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@paquinoez

En contraste con los acuerdos que dominaron la era anterior a la década de 1980, los acuerdos comerciales contemporáneos van mucho más allá de simplemente procurar el desmonte de aranceles y cuotas a las importaciones. En realidad, cubren un amplio espectro que incluye aspectos relativos a las inversiones, estándares regulatorios, al sector bancario y financiero, y a la propiedad intelectual, entre muchos otros.

En este contexto, en un artículo reciente, Rodrik (2018) sugiere observar -desde la perspectiva de la economía política- que los acuerdos contemporáneos suelen estar ampliamente motivados y moldeados por intereses de ciertos sectores antes que por intereses colectivos. Pueden, por tanto, terminar beneficiando a individuos y a grandes empresas con amplia influencia política, como bancos, farmacéuticas, transnacionales, etc. Además, al estar pensados en el beneficio específico de ciertos sectores, estos acuerdos pueden terminar reduciendo el bienestar a nivel general, causando efectos redistributivos no deseables y produciendo un resultado, en general, mucho menos eficiente que antes -aún si logran incrementar el comercio y la inversión-. Bajo tales circunstancias, los tratados de libre comercio se terminan distanciando de la idea real del libre comercio, que es la que en realidad utilizan los economistas y políticos para justificar la suscripción de tales acuerdos.

En este marco, en un artículo anterior, se discutieron algunos de los potenciales riesgos que implicaría para el Ecuador la suscripción de un tratado de libre comercio (TLC) con los Estados Unidos, su principal socio comercial. Se tomó, además, el ejemplo de algunos países de la región para evaluar los efectos que han tenido los acuerdos de este tipo. Ahora, también utilizando casos de estudio de la región, profundizaremos en aspectos relativos a la propiedad intelectual, a los flujos de capital y a los flujos comerciales, con el fin de dar más luces en cuanto a los desafíos que un país como Ecuador podría enfrentar de cara a una eventual firma de un TLC con EE. UU.

Los flujos comerciales

Con la suscripción de un acuerdo que, en teoría, debería derribar las barreras al comercio, se esperaría un crecimiento del intercambio entre los signatarios. Sin embargo, para varios países latinoamericanos, esto ha ocurrido de forma asimétrica. Ello quiere decir que las importaciones han crecido en mayor medida que sus exportaciones hacia EE.UU. La Figura 1 muestra la balanza comercial (es decir, la diferencia entre exportaciones e importaciones) de Chile, Colombia, México y Perú con los Estados Unidos. Chile tiene en vigencia un TLC con EE. UU. desde el 2004, Perú desde el 2009 y Colombia desde el 2012. Sus balanzas comerciales con los Estados Unidos, antes positivas, han acumulado varios años de resultados negativos, incrementando estos países sus necesidades de financiamiento. México, cuyo TLC con EE. UU. y Canadá entró en vigor en 1994, es el único país cuya balanza comercial ha sido positiva durante todo el nuevo milenio. En este caso, sin embargo, el dinámico sector exportador ha sido incapaz de conectarse apropiadamente con el resto de la economía mexicana, una frecuente crítica al TLCAN.

Figura 1. Balanza comercial de 4 economías latinoamericanas con Estados Unidos.

Figura 1. Balanza comercial de 4 economías latinoamericanas con Estados Unidos.

Fuente: International Trade Centre (2018)

Pero no sólo han existido resultados negativos en la balanza comercial con EE. UU., sino que, casi de manera general, se ha acentuado el patrón de dominancia de las exportaciones primarias (es decir, de materias primas) y de importaciones de bienes con mayor valor agregado, lo que profundiza la dependencia de las economías en vías de desarrollo. Las Figuras 2, 3, 4 y 5 muestran la composición de las importaciones y de las exportaciones de los cuatro países estudiados hacia Estados Unidos. Como se puede apreciar, Chile, Colombia y Perú exportan hacia EE. UU. bienes eminentemente primarios (animales, productos animales y productos vegetales, minerales, etc.), un patrón que se ha mantenido -y hasta acentuado- a partir de la firma de sus TLC. Por el contrario, importan bienes industrializados (maquinarias, eléctricos y transporte, químicos e industrias afines, etc.) y también una creciente cantidad de bienes primarios y con mediano valor agregado, lo que en principio puede representar un peligro para las incipientes industrias locales. La volatilidad de los precios de las materias primas es un problema adicional que afecta a la región, altamente dependiente de las exportaciones primarias.

