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El 18 Brumario de Luis Bonaparte es una obra de 1852 en la que Marx intentó exponer cómo y por qué se había producido el Golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 en París, perpetrado por Luis Bonaparte -sobrino de Napoleón Bonaparte quien antes, el 9 de septiembre de 1799, había dado otro Golpe de Estado. Decía entonces, parafraseando a Hegel, que “la historia se repite dos veces” y agregaba, “pero la primera vez como tragedia y la segunda como farsa”.

El espíritu del Brumario recorre Paraguay

El 25 de agosto de 2016 parecía claro que buscar incluir la posibilidad de la Reelección por la vía de la Enmienda Constitucional ya estaba agotado. El artículo 290 de la Constitución Nacional plantea que “Si en cualquiera de las Cámaras no se reuniese la mayoría necesaria para su aprobación, se tendrá por rechazada la enmienda, no pudiendo volverse a presentarla dentro del término de un año”. Y, como para dentro de un año ya estarían convocadas las Elecciones Generales de 2018, parecía obvio que la Reelección ya estaba muerta.

Pero, lentamente, la realidad política paraguaya se encargó de demostrar que aquello que parecía muerto, solamente había trasmutado en un zombi, cual ficción postapocalíptica retratada en la afamada serie televisiva The Walking Dead. Y es que las pretensiones reeleccionistas de Horacio Cartés (H.C.) y Fernando Lugo los convertirían en los nuevos Walkers* de la política nacional, resucitando el proyecto de Enmienda Constitucional con artilugios interpretativos gramaticales.

¿Pero si la Constitución Nacional es tan clara, cómo es posible que, a pesar de su aparente claridad con relación a la imposibilidad de volver a tratar la Enmienda en el periodo de un año, el tema se siga tratando y tenga posibilidades reales de ser aprobado?

La Reelección como Plan B que se presenta como Plan A.

Los tres grandes actores políticos en torno a quienes se acumulan y agrupan las principales fuerzas con miras a las elecciones del 2018 (el cartismo, el luguismo y el Liberalismo) tienen en su gran fortaleza su gran debilidad. Todos los actores jugaron, coquetearon y especularon con la posibilidad de la habilitación de la Reelección, pero siempre dio la impresión que el mito de la Reelección no pasaba de ser sólo un mito aglutinador.

Horacio Cartes y su Nuevo Rumbo

Llegó al Gobierno en agosto del 2013 aunque, claramente, se convirtió en el factótum de la política paraguaya con su papel en la destitución de Fernando Lugo en junio del 2012. Su proyecto de restauración conservadora estaba enmarcado en el objetivo de reconfigurar el Estado nacional y la economía para ponerlos al servicio del gran capital transnacional por la vía de una serie de dispositivos legislativos y líneas gubernamentales, como la llamada Alianza Público-Privada y la política de hiperendeudamiento fiscal. Pero también -y fundamentalmente- consolidar a un nuevo grupo de poder económico, el surgido al calor de los “border business”, como el nuevo sector económicamente dominante; y construir, así, un país a su imagen y semejanza.

Horacio Cartes es tratado por gran parte de la prensa y por los principales líderes de la oposición como una persona tosca, torpe y de poca formación, cuya única fortaleza sería la interminable cantidad de dígitos de sus cuentas bancarias. Pero, a pesar de esa apariencia, está demostrando ser el Presidente de la República que más lejos está llegando en su intento de instaurar una nueva hegemonía en la dirección política y económica del país desde la caída de la Dictadura del Gral. Alfredo Stroessner en 1989.

Es en este marco que H.C. sostenía el relato de la reelección como un mito que le permitiría mantener la disciplina de su base de sustentación parlamentaria y social con la expectativa de continuidad más allá del 2018. La posibilidad de que H.C. sea reelecto constituyó el principal disuasor para evitar fugas y fragmentaciones internas. Hasta hace pocas semanas, la reelección era su Plan B, pues aunque tenía la apariencia de ser su Plan A -por la estética de sus discursos y los de su entorno- era claro que no tenía los números necesarios para conseguir la modificación de la Constitución.

