas y políticos han calificado como “jornada democrática” la decisión del viernes último, ya que –sostienen– manifiesta la madurez con que actuaron todas las agrupaciones (y en particular, la fujimorista), al entregar la confianza al gabinete ministerial. Pero, estemos o no de acuerdo con que la resolución del Congreso constituye un primer pacto de gobernabilidad entre fujimorismo y “pepekausismo”, lo cierto es que el proscenio bajo el que se desenvuelven no siempre es el pueblo, sino el elector.

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