La única excepción al panorama presentado es, quizá, México, que exporta una cantidad considerable de bienes con alto valor agregado. Sin embargo, tal como se señaló y como detalla Alba (2003), el problema es que en este país, a diferencia de las grandes multinacionales, la mayoría de las pequeñas empresas no se han visto beneficiadas por el tratado de libre comercio pues “no logran articularse al auge exportador y dependen de un mercado interno aún deprimido”.

Figura 2. Composición del comercio de Colombia con Estados Unidos (en dólares)

Figura 2. Composición del comercio de Colombia con Estados Unidos (en dólares)

Fuente: International Trade Centre (2018)

Figura 3. Composición del comercio de Perú con Estados Unidos (en dólares)

Figura 3. Composición del comercio de Perú con Estados Unidos (en dólares)

Fuente: International Trade Centre (2018).

Figura 4. Composición del comercio de Chile con Estados Unidos (en dólares)

Figura 4. Composición del comercio de Chile con Estados Unidos (en dólares)

Fuente: International Trade Centre (2018).

Figura 5. Composición del comercio de México con Estados Unidos (en dólares)

Figura 5. Composición del comercio de México con Estados Unidos (en dólares)

Fuente: International Trade Centre (2018).

El caso ecuatoriano no dista mucho de la realidad presentada en términos de la composición de sus exportaciones e importaciones a EE. UU.: a 2017, cerca del 57% de sus exportaciones correspondían a minerales, casi todos ellos aceites crudos de petróleo o material bituminoso; mientras que, el 36% de sus importaciones corresponden a maquinarias, eléctricos y transportes, químicos e industrias afines, plásticos y caucho; y cerca del 47% a minerales, mayoritariamente derivados procesados del petróleo.

Barreras no arancelarias

Adicionalmente, debe considerarse que el reducir aranceles a las importaciones no necesariamente significa que todas las barreras al comercio en realidad desaparezcan. Existe una cantidad considerable de medidas que pueden actuar como barreras no arancelarias, es decir, medidas que, si bien no tienen la forma de un arancel, restringen el comercio. Las normas técnicas y las licencias obligatorias son ejemplos de ellas. Los Estados Unidos suelen aplicar estándares regulatorios altamente estrictos, limitando la entrada al mercado norteamericano de varios productos bajo criterios que pueden señalarse como unilaterales.

Por ejemplo, un estudio contratado por el Ministerio de Comercio Exterior del Ecuador determinó que los 27 productos priorizados por esa entidad para la exportación de ese país hacia Estados Unidos, están cubiertos por 30 medidas no arancelarias que tienen que ver con obstáculos técnicos al comercio (requisitos sanitarios y fitosanitarios, contingentes arancelarios para productos agrícolas, registro de importadores o producto y otros, relacionados a temas ambientales). Una reducción o eliminación de aranceles al comercio no eliminaría estas barreras.

Derechos de propiedad intelectual

En lo que se refiere a derechos de propiedad intelectual, los Estados Unidos suelen exigir en sus negociaciones de acuerdos comerciales reglas mucho más estrictas a las adoptadas en la Ronda de Uruguay. Las TRIPs (Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio, ADPIC, en español) y las subsecuentes TRIPs+ han sido frecuentemente criticadas por el hecho de que demandan la concesión de beneficios monopólicos para las compañías provenientes de países desarrollados en los mercados de países en vías de desarrollo. Ello limita el desarrollo tecnológico, industrial, farmacéutico, etc., además de las opciones de consumo en los países menos desarrollados. Una explicación detallada al respecto puede encontrarse aquí.

Bajo esta normativa, los consumidores terminan pagando precios más altos y las compañías extranjeras que los fabrican reciben rentas (monopólicas) mayores. En pocas palabras, bajo el marco de las TRIPs, existe una transferencia de rentas desde los países en vías de desarrollo hacia los países desarrollados. Las ganancias de estos últimos son, en realidad, las pérdidas de los países pobres: no existe el “ganar-ganar” que, en teoría, implica el libre comercio (Rodrik, 2018).

Las economías de nuestra región dependen ampliamente de la tecnología e investigación proveniente de los países desarrollados. Su integración en la economía global bajo condiciones desiguales no hace más que acentuar ese patrón. Si revisamos, por ejemplo, los pagos por uso de propiedad intelectual al extranjero (con relación al PIB) que han realizado nuestras economías bajo estudio, notaremos que éstos han mantenido un sostenido crecimiento en las últimas décadas en Colombia, Chile y Perú; mientras que en México han disminuido. Por otro lado, los ingresos por el uso de propiedad intelectual (con relación al PIB) han ido decreciendo, comparados con los ingresos de los años anteriores a la suscripción de los TLC en Colombia, Chile y México. Perú es el único país de los estudiados donde esto no ha sucedido. Además, si comparamos los pagos con los ingresos provenientes del extranjero por uso de propiedad intelectual, la diferencia es considerable. Por ejemplo, en 2016 Colombia pagó un equivalente al 0.16% de su PIB y recibió un equivalente al 0.02%; Chile pagó un equivalente al 0.64% de su PIB y recibió un equivalente al 0.02%; y, Perú pagó un equivalente al 0.17% de su PIB y recibió un equivalente al 0.005%, según cifras del Banco Mundial (2018).

