Por Alejandro Fierro
@VenezuelAle

Pocos pensaron que Henry Ramos Allup (Valencia, Venezuela, 17 de octubre de 1943) volviera a estar en el centro del debate público y, con él, su partido, Acción Democrática, la formación que vertebró las cuatro décadas que duró la IV República (1958-1999). Preguntado recientemente cómo habían sido capaces de regresar, su respuesta fue tajante: “Nunca nos fuimos”.
Es imposible entender Venezuela sin la influencia de los viejos adecos. El partido fundado en 1941 por Rómulo Bethencourt bajo las premisas del antiimperialismo, el progresismo y el interclasismo devino tras la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1958) en el principal pilar del sistema democrático representativo conocido como la IV República, que en la práctica supuso el afianzamiento de las élites, la conformación de unas clases medias no masivas pero sí con mayor solvencia que el resto de Latinoamérica gracias al petróleo y unas mayorías populares ajenas al reparto de la riqueza y al juego político.
Pronto, el adequismo se convirtió en sinónimo de prácticas clientelares, nepotismo, corrupción y sumisión de los poderes públicos a los intereses privados. Con una gran capilaridad territorial, su influencia llegaba hasta el último rincón del país. El espíritu adeco llegó a configurar el pensamiento hegemónico de varias generaciones. Hasta cuatro presidentes llegó a tener AD, ocupando en total 25 años de Presidencia de los 40 que duró la IV República (Rómulo Bethencourt, Raúl Leoni, Carlos Andrés Pérez en dos ocasiones y Jaime Lusinchi).
Henry Ramos Allup pertenece a esta tradición. El septuagenario actual presidente de la Asamblea Nacional es considerado un político sagaz, astuto, más listo que inteligente, con un sentido del humor acerado que conecta con las clases medias y un experto en la fontanería de los pactos entre bambalinas fuera de la luz pública.
Desde 1992 ocupa un puesto de diputado en el Congreso venezolano (con la excepción del periodo 2005-2010, cuando la oposición en bloque acuerda no presentarse a las elecciones por considerar que no se garantizaba la imparcialidad). Secretario general de AD desde el año 2000, siempre intentó marcar distancias con los partidos de la derecha emergentes como Primero Justicia, Un Nuevo Tiempo o Voluntad Popular e incluso trató de desmarcarse –infructuosamente a ojos de la opinión pública- del golpe de Estado de 2002, si bien secundó otras acciones como el sabotaje petrolero de 2002-2003 o el ya citado boicot a las elecciones parlamentarias.
Desde el advenimiento del chavismo, tanto Ramos Allup como AD parecían relegados a un segundo plano frente al empuje de otras fuerzas y liderazgos como los de Capriles Radonski, Leopoldo López o María Corina Machado. De puertas para adentro, su obsesión siempre fue mantener la cohesión de la Mesa de la Unidad Democrática como requisito indispensable para el asalto al poder. Así, condenó cualquier agenda particular de los partidos de la MUD por considerar que comprometía la cohesión. En estas críticas se incluía la estrategia de La Salida, las movilizaciones callejeras convocadas por Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma a principios de 2014 que se saldaron con 43 personas asesinadas.
Las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre de 2015 cambiaron por completo el panorama. La MUD había llegado al acuerdo de que la Presidencia de la Asamblea Nacional sería rotatoria y que la ocuparía en primer lugar el partido más votado. Gracias a su extensa implantación territorial en unas elecciones con sobrerrepresentación de las circunscripciones menos pobladas, Acción Democrática se impuso en diputados a formaciones cuya presencia se circunscribe a los grandes núcleos urbanos como Primero Justicia, Un Nuevo Tiempo o Voluntad Popular.
Henry Ramos Allup asumió con oficio su nuevo protagonismo como presidente del Parlamento. Con toda la atención centrada en su persona, recurrió a la tradicional ironía criolla, al legalismo formal exacerbado del que siempre hicieron gala los adecos, sobreactuó en la retirada de los cuadros de Bolívar y Chávez de la Cámara efectuada bajo sus órdenes, desde el primer día eligió a su antecesor en el cargo, el chavista Diosdado Cabello, como blanco de sus ataques para escenificar que los tiempos habían cambiado, la prensa local informa de sus salidas nocturnas a espectáculos y locales de ocio, sus hijos suben a las redes sociales escenas domésticas…
En definitiva, da toda la impresión de que está construyendo un perfil presidencial, mientras continúa robando protagonismo a otros dirigentes como Capriles o López y repite una y otra vez que en pocos meses la oposición tiene que presentar un mecanismo para destituir a Nicolás Maduro. Sobre sus pretensiones presidenciales quedan varias dudas. La primera es si no movilizaría a esos cerca de dos millones de votantes chavistas que se abstuvieron el 6 de diciembre, temerosos ante el regreso de la vieja política de la IV República que tanto sufrimiento social acarreó. Por otra parte, está por ver cómo responderían los cientos de miles de jóvenes que cada año se incorporan al censo electoral ante un político que representan más el pasado que el futuro y no sólo por la edad.