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Los escenarios de Argentina, Venezuela y Bolivia comparten algo en común: el avance de los espacios neoconservadores. Si bien existen explicaciones singulares que se circunscriben a cada contexto y dinámica política, podemos establecer algunas dimensiones comunes para pensar la erosión de los mismos. No podemos advertir si estamos ante un “giro neoconservador” pero sí que la derrota del kirchnerismo en las presidenciales, del chavismo en las legislativas y del evismo en el referéndum advierten sobre nuevos escenarios y reflexiones.

El kirchnerismo parece una experiencia de otras décadas. Existe una sensación social de que pasó hace mucho, y solo terminó hace algunos meses. La memoria en estas épocas se evapora con facilidad y la dinámica de la política se ha vuelto vertiginosa. Altri tempi. No podemos dejar de recordar que algunas de sus medidas fueron desactivadas o desarticuladas por el macrismo con pocos defensores en las calles. Las políticas y programas no pueden ser desmontadas con tanta facilidad si no tienen una dimensión de legitimidad endeble o cuestionada, ni si son sostenidas por actores organizados. El kirchnerismo por el momento no pudo constituirse en un límite al macrismo. Menos aún, parte de sus dirigentes y de los sindicatos que apoyaban a Cristina Fernández han optado por otra estrategia.

En Venezuela, si bien es otra la situación, la oposición desalojó los símbolos chavistas de la Asamblea Nacional sin resistencia social. Otros símbolos y políticas podrían correr el mismo riesgo. Pero este país y Bolivia se encuentran en otras condiciones. Mantienen el control de sus ejecutivos. Evo Morales con su referéndum -a diferencia de otros momentos- polarizó a la sociedad y agrupó a todos los partidos de derecha y a diversas expresiones sociales y ciudadanas que no provienen de la misma derecha (dirigentes sindicales, espacios de izquierda, jóvenes, etc.). Movilizó tradiciones anti-reeleccionistas, regionales y expresiones ciudadanas que apelaban al límite republicano del mandato.

El “giro” progresista iniciado a comienzos del siglo XXI ha entrado en una zona de turbulencias. Entendemos, que algunos elementos comunes pueden hablar de esta “zona” en la que han entrado algunos gobiernos de la región.

