El debate y la confrontación generados en torno a la Reforma Previsional durante diciembre del 2017 en Argentina, definieron un punto de inflexión en el escenario político. Por un lado, se puso en tela de juicio el nivel de fortaleza del proyecto de poder de Cambiemos, relativizando, a su vez, la eficacia todo terreno de la “industria de la posverdad”.

Por otra parte, la articulación opositora entre el ‘palacio y la calle’, que hizo tambalear la aprobación del proyecto de ley, posibilitó una potente unidad de acción con un marcado carácter antineoliberal, que abre interesantes perspectivas.

Arrebatar conquistas populares trae consecuencias

En octubre de 2017, el Gobierno de Cambiemos salió airoso de las elecciones de medio término. Sobre esa victoria electoral, intentó construir una narrativa de omnipotencia para poder llevar adelante la transición del gradualismo hacia posturas más agresivas en materia económica.

En ese marco, el Gobierno de Mauricio Macri puso en marcha un paquete de leyes, reformas fiscales y tributarias, reforma previsional y laboral. Medidas pro-mercado que creyeron serían sancionadas sin demasiado costo político. Pero se encontraron con un obstáculo que se fue convirtiendo en una encerrona frente a las resistencias.

Si bien se aprobaron las reformas fiscales y tributarias, que no es un dato menor, el Gobierno fue obligado a sacar de temario – hasta principios de 2018- la ley de flexibilización laboral, y sufrió un altísimo desgaste con el tratamiento de la reforma previsional, donde obtuvo una victoria pírrica.

Esta ley de despojo a los jubilados y jubiladas, que en Argentina son cerca del 98 % de las personas mayores de edad, despertó en el ideario colectivo un nivel de rechazo que se fue agudizando durante su tratamiento en la Cámara de Diputados. No fue suficiente para evitar el costo político la media sanción sin problemas en la Cámara de Senadores, ni el sometimiento –vía extorsión– a los gobernadores, para que sus parlamentarios acompañen la ley, ni la seducción a dirigentes políticos y sindicales “dadores de gobernabilidad”.

La dificultad del Gobierno para reunir consensos frente a este tema, se evidenció días antes de su tratamiento, con la razzia desatada contra ex funcionarios kirchneristas. Se produjeron detenciones masivas de dirigentes políticos,  con causas infundadas y haciendo abuso de la figura de la prisión preventiva. También se solicitó la detención de la actual senadora Cristina Fernández de Kirchner.

Por esos días, además, se intensificó la campaña de persecuciones a dirigentes sindicales que no se subordinan a la Casa Rosada. El amedrentamiento y las detenciones arbitrarias tuvieron como objetivo dar un mensaje disciplinario, pero dejaron al descubierto la falta de consenso.

El Gobierno, en sociedad con un sector del Poder Judicial, hizo una demostración orientada a exhibir fortaleza, pero, en realidad, desnudaba una muestra de su debilidad política. La falta de consenso manifiesta, en general, la ausencia de hegemonía y a esta carencia no la sustituyen, con el mismo grado de efectividad, altas dosis de autoritarismo.

Es sabido que el proyecto de la derecha tiene como una de sus pretensiones legitimantes la necesidad de deshistorizar, negando, tergiversando, o estigmatizando una parte de la historia para construir su propia narrativa.

En esa búsqueda – embriagados por la autopercepción de un poder que evidentemente no tenían – soslayaron la potencia simbólica que conquistas sociales estructurales, como las previsionales o las laborales, tienen para el pueblo argentino.

El debate por la reforma previsional puso en diálogo esa memoria social, con la pérdida concreta que va significar el nuevo cálculo con respecto a la Ley de movilidad jubilatoria, sancionada durante el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. En el caso de las jubilaciones mínimas, la pérdida equivale a un mes de haberes al año.

La discusión previsional operó en espejo con el intento de Macri de avanzar con la reforma laboral, ambos temas se potenciaron y pusieron en efervescencia al movimiento popular. No se pueden analizar los acontecimientos de diciembre sin tener en cuenta la gravitación de estas temáticas en el sistema nervioso central del pueblo argentino.

Se trata de temas estructurales, triunfos populares en algunos casos recientes, como los 3.500.000 nuevos jubilados y jubiladas, la movilidad con dos aumentos anuales y, en el tema laboral, la recuperación de 5 millones de puestos de trabajo y las paritarias libres. Están tan frescas en la memoria del pueblo argentino estas conquistas, que, al tocarse ese nervio tan sensible, se produce una respuesta virulenta.

