Por Alejandro Fierro
@VenezuelAle

A diferencia de otros líderes opositores como Leopoldo López o María Corina Machado, de estirpes oligárquicas antiguas, Henrique Capriles Radonski (Caracas, 11 de julio de 1972) procede de una familia de fortuna relativamente reciente cimentada en torno a negocios inmobiliarios, sector servicios, cadenas de cines y medios de comunicación, con ramificaciones en otros países del mundo, en especial en España.

Licenciado en Derecho por la Universidad Católica Andrés Bello –aunque siempre hubo dudas sobre la legitimidad de su titulación-, comienza su carrera política con apenas 26 años como diputado nacional. En aquellos momentos se le consideraba un típico representante de su clan, algo muy habitual en la derecha venezolana, sin méritos propios más allá de su pertenencia familiar. Fue el presidente del Congreso más joven de Venezuela, en 1998, en una Cámara que apenas duró un año al ser disuelta para convocar la Asamblea constituyente que finiquitaría la IV República y daría paso a la República Bolivariana de Venezuela.

En 2000, junto con otros dirigentes como Leopoldo López, Julio Borges o Juan Carlos Caldera, fundó Primero Justicia. Como tantos otros líderes opositores, encontró acomodo en las zonas de clase media-alta de Caracas y otras grandes ciudades de Venezuela, ocupando la Alcaldía de Baruta desde 2000 hasta 2008. En 2002 participó en el intento de asalto a la Embajada de Cuba, uno de los episodios del golpe de Estado contra Chávez. En 2008, fue elegido gobernador de Miranda, estado que engloba a parte de los municipios de la Gran Caracas, cargo que aún desempeña.

A Capriles Radonski le llegó su gran momento cuando fue designado candidato de la Mesa de la Unidad Democrática para competir contra Chávez en las elecciones presidenciales de 2012. En ese momento demostró ser el político de la oposición que mejor había asimilado la necesidad de un nuevo lenguaje para unos nuevos tiempos. Su campaña fue modélica en este sentido. Rehuyó la confrontación directa con Chávez y se centró en las supuestas deficiencias de gestión (luz, agua, sanidad…). No impugnó los logros del chavismo, pero certificó su agotamiento y se postuló como alternancia sin recurrir a ninguna etiqueta ideológica contundente, todo lo más atribuyéndose los siempre amables posicionamientos de centro-izquierda o socialdemócrata. Llegó incluso a defender las Misiones –los grandes proyectos sociales del chavismo- y a prometer que las incluiría en la Constitución para garantizar su pervivencia más allá de los diferentes gobiernos. Las denuncias de autoritarismo o vulneración de los Derechos Humanos estaban fuera de su discurso, pero aludía constantemente a la supuesta corrupción de los cargos chavistas, con la excepción de Chávez a quien se cuidó muy mucho de atacar.

Capriles escondió sus enormes deficiencias en el plano intelectual con discursos muy cortos, de apenas 40 minutos, y repitiendo constantemente unas pocas ideas básicas. Con este andamiaje, pudo presumir de ser el líder opositor que mejor resultado había cosechado frente a un animal político como Chávez, con una derrota por once puntos de diferencia (seis años antes, Manuel Rosales perdió por 26 puntos).

El fallecimiento de Hugo Chávez el 5 de marzo de 2013 condujo a nuevas elecciones. Capriles repitió como candidato opositor, esta vez contra Nicolás Maduro. En esa campaña utilizó un discurso algo más extremo.

Derrotado por 225.000 votos, Capriles no reconoció los resultados y llamó a sus seguidores a diferentes movilizaciones. A partir de ese momento empezó una estrategia errática, convocando manifestaciones que después canceló, pidiendo una postura activa de los militantes para posteriormente conminarles a que dejaran que la dirigencia actuara… Mientras, en las calles, fueron asesinados once militantes chavistas e incendiados varios ambulatorios de atención primaria de barrios populares.

Capriles perdió buena parte del prestigio acumulado. Los opositores más radicales lo consideraron un blando. Los más moderados lo vieron como un líder poco confiable. El reconocimiento de toda la comunidad internacional de la victoria de Maduro lo dejó aislado en sus acusaciones de fraude. El resto de partidos de la MUD –una frágil alianza de intereses contrapuestos unida sólo por el deseo de expulsar al chavismo- maniobró para desplazarle. Además, ya contaba con el baldón de dos derrotas consecutivas.

Las movilizaciones callejeras de 2014 impulsadas por Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma volvieron a evidenciar la indefinición táctica de Capriles. En un principio llegó a acudir incluso a alguna manifestación –con una tibia acogida e incluso la franca hostilidad de los militantes de Voluntad Popular, el partido de López, que hegemonizaban las movilizaciones-. Posteriormente se desmarcó por completo de esta estrategia y volvió a su discurso de la salida electoral.

En la actualidad, Capriles Radonski no renuncia a sus aspiraciones presidenciales. Así lo manifiesta una y otra vez en las entrevistas, en las que dedica la mitad del espacio a criticar al chavismo y la otra mitad a denunciar lo que considera la exclusión de su persona por parte del resto de partidos de la oposición y de sus medios de comunicación afines. En paralelo, ha comenzado una gira por todo el país a favor del referéndum revocatorio como el mecanismo legítimo para desalojar a Nicolás Maduro, frente a otras propuestas como la enmienda constitucional para acortar los periodos presidenciales, una nueva Constitución o incluso salidas extraconstitucionales.

Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica

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