  1. Estos gobiernos no pudieron limitar y desgastar el consumismo y su lógica aspiracional. Paradójicamente, su estrategia de integración fue a través del mismo, como la propia ampliación de mercado. Por tanto, se encontraron con el siguiente dilema: aceptar fuerza globalizadora de la cultura del consumo, mientras necesitaban limitar las fuerzas económicas globales que exigían liberalización de mercados financieros. Este dilema es algo que se le presenta a los gobiernos y que no es capturado en su complejidad por las personas. La persona solo consume y exige al gobierno posibilidades. Ante la percepción de que el consumo cae –ya sea por diversos tipos regulaciones o crisis regional/internacional- los ciudadanos exigen respuestas al gobierno y sus expectativas con respecto a éste van cambiando.
  2. La globalización y la posmodernidad poseen un poder material (financiero, empresarial, temporal) y simbólico mayor que los Estados. Sus tiempos y velocidades son distintos. La individuación y una subjetividad despojada de grandes épicas y frágiles adhesiones políticas presionan sobre proyectos, que son atravesados por grandes retóricas del bien general y una búsqueda de repolitización del lazo social. La vida privada y sus deseos tienen un impacto sustantivo en la mirada sobre la política. Consumo y política son parte inescindible de la dinámica de la lucha por y por el mantenimiento del poder. Una dinámica que atraviesa las diversas clases sociales y estamentos. El consumo es un imán político. Tiene una dimensión democrática y voraz, aunque en su realización práctica aparezcan las diferencias sociales, los gustos, las sensibilidades. El consumo encierra una dimensión de la distinción que en momentos de estancamiento o de crisis aparecen con profunda significatividad, marcando de alguna manera las jerarquías sociales.
  3. La individuación, además, se articula con las culturas políticas liberales y con un retorno a lo privado como espacio del goce y de la seguridad. Por eso, la interlocución política ha cambiado. El timbrado, el llamado personalizado, las redes sociales, la apelación a la ciudadanía son signos de los nuevos tiempos y nuevas formas de habitar la comunicación política. La vuelta a lo privado desde la política se conecta con los deseos particularistas del consumo. El mercado se conecta de la misma forma con sus posibles consumidores. Consumo, mercado y política son una triada muy potente en la posmodernidad y la puesta en cuestión de algunas de estas dimensiones ha ocasionado problemas a los gobiernos progresistas. El avance de los gobiernos neoconservadores representa una rebelión de lo privado frente a la insistencia de lo público, de su avance y de su reivindicación. Lo público se vuelve molesto.
  4. La opción ética de los gobiernos progresistas -apelación al bien general desde un discurso híper politizado- abrió una pugna frente a un proceso de individuación que busca o desea la diferenciación y la jerarquización. No existen pueblos “buenos” per se que votan gobiernos igualitarios o bienestaristas, sino individuos que pueden votar por órdenes excluyentes y asimétricos o por órdenes de otras características. La volatilidad del voto es un signo de la época y no hay políticas públicas que por sí mismas produzcan votos. La trama es mucho más compleja que cualquier asociación entre política de integración y adhesión electoral. En algunos casos y contextos, muchos ciudadanos prefieren consumir y poca consideración positiva mantienen sobre la expansión de políticas públicas inclusivas. El Estado, también se les puede volver un actor molesto.
  5. El “pueblo” no existe como realidad empírica, hoy esa idea o invención está en crisis. De hecho, esa interpelación de manera repetida resuena en el vacío. ¿El pueblo dónde está? Si éste son los pobres y si además creemos que el pueblo solo apoya a progresistas, debemos indicar que muchos votaron por opciones neoconservadoras o alternativas a los gobiernos de izquierda. Solo hay actores e individuos. Es el único material humano con el cual hacer política. La interlocución a los colectivos como colectivos en sí mismos relativizó el factor individualismo.
  6. La globalización y el mercado internacional propusieron durante años buenas condiciones y precios de los commodities, pero la obtención de divisas a través de la exportación no logró modificar la estructura económica, ni siquiera trastocar las maneras en que se obtenían décadas anteriores. Por el contrario, las legitimaron y fundamentaron. Es decir, el Estado no pudo torcer los requerimientos del mercado internacional ni logró crear actores con capacidad de proponer otras alternativas. Por tanto, se beneficiaron actores económicos vinculados directa o indirectamente a los commodities o a productos industriales –de empresas transnacionales- que aceptaron las reglas del mercado internacional.       Los gobiernos progresistas, durante un tiempo, pudieron mantener un equilibrio de rentabilidades y de aumento de la capacidad adquisitiva de los ciudadanos durante algunos años. Cuando en 2007-2008 la economía internacional entró en crisis se produjo un desequilibrio y un conflicto de intereses que han erosionado de diversa manera a los gobiernos progresistas.