En diciembre se conjugaron, por lo tanto, condiciones de disponibilidad histórica, tanto objetivas como subjetivas, que permitieron la apertura de un poderoso frente de batalla. Se unieron en el palacio y la calle actores políticos, sociales y sindicales que enfrentaron al Gobierno de Macri desde el minuto cero con otros que, durante los dos últimos años, tuvieron un comportamiento errático e incluso, algunos que apostaron a acuerdos de coexistencia.

¿Por qué se produjo esta articulación potente y heterogénea en diciembre? Creemos que hay algunas respuestas en las debilidades del proyecto económico de Cambiemos y también en los magros resultados electorales de las terceras vías (los grandes derrotados de octubre).

La respuesta más relevante hay que buscarla en el proceso de repolitización y empoderamiento de millones de personas, principalmente jóvenes, durante la “década ganada” (con su prolegómeno en aquel diciembre de 2001), que nutrieron comisiones internas, sindicatos, centros de estudiantes, al movimiento de mujeres, a los movimientos sociales y de derechos humanos; que llenaron y llenan plazas, que se forjaron en un clima de ideas de transgresión, de rebeldía, en una cultura que subvierte los patrones establecidos.

Repolitización, como la asunción consciente de múltiples derechos, materiales y simbólicos, que significó para millones de sujetos la obtención de aquello que el sociólogo británico Daniel James definió como “status de ciudadanía”, al referirse al empoderamiento de la clase obrera durante los gobiernos de Perón de 1946-55. Este fenómeno tiene una profundidad de tal magnitud, que la industria de la posverdad no puede invisibilizar por mucho tiempo.

Esa fuerza motriz opera en forma subterránea, como el viejo topo del Hamlet de Shakespeare, que Marx introdujo en el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Va “hozando la tierra” y provocando turbulencias que durante un tiempo permanecen ocultas, pero que cuando se tocan fibras sensibles emergen y tienen la energía de un tsunami.

Esta potencia atraviesa e impregna al conjunto de los actores políticos y sociales, fluye por los intersticios de la sociedad, condicionando su comportamiento. Influye sin distinción, opera sobre propios y extraños. Obliga a jugar, a tomar posición, a definirse. Tiene una fuerza centrípeta que arrastra a los actores hacia uno de los polos en pugna y deja arando en el vacío a los que apuestan por los grises, reafirmando la polarización entre dos polos antitéticos.

Por un lado, el polo neoliberal, con Macri/Vidal como exponentes públicos y el complejo mediático-judicial-económico como soportes político-ideológicos, y, por otro, el vasto campo nacional popular democrático, que tiene un claro perfil antineoliberal, con CFK como referencia más destacada pero no totalizante, el kirchnerismo como la parcialidad más enérgica y a un sujeto diverso, en construcción dinámica, compuesto por dirigentes sindicales combativos, regionales, que rebasan a sus sindicatos, movimientos sociales, viejos militantes, diversos liderazgos, distintas fuentes ideológicas o credos partidarios. Auto definidos como kirchneristas, peronistas, de izquierda, o una combinación de todos o algunos de ellos. Y central y transversalmente millones de jóvenes.

Esta tensión entre polos diluye las avenidas del medio. Excepto para algún intelectual u opinador sin obligaciones políticas, Corea del Centro es una quimera. El producto de la “pesada herencia” también es una generación sin miedos paralizantes, que la represión del jueves 14/12 en el Congreso no intimidó y que, como respuesta, rebasó las calles el lunes posterior y, después de otra dura represión, salió con las cacerolas en la noche a llenar nuevamente las plazas.

A su vez, los acontecimientos de diciembre también impactaron en el frente interno del Gobierno, que encontró descontentos en parte de su propia base social (la menos radicalizada) por la combinación de ajuste a los jubilados y la represión descontrolada.

Es cierto que la fragilidad puede ser circunstancial porque los procesos son dinámicos, y no menos cierto lo que señalan algunas opiniones sobre que la estrategia de Cambiemos es ajustar pagando costos con el capital electoral cosechado y recuperar capital político de cara a las próximas elecciones presidenciales.

Este argumento es atendible, pero las huellas de los daños causados, si no se reparan a tiempo o se les encuentra una explicación convincente, tienden a convertirse en heridas más grandes. Por ahora, la industria de la posverdad no estaría siendo efectiva en este caso. Los sucesos de diciembre marcaron, por lo pronto, no un punto de quiebre, pero sí un punto de inflexión que puso en evidencia la fragilidad del proyecto de Cambiemos.

¿Surge un frente opositor? No hay 2019 si no hay victorias en 2018

Sin duda, uno de los datos más relevantes de las jornadas de diciembre fue la articulación de varios sectores políticos en la Cámara de Diputados, que dificultaron al oficialismo lograr una victoria sin contratiempos.

