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En septiembre de 2014, la noticia de la desaparición de 43 jóvenes normalistas en la ciudad de Ayotzinapa (Estado de Guerrero) conmovió a la opinión pública internacional porque puso en evidencia las falencias de un país carcomido por la violencia institucional, la corrupción y la fragilidad democrática. Tras dos años de «investigaciones» plagadas de irregularidades, el crimen continúa impune. Y no solo eso, sino que existen indicios certeros denunciados por múltiples organismos internacionales que analizan el caso -entre ellos el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI)-, de que es el propio gobierno mexicano el que obstaculiza las investigaciones. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) señala que el caso de los maestros normalistas es «una muestra de las graves deficiencias que  sufren  las  investigaciones sobre estos hechos y la impunidad estructural y casi absoluta  en la que suelen quedar estos graves crímenes. Este caso es además un ejemplo emblemático de la aparente colusión entre agentes del Estado e integrantes del crimen organizado» [1]. El ex Secretario Ejecutivo de la CIDH, Emilio Álvarez Icaza sostiene que el de Ayotzinapa fue un «crimen de Estado» [2].

El caso de los normalistas es paradigmático de la situación de los derechos humanos en México. Desde el inicio de la «guerra contra el narcotráfico» declarada por Felipe Calderón en 2006, el país vive un Estado de excepción permanente [3] en el que no está garantizado el derecho a preservar la vida, y mucho menos la libertad de expresión y oposición por parte de la ciudadanía. La violencia militar y policial organizada desde el Estado ha cobrado la vida de miles de personas poniendo al descubierto una situación de extrema fragilidad democrática.

El último informe de la CIDH registra violaciones flagrantes a los derechos humanos que hacen de la democracia en México apenas un eufemismo. Desapariciones forzadas, torturas y ejecuciones extrajudiciales; riesgo para ejercer el periodismo; imposibilidad para acceder a la justicia por parte de una gran mayoría de la población son los principales problemas que destaca el organismo para dar cuenta de la dramática situación que vive el país en materia de respeto a las libertades individuales y los derechos humanos. Según  datos  oficiales, entre diciembre de 2006 y noviembre de 2012 se perpetraron en el país 102.696 homicidios. La cifra se eleva hasta 151.233 en agosto de 2015, tal el reporte del Alto Comisionado de las Naciones  Unidas. En cuanto a las desapariciones forzosas, el Estado mexicano contabiliza, al 30 de septiembre de 2015, 26.798 personas «no localizadas» a nivel nacional [4].

Ante estas estremecedoras cifras, suena cínico interrogarse por la calidad de la democracia en México. Y sin embargo, curiosamente -o no tanto-, el tema no genera una indignación proporcional a su magnitud en la prensa hegemónica internacional, donde el tratamiento de los casos como el de Ayotzinapa es fundamentalmente sensacionalista y anecdótico, ni en la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos (OEA). Ello pone en evidencia la falsa preocupación por los DDHH que estos actores esgrimen para abordar la situación de otros países latinoamericanos. ¿Por qué no importa que México se desangre?

En el marco de la hegemonía de la globalización neoliberal, la vara para medir la democracia la ostentan quienes asumen que lo prioritario es garantizar el marco jurídico para la imposición de las políticas económicas neoliberales. Dicho de otro modo, en la concepción hegemónica, lo que verdaderamente determina la existencia o no de «democracia» es la protección de las estructuras del «mercado». Las garantías de los derechos individuales, y ni hablar de la capacidad de influir de la ciudadanía en la toma de decisiones sobre asuntos públicos, no son -ni mucho menos- prioritarias. En definitiva, lo que explica en buena parte que el país azteca no reciba los focos de atención crítica de los grandes adalides de la democracia liberal es el estricto apego de su gobierno al modo neoliberal de organizar la economía y la sociedad. Los demás son «daños colaterales» o sacrificios necesarios para resguardar el sistema.

[1] “Situación de los Derechos Humanos en México”, informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH-OEA), diciembre de 2015. Disponible en http://www.oas.org/es/cidh/informes/pdfs/Mexico2016-es.pdf

[2] “Ayotzinapa sí fue un crimen de Estado: Álvarez Icaza”, Revista Proceso, 22 de septiembre de 2016. http://www.proceso.com.mx/456267/ayotzinapa-fue-crimen-alvarez-icaza

[3] Ver https://www.celag.org/mexico-estado-de-excepcion-permanente-por-silvina-romano/

[4] “Situación de los Derechos Humanos en México”, informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH-OEA), diciembre de 2015. Disponible en http://www.oas.org/es/cidh/informes/pdfs/Mexico2016-es.pdf