I

Cada vez más comunicarse con otro depende menos de la corporalidad que del acceso al dispositivo. Desde la alegoría de la caverna de Platón, sucumbir a la representación constituye el primer grado de conocimiento de los seres humanos, el más banal, proporcionado por los sentidos. Los que permanecen en  este estado viven en un “mundo sensible” fundamentalmente sin conciencia social. En éste aspecto la virtualidad no es novedosa.

Antiguamente, el potencial de la virtualidad residía en la imaginación, en las ideas y creencias.  Hoy en día, la tecnología revolucionó ese potencial y nos brinda la posibilidad de reconstruir la imaginación, convirtiendo nuestras ideas en una realidad visual. Un nuevo medio de relación se erige como  un espacio de comunicación atemporal que reproduce representaciones de lo que se realiza con normalidad en las relaciones cara a cara. La posibilidad de construir comunidades virtuales,  espacios no físicos y atemporales, de interacción humana es el gran legado de las nuevas tecnologías de la comunicación.

II

Nuestras identidades se conforman desde posiciones vulnerables y dependientes de los demás. Dicha vulnerabilidad frente a las demás personas, se basa en la pérdida real o potencial de elementos materiales y de reconocimiento social que sostengan nuestras vidas. Esta vulnerabilidad es la herida que sienta las bases de una comunidad tanto  afectiva o sociopolítica. Deseamos agradar, gustar. Hoy más que nunca somos lo que hacemos para exponer lo que somos, no sólo como potencialidad sino como imperativo categórico. La representación de nosotros mismos está en juego.

Por eso preferimos el refugio de  la virtualidad donde “la imagen lo es todo”, aunque sabemos que es ficción –o tal vez por ello- la preferimos por sobre la realidad y actuamos como si estas imágenes fueran verdaderas. Los fans critican a las celebridades por lucir al natural: humanas. El producto siempre debe estar en perfecto estado para la exposición. La cosificación parece un concepto abstracto, básicamente consiste en no reconocer humanidad en una persona reduciéndola  a un mero objeto. El propio cuerpo es un terreno en disputa donde se  superpone lo físico, lo simbólico y lo sociológico.

Como resultado de los avances tecnológicos y la práctica posmoderna de centrarse en las experiencias individuales -por sobre el colectivo- y en mirar  representaciones sin ninguna problematización en cuanto a su contexto de producción, irrumpe la cultura de la prostitución. Aunque el erotismo ha existido desde hace miles de años, la pornografía ha permitido que hombres y niños sean adoctrinados en la deshumanización de la mujer.

III

Si el oráculo del antiguo templo de Delfos nos decía “conócete a ti mismo”, la postmodernidad nos ofrece un “Tuneate a ti mismo”. Vivimos en un mundo que nos acerca una infinidad de ofertas para transformarlo, rejuvenecerlo, tonificarlo, embellecerlo, cortar acá y rellenar allá. La prostitución, a su vez,  ha sido fuertemente afectada por cambios culturales donde la estética femenina ha cambiado de paradigma: de la voluptuosidad de MILF[1] a los andróginos cuerpos púberes  de las lolitas.

La influencia de la industria de la pornografía por ejemplo naturaliza y vuelve más habitual  intervenciones corporales tales como la reducción de labios vaginales o la himenoplastía -para emular la vagina de las mujeres vírgenes. A diferencia de otras formas de cirugía plástica genital femenina, realizado posiblemente para mejorar la función sexual y la salud, solo se practica por una cuestión estética ni placer ni el aumento de la funcionalidad están en juego.

Como efecto dominó, la moda en la pornografía hacia la total eliminación del vello púbico ha aumentado la visibilidad de los labios mayores, por lo que la reducción de labios vaginales de manera digital es una práctica habitual. Las vaginas de diseño digital -en principio representaciones ideales – han cobrado tributo de existencia a las pasiones de los sujetos, parafraseando a Hegel, aunque se realizan simbólicamente en el cuerpo de la mujer. Para los varones queda reservado el rol de consumidor o cliente de la sexualidad femenina.

IV

Cultura pornográfica, prostitución, cosificación y cultura de la violación se interconectan en el patriarcado. Cuando nos referimos a las personas en tanto objetos en lugar de verlos como seres humanos completos, es más fácil para nosotros deshumanizarlos. La pornografía cada vez se vuelve más humillante y degradante, volviendo la violencia contra las mujeres el paradigma de la sexualidad. El poder masculino y la subordinación femenina es normalizada y sexualizada en la industria pornográfica. La violación en grupo aparece regularmente en sus escenas, así como “adolescentes” o “colegialas”,  algunos de los términos más buscados.