El luguismo y el Mito del Eterno retorno

Para mayo de 2012, el Gobierno de Fernando Lugo había perdido ese encanto seductor de los primeros tiempos: no se consiguió generar una identidad con los intereses de los sectores populares al punto que, en el campo de las organizaciones sociales, se miraba ese Gobierno como ajeno y distante. Lugo había navegado con viento favorable beneficiado por el ciclo de híper crecimiento de las commodities, pero no realizó ninguna de las reformas que pudieran generar una alianza de clases con los sectores subalternos y construir así una base de sustentación popular más allá del statu quo del sistema político formal.

En ese entonces Lugo, acosado por una campaña de demolición mediática y un hostigamiento cada vez más enconado por parte del Parlamento, quedó atrapado en la situación intentando resolver el impasse en clave de política formal: la famosa búsqueda de los reacomodos palaciegos y de distribución de espacios de poder para restablecer la paz burocrático-estatal. La perspectiva de trasladar la lucha por la gobernabilidad a la calle y convertir a las masas en protagonistas y sujeto de la política, le era totalmente ajenas. Su gobierno había entrado en una etapa hiper defensiva, de desgaste y desorientación.

El “golpe parlamentario” de junio del 2012 lo convirtió en víctima ante grandes sectores de la sociedad y la comunidad internacional. Su actitud dubitativa, errática e irresoluta hicieron que el gran malestar contra los golpistas no pudiera traducirse en una propuesta política callejera, ni electoral, de contestación clara y contundente.

En el actual gobierno el nuevo ciclo recesivo de la economía regional y su inevitable impacto en la economía nacional -conjugado con la política elitista y antipopular de Cartes-, hicieron que la nostalgia por un gobierno que, a pesar de sus errores, mostró un rostro más preocupado por “lo social” -y ante la ausencia de una alternativa de poder clara en la oposición- vaya acrecentando el mito del retorno de Lugo.

Los sectores políticos luguistas tuvieron largo tiempo un dilema existencial: Lugo es el único aglutinador y unificador de fuerzas que, si quedaran a su libre arbitrio, se consumirían en brutales luchas fratricidas y no conseguirían montar una plataforma electoral propia con chances de ocupar todo el espectro que hoy ocupan. El mito de la reelección estuvo claramente orientado al servicio de unificar y cohesionar a su base social en torno a la figura del “retorno del mesías”, pero a sabiendas de que es imposible su reelección por estar constitucionalmente prohibida. La estrategia fue entonces construir la imagen de la víctima a quien la oligarquía ya había robado el poder en el 2012 y que se ensañarían con él en el 2018. Fernando Lugo, el mesías perseguido, podría ungir así a su vicario para que pudiera vengar esa injusticia pidiendo el voto para su equipo y, así, seguir en la teoría de la “acumulación de fuerzas” que -por una operación de sumatoria de crecimiento- lo convertiría alguna vez en mayoría electoral. Así las cosas, para el luguismo, al igual que para el cartismo, el relato de la reelección siempre fue su Plan B, aunque lo presentaran como su Plan A.

El liberalismo y su bicefalia fraticida

Un aforismo popular reza que el peor enemigo de un liberal no es un colorado, sino que es otro liberal. La brutal guerra sin cuartel entre los dos principales líderes del Partido Liberal -por un lado, el hoy Presidente del Partido, Efraín Alegre y el Senador Blas Llano no tiene como motivación una confrontación ideológica o programática, sino que es la simple guerra por el control del aparato del partido como plataforma electoral que le permita hacerse con la posibilidad de acceder al Estado.

Antes que buscar una unidad interna, la dinámica dentro del liberalismo se convirtió en la búsqueda del favor de Lugo coqueteando con él y mostrándose abierto a “discutir” su candidatura a sabiendas de que eso era una simple pose políticamente correcta. El “efrainismo”, que controla la legalidad partidaria, se dedicó a perseguir de manera criminalizante a su oposición representada en el “llanismo”. El llanismo, una vez disminuido y arrinconado -pero conservando muchas fuerzas- se vio arrinconado por un oficialismo cada vez más intolerante y hoy recurre a una jugada extrema para intentar sobrevivir en su lucha interna.