Flujos de capital

Otro inconveniente surge con la capacidad de controlar los flujos internacionales de capital. Tal como menciona Rodrik (2018), desde sus tratados de libre comercio con Singapur y Chile a inicios de la década pasada, los EE. UU. han adoptado como regla que en sus acuerdos comerciales se incluya la apertura a los flujos de capital. Esto sucede en un contexto moldeado por recurrentes crisis asociadas a la globalización financiera en la que, con cada vez mayor fuerza, se cuestiona la excesiva libertad en los flujos internacionales de capitales. El hecho de que tales restricciones al control de los flujos de capital exigidas por los EE. UU. apliquen incluso en tiempos de crisis macroeconómica y financiera, ha llamado la atención hasta en el Fondo Monetario Internacional.

Los Tratados Bilaterales de Inversión, contra los que Ecuador libró una cruzada en los últimos años, representan otro potencial riesgo, pues bajo el argumento de brindar seguridades a inversores extranjeros, terminan otorgando a estos la capacidad de demandar a los Estados en tribunales especiales de arbitraje por políticas que reduzcan sus ganancias.

Algunas reflexiones finales

Queda claro que los tratados de libre comercio no pueden ser analizados sin antes mirar la política detrás de éstos y haber comprendido las dramáticas diferencias entre lo que un TLC realmente entraña y la idea del libre comercio.

Ante las experiencias vividas por varios países latinoamericanos y el creciente cuestionamiento académico al respecto, cabe preguntarse cuán rentable y necesario es en realidad para el Ecuador el suscribir un TLC con Estados Unidos. ¿Será el país en su conjunto el que se beneficie o solamente ciertas élites interesadas?

En la primera parte de esta entrega nos preguntamos sobre lo qué pasaría con la balanza comercial ecuatoriana, que ya de por sí es negativa, ante un acuerdo comercial como el aquí estudiado. Nos preguntamos, además, sobre el campo de acción que le quedaría al país en materia de política económica si el margen de maniobra en política comercial se reduce cada vez más. También sobre las perspectivas que tendrían las agrupaciones de la economía popular y solidaria, los agricultores y pequeños productores al competir con sus pares norteamericanos, mucho más productivos, con mayor tecnología y recursos. Deberíamos preguntarnos, además, sobre la conveniencia de aceptar nuevas (y ampliamente cuestionadas) reglas sobre propiedad intelectual que, a todas luces, amenazan a la idea de cambio de la matriz productiva, profundizan la dependencia y perjudican a los consumidores nacionales en sectores tan sensibles como el farmacéutico. De la misma forma, valdría cuestionarse sobre los riesgos que entraña la excesiva liberalización de los flujos internacionales de capital y sobre las dificultades que la incipiente industria nacional experimentaría.

Para finalizar, una nota de cautela debe ser enunciada. Los casos estudiados han dado mucha claridad al debate; sin embargo, debe aclararse, que no podríamos establecer relaciones de causalidad sin realizar un estudio mucho más profundo. Es complejo asumir que todo lo observado en materia comercial, de flujos de capital, etc., sea atribuible exclusivamente a la firma de un tratado de libre comercio. Sin embargo, considerando que estos encajan perfectamente con la aplicación de políticas económicas de corte neoliberal a un nivel más general, la comparación entre el escenario anterior y posterior a la suscripción de los acuerdos, así como la comprensión del escenario regional, son un ejercicio bastante factible para brindarnos una perspectiva clara sobre lo acontecido.

Referencias

Alba, C. (2003). México después del TLCAN. El impacto económico y sus consecuencias políticas y sociales. Foro Internacional, 43(1), 141–191.

Banco Mundial. (2018). World Development Indicators. Retrieved from http://databank.worldbank.org

International Trade Centre. (2018). Trade Map – International Trade Statistics. Retrieved from http://www.trademap.org

Rodrik, D. (2018). What Do Trade Agreements Really Do? (NBER Working Paper No. 24344). https://doi.org/10.3386/w24344

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