Si bien el oficialismo pudo recoger, en la segunda intentona, el apoyo de diputados que responden a los gobernadores pertenecientes mayoritariamente al Partido Justicialista y obtener un triunfo por pocos votos, lo novedoso fue que bloques como el de Sergio Massa o diputados como Diego Bossio (colaboradores del oficialismo en la sanción de leyes emblemáticas como la autorización para tomar deuda y pagarle a los fondos buitres) fueron, esta vez, parte del conglomerado opositor a la reforma previsional, que tiene como vértice articulador al bloque que responde a CFK y comanda Agustín Rossi.

Este carácter de eje articulante al bloque FPV no responde solamente a la superioridad numérica en la Cámara baja (dentro del mundo opositor), sino que es también el resultado de la persistencia de una actitud opositora y confrontativa desde el minuto cero de la gestión de Cambiemos.

¿Existe algún elemento explicativo dominante que ayude entender el motivo de esta novedosa articulación? Seguramente haya varios, pero la sensibilidad social que despertó el intento del Gobierno de arrebatar conquistas tan emblemáticas, es una pieza explicativa central. También lo es la expertiz del nuevo jefe de bloque del FPV y, seguramente, las reuniones e intentos de conciliación para fijar una estrategia común hayan incidido.

Pero creemos que ninguna unidad es posible en abstracto, y en este caso vale la pena subrayar algunos elementos: las derrotas electorales de las opciones moderadas, la elección de CFK como senadora con 3.700.000 votos y las turbulencias dentro del movimiento obrero donde cientos de miles de trabajadores, de los millones incorporados al mercado laboral en las gestiones de 2003-2015, actúan como una bomba de presión sobre las estructuras orgánicas de los sindicatos, empujando a niveles de resistencia cada vez más altos.

Estos elementos tienen una fortaleza explicativa notoria. Dichos factores convergieron y crearon las condiciones para lograr la unidad. A eso se sumó la predisposición al diálogo, por cierto, necesario entre dirigentes.

Los sucesos de diciembre son producto de una acumulación de factores, también de las tensiones dentro del campo popular y sus resultados. Hubo en estos años un sector de la oposición que apostó a la confrontación frente al programa neoliberal que impulsó Cambiemos y logró imponer su política frente a otro sector que apostó a los acuerdos de gobernabilidad.

De los resultados y los aprendizajes se desprende que la oposición debe ser claramente antineoliberal y confrontativa, y, a su vez, permitirse articular lo diverso sin caer en dogmatismos, ni comportamientos que limiten articulaciones amplias y heterogéneas.

La necesidad de construir un frente electoral opositor, de cara a las elecciones presidenciales de 2019, empieza a cobrar fuerza. Pero estimamos que las características de esa coalición, su volumen y sus posibilidades concretas de realizarse dependen de lo que pase este año, y de la intensidad y los resultados que arrojen la puja política, social y principalmente la laboral/sindical.

El escenario electoral va a estar condicionado por el resultado de las tensiones y las confrontaciones del 2018. Si el Gobierno logra imponer su programa sobre la derrota del campo popular, las condiciones de disputa serán favorables a la derecha y un sector opositor volverá a la idea de la moderación.

Si, por el contrario, la lucha del Gobierno contra el salario encuentra resistencias que le impidan avanzar a la velocidad que necesitan, el escenario será otro. Cada victoria popular pavimentará el camino hacia un 2019 auspicioso. La suerte del frente opositor dependerá en buena medida de la dinámica de esta confrontación.

Los que piensan que solo con el kirchnerismo alcanza, cometen un error, los que imaginan esa coalición opositora pensando que es posible y/o necesario dejar “afuera” a CFK están pensando con el guión de una novela de ciencia ficción.

Por lo pronto, Macri decidió suspender el llamado a sesiones extraordinarias al Congreso hasta febrero, eso quiere decir que la ley de reforma laboral que pensaban sancionar rápidamente, sufrió los efectos de diciembre. Otro efecto es la firma del mega decreto para avanzar con el plan de ajuste saltándose la instancia parlamentaria.

Ambos temas muestran síntomas de debilidad. En el medio anunciaron un brutal aumento de tarifas y que las paritarias no podrán superar el 15 %, cuando la inflación va a superar otra vez los 20 puntos.

Esto en medio de un endeudamiento geométrico que pone a Argentina dentro de los tres países con mayor fragilidad externa. El Gobierno, por su condición de clase, tiene que profundizar el ajuste, ese es su camino. La oposición ya experimentó cuál es el suyo. El resultado de esa confrontación dibujará los escenarios futuros.