Cuando el Plan B se convierte en Plan A

Si la modificación constitucional era el Plan B, aunque se presentaba como Plan A, se debía básicamente a que ni el cartismo ni el luguismo tenían los votos suficientes en el Congreso para modificar la Constitución. Sin embargo, la guerra a muerte dentro del Partido Liberal hizo saltar por los aires la precaria unidad y empujó al llanismo a una jugada desesperada que tuvo dos objetivos: ganar fuerzas externas que le coadyuvaran en su guerra interna contra el liderazgo de Efraín Alegre y estructurarse con un proyecto electoral con chances de convertirlos en protagonistas para el 2018. A esta jugada se le podría aplicar la popular frase “matar dos pájaros de un tiro”. Los votos del llanismo en el Congreso eran el elemento que faltaba para convertir el Plan B de la reelección en Plan A.

Una serie de acciones repentinas que evidenciaban un nuevo acuerdo de a tres se presentaron ante la sociedad paraguaya que, sorprendida, se mostró confusa. Este nuevo acuerdo entre los otrora archienemigos Horacio Cartes y Fernando Lugo fue apadrinado por el llanismo, que goza de vasos comunicantes con ambos sectores. Este nuevo bloque consiguió construir, por primera vez, una posibilidad real y concreta de modificar la Constitución nacional después de un cuarto de siglo de existencia.

Las crónicas de jugar con fuego y terminar incinerados, o el Brumario de Epifanio y el Sobrino

Epifanio Méndez Fleitas fue uno de los grandes hombres de la historia paraguaya; político, artista, economista y referente fundamental del Partido Colorado, además de gran admirador del proyecto político de Perón. A finales de la década del ´40, bajo el gobierno provisorio de Federico Chávez ganó mucha popularidad y llegó a constituirse en una especie de referente nacional de esa visión política que en el vecino país estaba ganando terreno.

Las tensiones con el gobierno de Federico Chávez hicieron que Epifanio se convirtiera en uno de los principales conspiradores para urdir un plan para su derrocamiento. Así, buscaron a alguien que tuviera mucho poder, pero que fuera manejable; una persona tosca, torpe y de poca formación, cuya única fortaleza sería la de tener mando de tropa sobre las fuerzas armadas. Recurrieron al Gral. Stroessner, bajo la creencia de que le estarían usando para desplazar a Federico Chávez y que una vez establecido el nuevo Gobierno provisorio, Epifanio -que para ese entonces gozaba de una gran popularidad- sería el gran ganador, haciéndose con el control del Partido y del Gobierno.

Pero aquel General del ejército “tosco, torpe y de escasa formación” se instaló en el poder en 1954 y sólo fue desalojado con la dialéctica de los cañones en una gesta libertaria en febrero de 1989. Por otro lado, el popular Epifanio fue expulsado al exilio en 1955. Pobre y solitario, murió lejos de su patria en 1985. Una verdadera tragedia nacional que cubrió de desgracia al Paraguay por 35 años.

Hoy, 2016, el sobrino de Epifanio, Fernando Lugo Méndez, se siente victorioso porque existe la posibilidad de habilitar la reelección nacional gracias a un pacto con el cartismo. En el luguismo dicen que, con la popularidad de su líder, las chances de Horacio Cartes en unas nuevas elecciones son nulas, pues H.C. es “una persona tosca, torpe y de poca formación, cuya única fortaleza sería el dinero”. La ingenuidad del luguismo de creer que están utilizando al cartismo, y no entender que el proyecto de restauración conservadora de Cartes se forjó al fragor del fuego de los códigos del “border business” es condenarnos a que tengamos que volver a citar a Marx cuando decía que “la historia se repite dos veces, pero la primera vez como tragedia y la segunda como farsa”.

 

*              Denominación utilizada en la serie para denominar a los muertos vivientes