La  pornografía no es ni un género neutro, ni “sólo una fantasía”.  Mujeres y niñas son violadas y abusadas cada día, acosadas sexualmente y objetivadas hasta el hartazgo crecen aprendiendo que su valor principal es  su apariencia y su capacidad de atraer y satisfacer sexualmente al género masculino. La “moda” de grabar escenas reales de abuso desde un dispositivo y compartirlo en redes debería alarmarnos. En Brasil más de treinta jóvenes drogaron, abusaron y filmaron a una adolescente de 16 años. Así nos enteramos, por su difusión en las redes.

Desde el 2000, hubo un resurgimiento de películas influenciadas en el género splatter, las cuales contienen desnudos, tortura, mutilación y sadismo, conocidas de manera despectiva como torture porn (porno de tortura) o gorno (un acrónimo de gore y porno).El cine splatter o cine gore es un tipo de película de terror y de cine de explotación que se centra en lo visceral y la violencia gráfica extrema. Buscan recrear la vulnerabilidad, fragilidad y debilidad del cuerpo humano a partir de teatralizar su mutilación con litros de tinta roja mediante. El gorno es el subgénero que combina  violencia gráfica e imágenes sexualmente sugestivas, a diferencia de las películas splatter el  gorno cuentan con mucha más publicidad –léase propaganda-, y recaudan mucho más que las otras.

V

Probablemente los jóvenes que se inician en el hábito de consumir pornografía, pero nunca han tenido relaciones sexuales con una mujer, y por lo tanto no hay marco de referencia previo, superpongan la representación con la experiencia.  Las agresiones sexuales que se cometen por los niños aumentan de manera alarmante,  ellos buscan  representar las escenas que han estado observando en las miles de páginas web. La pornografía impide la capacidad de los hombres para tener conexiones genuinas, íntimas, satisfactorias y consensuales con las mujeres reales. La industria del sexo, predica que  las relaciones con las mujeres no deben ser dificultosas, por el contrario deben procurar la satisfacción inmediata.

Nuestra cultura autoproclamada “sexualmente libre”, no tolera tapujos. El núcleo blando del porno está en todas partes, las mujeres son pornificadas en cada publicidad, en cada canal de T.V. ni siquiera nos es posible imaginar la desnudez o representaciones de la sexualidad femenina que no están objetivadas y sexualizadas por la mirada masculina -mirada que en muchos casos  han internalizado las propias mujeres como otra más a su ya doble jornada de trabajo remunerado y trabajo doméstico, “el ser sexualmente deseable”.

VI

Richard Poulin, sociólogo canadiense,  estudia la globalización de la prostitución y la pornografía, así como sus efectos y su vínculo con las redes de trata en Pornographie et hipersexualisation. Enfances devastées. Desde hace años sostiene que  la cultura de la prostitución cada vez se vuelve más pedófila. La pedofilia puede parecer tabú sin embargo está por todos lados, . A partir de los años ochenta la sociedad empezó el gran  elogio de la juventud: una mujer tiene que acceder a todo tipo de hábitos y consumos desde usar cremas antiarrugas, o someterse a intervenciones quirúrgicas para continuar siendo bella mientras envejece. En pornografía, la misma década registra el auge de la explotación sexual de las más jóvenes, sólo porque es lo que vende más, nada personal ni vestigios de empatía al dolor ajeno.

Para Poulin otros tres fenómenos son asociados, en primer lugar la trata de personas está íntimamente ligada a la industria de la prostitución, siendo el fin de la mayoría de sus víctimas; el segundo aspecto es que la prostitución no afecta a todas las mujeres por igual, las clases bajas así como las minorías étnicas se encuentran sobrerepresentadas, lo que refuerza el  racismo; en tercer y último lugar la complicidad de los organismos multilaterales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, quienes a través de los planes de ajuste estructural proponen préstamos a los Estados para desarrollar empresas de turismo y entretenimiento, lo que deviene en crecimiento de la trata de personas.

VII

La afectividad no es una ecuación racional. Internet ha creado un lugar simbólico donde operar que no cuenta con un marco legal acorde, la línea entre lo legal y lo ilegal es difusa. Las nuevas subjetividades tienen como hábito la objetivación del cuerpo de la mujer a partir de su consumo como pornografía.

Fomentar nuevos hábitos y afectividades, se vuelve difícil ante la banalización de la prostitución, que justifica como “libre elección” el reclutamiento de cada vez más menores de edad para ser usadas y desechadas como un objeto al servicio del varón patriarcal. La forma en que hacemos política se corresponde  con la forma en que entendemos a los sujetos, ambas son interdependientes. Al fin de cuentas la política no hace sino conducir cuerpos y hábitos, y pueden aglutinarse por las más diversas causas: Ni una menos, el ajuste o un recital gratis al aire libre, da igual, como siempre te enteras por las redes.

[1]Acrónimo del inglés Mom I’d Like to Fuck, se traduce en la mayor parte de Hispanoamérica como MQMC, Mamá Que Me Cogería. Hace referencia a las mujeres de edad madura que son sexualmente deseables y atractivas.