  7. El proceso económico desgastó al kirchnerismo y hace lo propio con el chavismo. La ausencia de divisas y la pugna de los empresarios por “realinearse” con las reglas de la globalización han provocado efectos inflacionarios y recesivos que han causado mucho daño a las expectativas de clases medias y populares que vieron detenerse su travesía aspiracional. Se encontró con el dilema de hierro de la economía: sostener el consumo o “enfriarlo” –bajando inflación y reteniendo divisas-/ endeudarse o no endeudarse. Sostener el consumo y regular la divisa fue una de las propuestas, que luego de mucha insistencia se vio desbordada o presionada por el mismo consumo. En esa regulación de la divisa –para tomar un ejemplo- introdujo efectos simbólicos que trascendieron a los compradores reales de la divisa e impactó en la contienda electoral de manera negativa. El dólar como realidad económica en el mercado internacional y como signo –polisémico- de seguridad y ahorro ha funcionado como el “termómetro” de las economías nacionales en Argentina y Venezuela.
  8. Los espacios neoconservadores actuales –a diferencia de la nueva derecha reaganiana y thatcheriana que pugnaban contra el bloque soviético– han optado por desmalezar ideológicamente sus retóricas. Prefieren hablarles a ciudadanas y ciudadanos con los modos de la rutina cotidiana que inscribirlos en proyectos y horizontes superlativos. De hecho, ni siquiera poseen héroes, pasados gloriosos, ni referentes fuertes. Inclusive, a modo de marca de la época, utilizan retóricas “humanitarias” o propias de los derechos humanos para críticar a sus adversarios. Luego de la disolución de las propuestas revolucionarias en la década del 80’, derechas e izquierdas han construido su ética y sus posiciones utilizando los vocabularios de los derechos humanos, cuestión que hoy vemos en juego en los diversos escenarios políticos.
  9. Los gobiernos progresistas fueron sus contrarios: establecieron viejas retóricas y linajes. Héroes pasados y actuales. Recuperaron trayectorias y liderazgos que tuvieron un efecto performativo relativo, sobre todo, cuando la economía y sus expectativas entraron en crisis. Este desacople entre politización superlativa y economía se percibió como una fatiga cultural que capitalizaron las derechas y que transformaron en votos.
  10. Tanto la MUD, como Macri son -en términos sociológicos-, jefes o representantes de una comunidad de intereses económicos, pero también de una profunda subjetividad de época. No construida en la campaña electoral a través del dispositivo discursivo, sino de una subjetividad (individualidad) de largo alcance que han sabido interpretar y capturar. Una subjetividad que puede –si estos espacios logran algunas victorias- abrir una larga etapa de gobiernos neoconservadores.
  11. Las oposiciones de derecha –tomando el caso venezolano y boliviano- se han adaptado a los cambios institucionales y constitucionales introducidos por el gobierno. Esto no es un tema menor, pasaron de la resistencia a la aceptación. Ven en estos postulados jurídicos herramientas para desgastar o desestabilizar. Pero hay algo más, observan que algunos de estos postulados poseen legitimidad social e ir contra ellos puede poner en cuestión su acceso al poder. Más allá de esto, hay algo que todos comparten y que los gobiernos progresistas no han puesto en duda: el gobierno representativo. Existieron pocos intentos y la mayoría han fracasado a la hora de establecer otros mecanismos democráticos. Ese terreno compartido –el del gobierno representativo- habla del consenso transversal a todos los actores políticos. Es una ficción sociológica y política con una fuerza social y cultural significativa. Las prácticas políticas se configuran empíricamente en torno a la representación. Una formula del dominio político poco reformulada por los propios gobiernos del giro progresista.
  12. Realpolitik. La política “despierta” al otro, al adversario. Hay medidas propuestas por los gobiernos progresistas que han provocado la conglomeración de opositores de distinta expresión ideológica. En el caso de Argentina y Venezuela con temas económicos y en Bolivia con el último referéndum podemos observar esta movilización de diversos actores, donde muchas veces por la capacidad de movilizar recursos simbólicos, políticos, económicos y comunicacionales las derechas han sacado provecho de la situación. A veces la no consideración del contexto de posibilidad, ni del impacto de las transformaciones sobre las subjetividades, como tampoco de los efectos de la propia acción han puesto a los gobiernos de izquierda ante problemas.
  13. No pudieron establecer –salvo el caso de Lula- sucesiones organizadas. El kichnerismo osciló entre luchar y cooperar contra su propio sucesor. Un candidato no querido, pero con cierta performance electoral. Chávez postuló a Maduro, pero no estaba en su hoja de ruta la elección de un sucesor. El MAS en Bolivia cuenta solamente con la figura de Evo Morales, el cual se verá obligado a construir un continuador. Lo mismo ocurre en Ecuador, donde Correa –con mucho menos tiempo que su par boliviano- tendrá que optar por Lenin Moreno o plantear otra candidatura. La no construcción de sucesiones al interior de sus espacios, no solo habla de las culturas políticas nacionales y partidarias, sino de una imposibilidad que comienza a traer problemas a los propios presidentes.

 

 

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (Argentina).

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